Por: Liz Alexandra Amador Barros
Salwa Maloof levanta la mano derecha y la mueve de un lado a otro, los dedos apenas separados, como quien reconoce a alguien entre la gente. A su lado, un paso atrás, un hombre calvo, de camisa polo oscura, sonríe hacia el mismo punto que ella mira. Es su padre, Dieb Maloof. Detrás de los dos, la luz entra amarilla por un panel de vidrio, y a un costado se alza una columna blanca, cilíndrica.
El vestido lleva la cintura bordada de frutas: un coco partido en canutillo blanco y verde, un racimo de uvas moradas armado en piedras, una papaya abierta en naranja y negro que le cae sobre la cadera. Las mangas se abren del hombro en volantes verde limón, rígidos, casi de metal, y ese mismo verde corre en franjas por la falda, donde piñas amarillas y flores fucsia se repiten sobre un fondo turquesa que gira con cada paso. El cabello, recogido en una cola de caballo tirante, sostiene un adorno de pedrería roja y dorada que le cae sobre la sien izquierda.

Sonríe con la boca abierta. No es la sonrisa de quien posa: es más rápida, más suelta, como si algo fuera de cuadro la hubiera hecho reír de verdad. El padre sonríe también, pero hacia adelante, no hacia ella — los dos miran el mismo punto, como si ahí, fuera del encuadre, estuviera lo que de verdad importa.
Es su llegada a Sabor Barranquilla, la feria donde se exalta la gastronomía de la región. El vestido fue diseñado para esa cámara: cada fruta, cada color, pensado para la foto oficial. La presencia de su padre, un paso atrás, no. Dos historias comparten el mismo encuadre, y solo una de ellas fue planeada.
Salwa Maloof Habib tiene 24 años. Es internacionalista, dirige la Clínica Internacional La Misericordia y preside la Fundación Fulamic. Antes de la corona ya tenía las dos cosas: el título y el cargo dentro del negocio de la familia. La reina no llegó primero; llegó después de la directora.

Es hija del exsenador Dieb Maloof. Es también prima de Rachid Correa Maloof, concejal de Barranquilla en ejercicio. El apellido no se queda quieto: se mueve de una curul a un consultorio, de un consultorio a una corona, y ahora también a un concejo.
A su padre lo capturaron en 2007. Aceptó cargos por concierto para delinquir agravado, fraude electoral y constreñimiento al elector, dentro del proceso que en Colombia se conoció como parapolítica. Ocho años después, en 2015, lo capturaron otra vez —esta vez investigado por el homicidio del exalcalde de Santo Tomás—. Ese segundo proceso terminó precluido a su favor, y en 2024 el Estado lo indemnizó por detención injusta. Dos capturas, casi una década de diferencia, un mismo nombre.

