Por: Laura Moncayo, María Peñaloza y Samuel Martínez.

No hace falta caminar más de un par de cuadras desde la vía principal del corregimiento La Playa, al norte de Barranquilla y a pocos metros del corredor universitario, para encontrarse con calles de arena, aguas estancadas y viviendas levantadas sobre terrenos que ceden con la lluvia.

Allí comienza Villa del Mar, un sector conocido popularmente como La Cangrejera. Aunque no hay datos oficiales actualizados sobre el número de habitantes, líderes comunitarios del sector estiman que hay aproximadamente 8.500 familias. Se trata de una población significativa dentro del corregimiento La Playa, un territorio con 28.370 habitantes, según una encuesta del DANE realizada en 2018.

El sector está asentado sobre una zona de amortiguación natural que funciona como el desagüe final de Barranquilla a través de la desembocadura del Arroyo León. Al llover, toda el agua de la ciudad baja con fuerza hacia ese punto; sin embargo, este arroyo se encuentra sedimentado y colapsado por toneladas de basura, lo que reduce su capacidad hidráulica. Y al no poder evacuar el agua de manera fluida, el caudal se represa y se desborda.

El nacimiento de Villa del Mar responde a una necesidad urgente: tener un lugar donde vivir. Así lo evidencian los testimonios de Alejandro Rentería y Virginia Martínez, habitantes del sector, así como el estudio “Relaciones familiares en familias desplazadas por la violencia ubicadas en ‘La Cangrejera”de Macías et al. de 2004, que atribuye que muchos de los pobladores de La Cangrejera se ubicaron allí, porque son desplazados por la violencia.

“Soy y no soy desplazada”, menciona Virginia Martínez, habitante del sector desde hace más de 30 años, haciendo referencia a su situación. Virginia llegó desde los Montes de María, sin embargo, el Estado no la reconoce como víctima de desplazamiento. Su esposo, Alejandro Rentería, asegura que cuando llegó a Villa del Mar no había casi nada,”solo barro y un montón de gente queriendo salir adelante”.

El testimonio de esta pareja refleja la situación de muchos habitantes, quienes llegaron en busca de un hogar y ocuparon terrenos de manglar que tuvieron que rellenar para levantar sus viviendas. Terrenos que, con el tiempo y por las condiciones del suelo, terminan cediendo durante las temporadas de lluvia. Alejandro y Virginia comentan que les ha tocado levantar su casa más de dos veces, al igual que a varios de sus vecinos.

La falta de planificación estatal desde el inicio dejó consecuencias que aún persisten. La ocupación de estos terrenos no solo implicó habitar un ecosistema frágil, sino también quedar atrapados en la informalidad, sin acceso pleno a derechos básicos.

El historiador Alejandro Blanco, docente investigador de la Universidad Libre, asegura que “debido a un crecimiento no planificado, surgen barrios de invasión donde esa informalidad impide el acceso efectivo a derechos básicos como el agua potable, lo que agrava y hace más visibles las condiciones de pobreza”.

Crecer entre inundaciones y enfermedades

En La Cangrejera, crecer implica convivir con el agua. Las calles sin pavimentar se transforman en ríos de barro cada vez que llueve, aislando a las familias y dificultando la movilidad. Niños que caminan descalzos, viviendas inundadas y residuos desbordados hacen parte del paisaje cotidiano.

Los habitantes del sector aseguran que el sistema de alcantarillado, instalado recientemente, presenta fallas graves: drenaje insuficiente, conexiones incompletas y tuberías obstruidas que provocan el estancamiento de aguas residuales. Yadira Ramírez, habitante del sector, comenta con preocupación que en la parte de atrás de La Cangrejera existían casas en las que el agua del inodoro se devolvía y terminaba inundando las viviendas.

A lo anterior se suma uno de los problemas sanitarios de la zona: las enfermedades transmitidas por mosquitos. El doctor Fernando Brown, profesor del departamento de Salud Pública de la Universidad del Norte, explica que “el hecho de tener aguas estancadas aumenta el riesgo de que crezcan huevos de mosquitos como el de Aedes aegypti, transmisor del dengue. También causa infecciones en manos y pies por parásitos, bacterias, virus y hongos”.



Según datos de la Secretaría Distrital de Salud, entre las principales afectaciones reportadas en sectores vulnerables como La Cangrejera están el dengue, las infecciones respiratorias agudas y las enfermedades diarreicas, especialmente en menores de edad.

