Por: Arytsha Aholibama
¿Te imaginas el lugar perfecto para vacacionar? Playas cristalinas, enormes toboganes, música, cócteles frente al mar y cientos de turistas sonriendo mientras el sol cae sobre el Caribe. Un paraíso diseñado para desconectarse del mundo.
Suena perfecto. Hasta que descubres qué debajo de esos hoteles, muelles y parques acuáticos no solo hay cemento. Hay arrecifes destruidos, manglares arrasados y el hogar de cientos de especies condenado por el negocio del turismo masivo.
Ya no suena tan perfecto. ¿Aún querrías ir? Imagino que no, de lo contrario, tú también serías parte del problema.
El debate sobre la protección ambiental y la biodiversidad del planeta se ha encendido en los últimos días, luego de que en México se anunciara la construcción de un parque acuático en Mahahual por parte de la empresa Royal Caribbean. Más de 30 toboganes que se proyectan como los más altos de América Latina, seis piscinas, tres playas, 12 restaurantes y 24 bares. Esto será Perfect Day.
Este es un megaproyecto turístico que amenaza con destruir el hogar de más de 300 especies y afectar uno de los ecosistemas marinos más importantes del planeta: el sistema arrecifal mesoamericano, el segundo arrecife de coral más grande del mundo.

El puerto Costa Maya fue adquirido por Royal Caribbean en julio de 2025. Pero fue este año que el mundo se enteró, luego de que el presidente y CEO de Royal Caribbean, Michael Bayley, publicara un video en sus redes sociales promocionando este maravilloso proyecto. Video que terminó eliminando tras recibir críticas.
Royal Caribbean Group se vende ante el mundo como una empresa comprometida con la sostenibilidad y la protección ambiental. Sin embargo, ha enfrentado múltiples cuestionamientos y sanciones en Estados Unidos por contaminación y afectaciones al ecosistema marino.
Este mismo año, le tocó pagar una multa Agencia de Protección Ambiental de los Estados Unidos (EPA), al no informar correctamente sobre la cantidad de desechos que generaba y descargaba. Desde el 2009, al menos 8 de sus barcos han sido señalados de descargar residuos sólidos y tóxicos. Y en 1999, Royal Caribbean pagó una multa de $18 millones, tras ser acusada de 21 delitos graves contra el medio ambiente.
Con todo esto en el historial de esta afamada empresa, resulta inevitable preguntarse si, precisamente por esas restricciones y controles más estrictos, ahora buscan expandirse en territorios donde las leyes ambientales son más flexibles y donde el dinero suele pesar más que la biodiversidad.
¿Y la presidenta de Mexico, Claudia Sheinbaum? Pues claro, parece que no le importa mucho lo que está a punto de pasar con el país que juró proteger. Porque ser presidente de un país no solo significa construir edificios bonitos, incentivar la economía o reducir la inseguridad; ser presidente también significa proteger los recursos ambientales del país como el tesoro más preciado.
Esto me lleva a otro tema. Latinoamérica es una de las regiones más biodiversas del planeta. Aquí sobreviven arrecifes, selvas, desiertos, páramos, ríos, manglares y especies únicas que el mundo entero necesita para seguir respirando. Es justo por eso, que somos vistos como un territorio disponible para la explotación. Llegan prometiendo empleo, turismo y “desarrollo”, mientras detrás del discurso dejan ecosistemas destruidos, comunidades desplazadas y recursos naturales convertidos en mercancía.
Porque el verdadero costo nunca aparece en las campañas publicitarias: aparece años después, cuando el agua está contaminada, las especies desaparecen y ya no queda nada por salvar. Lo más irónico del asunto es que la imagen insignia del proyecto es un jaguar. El mismo símbolo de la naturaleza salvaje que ellos mismos están ayudando a desaparecer. Señor Bayley, no queremos un jaguar de plástico, queremos uno real.

A raíz de esto, Internet se ha llenado de comparaciones con la película El Lorax, una historia animada del 2012 que, aunque parece infantil, termina siendo una de las críticas más devastadoras al modelo económico moderno.
“¿Qué tan malo podría yo ser?”, canta uno de los personajes principales mientras destruye árboles para enriquecerse. Y quizá esa es la pregunta más importante de nuestra época: ¿qué tan malos podemos llegar a ser por dinero?
Porque esto no es solo Mahahual. Es el Amazonas siendo talado para expandir la ganadería y productos a base de madera. Son océanos llenos de plástico. Son ríos convertidos en vertederos industriales. Son bosques incendiados para construir hoteles, minas o carreteras. Son rocas siendo perforadas para sacar minerales. Es el ser humano destruyendo aquello mismo que le permite existir.
Esto nos incumbe a absolutamente todos. Debemos ser capaces de comprender qué, el beneficio económico a corto plazo es el daño ecológico a largo plazo.
¿Qué prefieres? Capitalismo o Medio Ambiente