En la Clínica La Misericordia, la que hoy dirige Salwa, también ejerce su padre: él, médico; ella, directora.
Tampoco es la primera corona de la familia. Su hermana menor, Samia Maloof Habib, fue reina del Carnaval de los Niños en 2024. Dos hermanas, dos coronas, dos años seguidos con el mismo apellido en el centro.
El 21 de agosto, Katia Nule, primera gestora distrital de Carnaval de Barranquilla, dice un nombre frente a los micrófonos. Entre seis aspirantes, la Junta Directiva escogió a Salwa. A su lado está Juan Ospino, director del Carnaval. Antes de ella, la corona la llevó Michelle Char, que en su momento contó que el apellido le daba miedo: que todo lo que hiciera, bien o mal, se iba a leer primero a través del nombre de su familia.
Antes de esa sala, una columna de opinión ya había puesto en palabras la sombra: una corona que llega con un apellido pesado, y la pregunta que dejaba flotando era qué iba a hacer la nueva reina con esa herencia.
En la sala, nadie contesta esa pregunta. Es su padre quien toma la palabra después del anuncio. “Me siento muy orgulloso, muy contento”, dice. Habla de que le toca ayudar, trabajar durísimo, porque la agenda de su hija va a ser “extraordinariamente fuerte”. Que desde ese día ya no duermen. “No estamos durmiendo desde hoy”, dice, y la frase, torcida como suena, se entiende igual: el sueño se acabó ahí mismo, frente a esos micrófonos.
No se queda en el orgullo de padre. Anuncia un plan: una brigada de salud para los hacedores del Carnaval —los artesanos, los disfraces, las comparsas— y membresías gratuitas en la Clínica Internacional La Misericordia, la que él fundó, y en la Fundación Fulamic, la que dirige su hija. Los mismos que sostienen el Carnaval con su trabajo pasan, esa tarde, a depender también de la clínica de la familia. Habla de un proyecto que, dice, “perdura en el carnaval por muchísimos años”, y de posicionar a Barranquilla como sede mundial de intercambio cultural del Carnaval. Quiere una coronación “que exalte la cultura, la tradición, que cuente una verdadera historia”, bajo un lema que repite: un carnaval “pa’ todo el mundo”. Cierra hablando de sí mismo: que ya entrena físicamente, que ahora también le toca bailar, y que no deja a Dios a un lado, porque cree que fue Dios quien le abrió esa puerta.
Nadie, en esa sala, pronuncia la palabra distancia.
Hay otra foto, de otro momento, quizás el mismo día. Salwa está de pie junto a un puesto de frutas de madera, callejero, con racimos de naranjas colgando en mallas anaranjadas, piñas apiladas, guayabas verdes. Detrás, palmeras y un hilo de carros pasando. Es de día; la luz es blanca, sin el amarillo de los paneles de vidrio de la escena anterior.
Lleva puesto el mismo vestido. A un lado de ella, las naranjas reales cuelgan en su malla, con la piel un poco golpeada. Al otro lado de su cintura, la papaya bordada en canutillo brilla bajo el sol, perfecta, sin una sola mancha. Nadie sabe cuánto costó bordarla ni quién la pagó. Las naranjas de al lado sí tienen precio: está escrito a mano, en cartón, colgado del techo del puesto. Las dos frutas están en el mismo cuadro. Una se vende. La otra se hereda.
Esa misma tarde del 21 de agosto, mientras la prensa todavía escribía sobre el apellido y el proceso judicial de su padre, Salwa publicó un video. Baila “Sóbate el coco”, de Checo Acosta, junto a su hermana Samia y bailarines de la Danza Micos y Micas Costeñas. Después bailan “Quereren”, con representantes del garabato, el mapalé y las Farotas. En horas, el video pasó las 23.000 reacciones y los 1.500 comentarios.
No es una coreografía improvisada. Empezó a bailar en la academia de Julie de Donado, y siguió con maestros como Martica Maturana, Pedro García, Pedro Díaz, Lennon Broks, Yineth Nieto, Breyner Cantillo y Darwing Yusseth. Es integrante de la cumbiamba La Misma Vaina. Esa parte de la historia no la escribió su padre.
“No puedo dormir sin mis perritas, tomo milo todo el día y escucho guarapo”, dijo Salwa esa misma semana, en una entrevista. La misma semana en que su padre anunciaba membresías gratis en la clínica familiar para los hacedores del Carnaval, y en que su primo seguía ocupando una curul en el Concejo de la ciudad que la acababa de coronar.
En ninguna nota, en ningún comunicado se explica cómo decide la Junta Directiva de Carnaval de Barranquilla entre las seis mujeres del Sonajero Real. No hay actas públicas, ni votos, ni criterios escritos. Se sabe el nombre de quien anuncia y el de quien preside, pero no se sabe, porque no se cuenta, qué pesó más: la trayectoria social, el manejo escénico o el apellido.
Lo que sí se sabe es el resultado, repetido: Michelle Char el año pasado, Salwa Maloof este. Noventa y un coronas, ¿y casi siempre en las mismas familias? Un patrón no necesita una explicación pública para sostenerse. Le basta con repetirse.