Las limitaciones estructurales del barrio —las calles sin pavimentar, el alcantarillado con fallas e incluso la falta de iluminación— afectan la recreación de niños y jóvenes, y también aspectos como la movilidad y el acceso a la educación. Durante las temporadas de lluvia, desplazarse hacia colegios y universidades se vuelve más complicado.

Para los medios de comunicación tradicionales, este rincón del corregimiento de La Playa suele aparecer únicamente cuando se registran hechos de violencia o cuando las lluvias convierten sus calles en grandes arroyos. Sin embargo, los habitantes consideran que esa mirada termina reduciendo al barrio únicamente a sus problemáticas y deja por fuera la vida cotidiana de quienes intentan sostenerse allí.

Al caminar por el sector, la precariedad es evidente en las calles y viviendas. Los animales callejeros no faltan: gatos y perros recorren las vías en malas condiciones mientras los niños juegan descalzos en la “cancha” de La Cangrejera, prometida no solo por el alcalde Alejandro Char en su primer mandato, sino también por el exalcalde Pumarejo, según la presidenta de la Junta de Acción Comunal. Según explica, los cobros llegan como si las viviendas no contaran con medidor, mientras que la tarifa de recolección de basura pasó de 14.000 a 20.000 pesos. Aunque la comunidad ha solicitado reuniones con las entidades responsables, Nayda asegura que las peticiones no han sido escuchadas. Para la secretaria de la Junta, revisar y regular la facturación de los servicios públicos se ha convertido en una de las necesidades más urgentes del sector.

Problemas y promesas vacías

“No nos han ayudado en nada”, exclama Marley Albis, presidenta de la Junta de Acción Comunal, cuando le preguntamos qué ayudas había recibido del Estado. Ella y la secretaria de la Junta, Nayda Acendra, comentan que la única ayuda constante era la de un comedor comunitario, porque “lo demás no es ayuda, es obligación del Estado”.

Para líderes comunitarios como Marley, muchas de las problemáticas que enfrenta el sector contradicen derechos básicos reconocidos por la Constitución Política de Colombia, como el acceso a una vivienda digna y a servicios públicos eficientes.

Aunque la comunidad ha elevado solicitudes durante años, las respuestas estatales continúan siendo parciales. Programas como “Barrios a la Obra” solo contemplan intervenciones limitadas. La falta de formalización predial agrava aún más la situación, impidiendo que muchos habitantes accedan plenamente a servicios públicos y garantías básicas.

Con la llegada de los servicios de Triple A a La Cangrejera, también surgieron nuevas inconformidades entre los habitantes, relacionadas con la facturación y el costo de los servicios públicos. “Contamos con una alta tarifa de la basura. Los recibos vienen genéricos, sin nombre y estimados…”, comenta Nayda Acendra, secretaria de la Junta de Acción Comunal.

Según explica, los cobros llegan como si las viviendas no contaran con medidor, mientras que la tarifa de recolección de basura pasó de 14.000 a 20.000 pesos. Aunque la comunidad ha solicitado reuniones con las entidades responsables, Nayda asegura que las peticiones no han sido escuchadas. Para la secretaria de la Junta, revisar y regular la facturación de los servicios públicos se ha convertido en una de las necesidades más urgentes del sector.

Además, durante nuestra visita observamos que gran parte del sector permanece con poca iluminación durante las noches. Una situación, que, según habitantes de zonas aledañas como Elías Contreras habitante del corregimiento La Playa, influye directamente en la percepción de inseguridad y limita las actividades nocturnas dentro del barrio.

Nayda Acendra asegura que la comunidad intenta gestionar soluciones con las entidades correspondientes; sin embargo, la respuesta que reciben es que “sin legalización de predios no podían acceder al alumbrado público”.

Para la líder comunitaria, esta situación representa una de las principales problemáticas del sector, pues considera que la falta de iluminación termina favoreciendo escenarios de inseguridad. “Un lugar oscuro se presta para todo”, afirma.

Isaac David Lemus, un joven de 18 años, asegura que aunque no ha tenido situaciones que han vulnerado su seguridad, “en la noche se ven personas consumiendo sustancias ilícitas”. Añade la necesidad urgente de mejorar las condiciones de las vías y que se construyan parques o canchas donde jóvenes y niños tengan espacios de recreación. Alejandro Rentería, pide al gobierno que se construya el complejo deportivo que se les prometió durante la gobernación de Elsa Noguera.