El problema no es únicamente ambiental. Es profundamente político y económico. El capitalismo moderno ha convertido a la naturaleza en mercancía. Los bosques ya no son pulmones del planeta: son “terrenos explotables”. Los animales dejaron de ser vida para convertirse en obstáculos del desarrollo. Y los arrecifes solo parecen importar cuando pueden venderse como atractivo turístico.
El filósofo Karl Marx hablaba de la “fractura metabólica”: la ruptura entre el ser humano y la naturaleza causada por los sistemas de producción. Décadas después, científicos como David Attenborough o Jane Goodall han advertido exactamente lo mismo: estamos llevando al planeta al límite por una obsesión enfermiza con el crecimiento económico infinito.
Y las cifras son aterradoras. El Informe Planeta Vivo 2024 del WWF reveló que las poblaciones de fauna silvestre han disminuido un 73% en los últimos 50 años por actividades humanas. La ONU también advirtió que hasta un millón de especies están en peligro de extinción debido a la destrucción de hábitats, la caza, la contaminación y la explotación desmedida de recursos. Mientras tanto, gobiernos y multinacionales siguen hablando de “desarrollo sostenible” mientras aprueban proyectos que destruyen ecosistemas completos.
Lo más preocupante es que las personas ya dejaron de sentir. Hemos normalizado ver incendios forestales, animales muertos, mares contaminados y temperaturas insoportables como si fueran parte inevitable del progreso. Preferimos la comodidad de la ignorancia antes que aceptar que nuestro estilo de vida está consumiendo el planeta.
Y esto nos lleva a uno de los culpables principales de la crisis ambiental que atravesamos: el capitalismo. Lejos de querer convertir esta conversación en cuál modelo económico es mejor, no podemos negar que el consumismo que ha traído el capitalismo a nuestras vidas es el principal motor del incremento de la contaminación.
El capitalismo necesita consumir constantemente para sobrevivir. No basta con cubrir necesidades básicas: el sistema exige producir más, vender más y desechar más, incluso cuando el planeta ya no puede soportarlo. Las redes sociales están llenas de productos innecesarios que “debemos” tener; para estar a la moda o simplemente para ser “mejor” que los demás.
Por otro lado, existen empresas petroleras que continúan expandiendo proyectos extractivos aun conociendo sus consecuencias climáticas.
El caso de la Amazonía en Brasil es una de las pruebas más brutales: gran parte de la deforestación ha sido impulsada por la expansión de la ganadería y la industria agrícola para abastecer mercados internacionales. Según datos del Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales de Brasil (INPE), la selva amazónica perdió millones de hectáreas en las últimas décadas debido al interés económico sobre la tierra.
Lo mismo ocurre en países del sudeste asiático como Indonesia, donde enormes extensiones de selva tropical han sido destruidas para producir aceite de palma, utilizado en productos cosméticos, alimentos y combustibles. El resultado ha sido devastador: especies como el orangután de Borneo están al borde de desaparecer por la destrucción de su hábitat.

Pero no nos vayamos muy lejos. En nuestro país, Colombia, uno de los países más biodiversos del planeta, la protección ambiental se convierte en un debate cada cuatro años. Como si fuera hubiese algo que debatir, la única respuesta correcta es: Cuidar el planeta.
Los candidatos presidenciales cuando les toca decidir entre la vida y el dinero, muchos terminan inclinándose por los intereses económicos. La candidata Paloma Valencia habla de estudios que demuestran que el fracking no es dañino, y pone de ejemplo a Estados Unidos. Si, uno de los principales causantes de la contaminación en el planeta. Mientras que su fórmula vicepresidencial, Juan Daniel Oviedo, dijo atrevidamente que extraerán hasta la última piedra de carbón, de petróleo, de oro, de cobre. Mejor dicho, van a chupar el suelo colombiano.
También está el candidato, Abelardo De La Espriella, quien manifestó que el fracking es una obra civil y que, si se “hace bien”, no habrá problemas. No, candidato, el fracking no es una obra civil, porque no tiene como objetivo principal construir infraestructura para uso público o urbano.
Un informe del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente advirtió que el modelo económico global actual está llevando al planeta hacia una sexta extinción masiva. Y aun así, las grandes corporaciones siguen vendiendo la idea de un “capitalismo verde”, como si sembrar algunos árboles pudiera compensar océanos contaminados, especies extinguidas y comunidades desplazadas.
Un dato importante: Un ecosistema reforestado puede tardar décadas, siglos o incluso nunca llegar a recuperar completamente los beneficios de un ecosistema virgen.

Tal vez el problema más grave es que el capitalismo también logró mercantilizar nuestra conciencia. Nos hicieron creer que el éxito consiste en consumir sin límites, aunque detrás de cada celular nuevo, cada crucero de lujo o cada megaproyecto turístico exista explotación ambiental y humana.
Slavoj Žižek lo resumía diciendo que “es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”. Seguimos destruyendo el único planeta que tenemos porque el sistema nos convenció de que crecer económicamente vale más que sobrevivir.
Y quizá ahí está el verdadero problema: no solo en las empresas que destruyen ecosistemas, ni en los gobiernos que lo permiten, sino también en una sociedad que aprendió a mirar hacia otro lado mientras el mundo se cae a pedazos.
Porque al final, la pregunta no es qué tan malo puede ser Royal Caribbean.
La pregunta es: ¿qué tan malos nos hemos vuelto nosotros para permitirlo?