Actualmente, los niños del sector no cuentan con un espacio adecuado para jugar. Lo que antes era la “cancha” de La Cangrejera hoy es un terreno lleno de tierra y escombros, donde los niños improvisan arcos de fútbol con materiales que encuentran a su alrededor.

“Es el pilar de la comunidad”, comenta la presidenta de la Junta de Acción Comunal al referirse a la importancia de recuperar ese espacio para el barrio.

Nayda Acendra, también líder comunitaria, explica que el abandono del lugar no solo afecta las actividades recreativas, sino que también genera problemas sanitarios. Según comenta, la acumulación de monte y aguas estancadas termina perjudicando a quienes viven cerca del sector.

El único espacio recreativo identificado durante el recorrido es una pequeña cancha gestionada por líderes comunales con apoyo de una empresa privada de la ciudad. Hace pocos días, el lugar consiguió iluminación, una mejora que los habitantes consideran importante para la seguridad y el uso nocturno del espacio.

La falta de políticas públicas también impacta los espacios educativos. La única institución educativa del sector, el Eduardo Santos La Playa sede 2, construida por Cementos Argos, está inutilizable tras años de inundaciones y deterioro estructural. Hoy permanece casi desmantelada.

La presidenta de la Junta de Acción Comunal acusa directamente al rector de aquel entonces de abandonar el colegio y pide, junto a la secretaría de la Junta, la presencia de un vigilante para la instalación antes de que “lo terminen de saquear”.

Cuando la institución quedó abandonada, varias personas ingresaron a desvalijar el predio, por lo que algunas familias del barrio comenzaron a turnarse para vigilarlo durante las noches.

Marley Albis insiste en que el espacio no debería perderse y propone que vuelva a ser utilizado por la comunidad. “Que lo agarren para que los niños den clase, aunque sea de deportes o para una casa de cultura”, expresa.

Nayda Acendra comparte esa preocupación y asegura que el sector necesita recuperar espacios para la niñez. “Los niños de Villa del Mar merecen tener su colegio”, agrega. El deterioro de la institución refleja el mismo abandono que enfrentan otros espacios y servicios del barrio.

Por el lado de las calles, la pavimentación ha estado directamente ligada a la instalación del sistema de alcantarillado. Debido a su origen como asentamiento informal, el sector creció sin redes de drenaje adecuadas, lo que durante años hizo inviable cualquier intervención vial. Por lo que el Distrito y la Triple A invirtieron más de $21.000 millones en su primera etapa de alcantarillado para sanear las vías. Y así poder comenzar la pavimentación del sector.

Aunque el corregimiento en general ha sumado decenas de tramos viales pavimentados mediante el programa Barrios a la Obra, en La Cangrejera las obras avanzan de manera parcial. Nayda Acendra asegura que, según la Triple A, el proyecto de alcantarillado ya fue finalizado; sin embargo, sostiene que todavía existen viviendas sin acceso al servicio y zonas donde las tuberías ni siquiera han sido instaladas.

Marley Albis, presidenta de la Junta de Acción Comunal, agrega que algunas obras ejecutadas por la Triple A presentan fallas, situación que, según ella, ha retrasado el avance de la pavimentación.

A pesar de que el proceso ya comenzó en ciertos puntos del barrio, los habitantes continúan esperando una intervención integral para el sector. En una respuesta oficial emitida por la Alcaldía de Barranquilla al derecho de petición presentado por líderes comunitarios, la administración informa que, por ahora, el proyecto Barrios a la Obra solo contempla la pavimentación de algunos tramos específicos: la calle 19 entre carreras 7 y 9B, la calle 18 entre carreras 7 y 10, y la carrera 9 entre calles 10 y 20B.

Marley Albis considera injusta esta decisión, pues asegura que únicamente unas pocas calles serán intervenidas en un sector mucho más amplio donde, según afirma, todos merecen vías dignas.

Además, sostiene que la falta de acceso adecuado afecta múltiples aspectos de la vida cotidiana. Explica que el mal estado de las calles dificulta el ingreso de la policía a ciertas zonas del barrio y complica el desplazamiento diario de los niños hacia sus colegios.


Juventud y resistencia comunitaria

La falta de espacios recreativos, educativos y culturales afecta especialmente a niños y jóvenes. En muchos casos, las dinámicas del barrio terminan marcando las posibilidades de vida desde edades tempranas.

Habitantes y líderes comunitarios aseguran que, tras salir del colegio, muchos adolescentes pasan gran parte del tiempo en las calles, expuestos al consumo de sustancias y a escenarios de violencia. Esto lo refuerza Virginia cuando afirma: “Uno tiene que estar pendiente de los hijos todo el tiempo, porque la calle no enseña nada bueno”. Isaac Lemus concuerda con ella al decir: “En este barrio no se ve nada bueno”.

La preocupación atraviesa a las familias del sector, que intentan sostener procesos de cuidado y acompañamiento en medio de limitaciones económicas y sociales. Sin embargo, incluso en ese contexto, muchos jóvenes mantienen proyectos de vida y sueños que chocan constantemente con la precariedad del entorno.

— ¿Qué quisieras cambiar de este lugar?
— “Las calles, pavimentarlas”.
— ¿Qué sueñas hacer cuando seas grande?
— “Médico”.
— Jorge Sebastián Lemus Julio, 13 años.

Jorge, Isaac, Virginia y Alejandro se encuentran a la espera de ver a su barrio pavimentado, mientras los dos últimos desean no morirse sin ver La Cangrejera transformada.

Ante la ausencia de acción gubernamental, la comunidad construye sus propias formas de apoyo y organización. Líderes barriales, familias y fundaciones locales impulsan actividades educativas, culturales y alimentarias para ofrecer alternativas a niños y jóvenes.

“Aquí hay talento, pero necesita impulso. Hay gente que quiere salir adelante, solo falta ese empujón”, menciona Alejandro Rentería.

Aunque organizaciones como la Fundación Dar y Darse desarrollan procesos importantes, los habitantes insisten en que el sostenimiento del barrio no depende únicamente de una fundación, sino de redes comunitarias mucho más amplias construidas durante años.

Vecinos y miembros de la Junta de Acción Comunal organizan jornadas de limpieza, acompañamiento escolar y actividades deportivas improvisadas en espacios deteriorados. En medio de la precariedad, la comunidad aprende a suplir muchas veces funciones que deberían estar garantizadas institucionalmente.

La resistencia cotidiana no aparece en las estadísticas oficiales, pero se refleja en quienes siguen apostándole a permanecer, educar y construir futuro dentro del barrio.

Vivir al lado del desarrollo sin pertenecer a él

Para muchos barranquilleros, La Cangrejera es un territorio asociado únicamente con inseguridad, pobreza y violencia. Para sus habitantes esa mirada reducida ha invisibilizado durante años la complejidad social y humana del sector.

“Desde afuera creen que aquí todo es malo, pero no muestran a la gente trabajadora ni a quienes luchan todos los días”.
— Alejandro Rentería, habitante del sector.

La estigmatización no solo afecta la percepción pública del barrio, sino también las oportunidades de quienes viven allí. Muchos jóvenes sienten que cargar con el nombre de La Cangrejera implica ser señalados antes de ser escuchados. Isaac comenta que, si las personas de su universidad supieran exactamente dónde queda La Cangrejera, probablemente tomarían distancia.

Sin embargo, detrás de las calles inundadas y las carencias estructurales existe una comunidad que insiste en permanecer y resistir. La Cangrejera no es únicamente un territorio marcado por la precariedad. Es también un espacio atravesado por memoria, organización y lucha constante. Sus habitantes no piden privilegios: exigen condiciones dignas y una presencia estatal que deje de ser intermitente.

Contar lo que ocurre aquí no es solo narrar una problemática social, es cuestionar por qué comunidades enteras siguen sobreviviendo en condiciones que, desde hace décadas, deberían haber sido resueltas.

Entre canchas inexistentes, colegios deteriorados, bibliotecas ausentes y calles de tierra donde los niños caminan descalzos, La Cangrejera parece haber quedado fuera de las prioridades institucionales. Y, aun así, está ubicada a pocos minutos del llamado corredor universitario, una de las zonas con mayor crecimiento económico y urbanístico del área metropolitana.

La contradicción es evidente: mientras universidades, proyectos inmobiliarios y negocios continúan expandiéndose alrededor del sector, la comunidad sigue esperando acceso digno a servicios básicos, vías en buen estado y espacios públicos.

Como menciona Alejandro, las alcaldías de Barranquilla y Puerto Colombia “se pelean el corredor porque es el que les deja dinero”, pero la población que vive justo al lado permanece olvidada.

La Cangrejera convive todos los días con el desarrollo, pero sin formar realmente parte de él.