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Según Crescencio Salcedo la múcura es tan pesada que nadie puede con ella. Pero el grupo del Adulto Mayor de Comfamiliar atlántico la sostiene hábilmente a través de las calles de Barranquilla.

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Por Leydi Perdomo

Por aquella puertecilla clara, que separa el tiempo del reloj, pasa el recuerdo de la vieja rutina de un carnaval de risotadas infantiles y cabellos espolvoreados por el aserrín de la maicena.

Hoy, cuando en plena vía 40 los pasos lentos contrastan con la misma alegría de sus trajes, el blanco de sus cabezas es el color natural de la larga vida.

Pero no se fíe de la apariencia, joven, dice María Jaramillo, una de las más ceniza de todos. “Lo que soy yo, me siento de quince”, agrega, mientras contonea las caderas entre las barandas del caminador al ritmo de una canción de estos tiempos.

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Con unas arrugas de más, los labios de todas siguen siendo rubíes y coquetos. En sus miradas no cabe más alegría. Y en las palabras que brotan, al instante, con la chispa de siempre, no puede haber más sabiduría.

Basta con que suene aquella canción en el picó, que indica que el carnaval ya empezó, para que se arrebate más de uno y la Múcura de Tercera Edad de Comfamiliar Atlántico vuelva a adquirir vida.

Entonces, los hombros cambian de lugar y un corrientazo enerva los pies en posición de descanso.

“El carnaval no tiene edad”, asegura la señora Gladis Rodríguez, en tanto los calzados recién hechos empiezan una batalla de cuatro días con los juanetes que descubrieron esta vez los zapateros.

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A través de cada paso y en medio de un público eufórico al verlos bailar, no miden el tiempo, ni la longitud del recorrido, solo se dejan llevar por el orgullo que eriza su piel en carnaval, porque por más de 31 años han mantenido viva la frase que dice “quien lo vive es quien lo goza”.

Los abuelitos de La Múcura no son un grupo más dentro de las tantas comparsas que desfilan en Carnaval. Ellos dejan huella por donde sea que pasen.

La sonrisa que brilla desde lejos, es imposible de olvidar. Ya en la cercanía, la imagen viva de los movimientos de baile y el giro preciso del cerezo, contagian de sabrosura.

Si quieres compartir con ellos, tienes que ir preparado a quitarte la pena de todo, porque te pondrán a bailar, a cantar, a pintar, a gozar, y a ver la vida de otra manera. Sin pensar en los años.

Si no sabes bailar, no te preocupes: ellos te enseñan.

Te mostrarán sus fotos como si fueran tesoros acuñados de paciencia.

Te enseñarán sus 13 congos de oro y te invitarán a pasar con ellos sus tardes de polleras.

Si prestas atención a sus ojos, notarás el brillo de las imágenes que pasean el recuerdo mientras en otras primaveras bailaban sin parar.

Dicen, si los escuchas bien, que no sienten nostalgia de ver el tiempo tinturar sus cabellos. Su fórmula es la misma que los mantiene en pie: preservar un alma de carnaval durante los 365 del año.

Todo empezó con Zamira Valera, quien se dio a la tarea de diseñar un espacio especial para que padres, abuelos y próximos a jubilarse pudiesen extender la alegría.

En mayo de 1984, la idea floreció en el club Los Robles.

Ni ellos mismos podrían creer que el amor por la vida tuviera ahora las alas de un chandé.

La idea de que el adulto mayor pudiera hacer parte también de la celebración, se popularizó. Como padres y madres de tradición, ahí estaba la esencia de este patrimonio cultural e inmaterial de la humanidad.

En 1987 debutaron como la primera comparsa de la tercera edad. Doce señoras que rondaban los 55 y 59 años, seguían los pasos de la psicóloga Stella Abello y al coreógrafo Carlos Franco, mientras   contrariaban a los críticos que les decían que no aguantarían el ajetreo del baile, bajo el caluroso sol.

No. No eran esos comentarios los que derrumbarían el gran sueño que tenían como grupo.

En 1988 ya eran 30 abuelitos haciendo parte de este grupo. Había que buscarle un nombre. Crescencio Salcedo se los dictó.

Es 2019. Unos muchachitos de 60 y más años se toman de la mano y elevan una oración, como pidiendo permiso al Cielo para entregarse a la fiesta.

El bus los conduce a la vía 40, donde descargará la ansiedad juvenil que permanece debajo de las arrugas.

Las noches anteriores, el roce de una corona sobre la experiencia erizó la piel de cuatro afortunadas. Bajo la escarcha de una tenue luz, alzaron vuelo las nuevas soberanas. Una delicada melodía con la voz de la Reina de Reinas 2018 palpó los recuerdos de todos. El honor transcendía.  Una luz resplandecía al público, un tintineo incesante barullaba, una estrella a punto de posicionarse sobre Rosalba Mayoral. Sus luceros dudaban en dejar resbalar gotas de felicidad. Pero su sonrisa la delataba. La emoción de preservar el legado de La Múcura se apoderó de ella toda la velada.

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La elegancia del satén viste de Geishas a las artistas de la comparsa.  Pero el rosa extenso que descansa sobre sus brazos recuerda a las Geiko (jóvenes aprendices japonesas), a pesar de que, desde hace algunos años, líneas de vida decidieron adornar sus rostros. En la medida que el suave corte oculte la piel, se indica la inexperiencia, y al parecer, estás señoras son un lienzo en blanco en su nueva etapa de vida.

En medio de una multitud sedienta de carnaval y con el empeño de aquellos bailarines, pelusas verdes escapan del burro en su espaldar, impregnando en el viento la idea de fugacidad. Aun así, la firmeza de sus pasos conserva un mensaje de esperanza y fortaleza.

La sirena, a lo lejos, indica que el desfile va a empezar. Al instante entran en escena. La Múcura arranca felicitaciones, aplausos y ovaciones. Los vientos de una banda papayera a todo pulmón, le ponen años a la cambambería.

Están empezando un desfile que puede durar tres horas.

Van como niños. Ríen y toman del pelo. Creen que tienen colágeno en los huesos. Miran a la cámara y agitan sus trajes. Se sienten famosos. Son famosos.

Algunos se pierden en la memoria. Juan, por ejemplo, se imagina una gran terraza, con niños lanzando bolsas de agua, y una canción lejana que alborota el ambiente. Su esposa llevaba diez años participando en La Múcura, pero él resistía, pues prefería sus rutinas de letanías que animaban a los pasajeros de su taxi cada domingo.

La gente sigue aplaudiendo.  Les dicen que descansen un rato, pero que va: al cansancio, si lo hubiera, le ponen picardía y buen humor.

Algunas van con los esposos que un día se derritieron ante su espontaneidad. Otras consiguieron enamorados en el recorrido.

Brillan bajo el atardecer, en la calle de eterna sabrosura, las chipas que tanto caracterizan a Nelly López, reina de La Múcura 2018. Luego de que su almohada fuese, por muchos años, testigo de la tristeza que se apoderó de ella tras la muerte de su esposo y la mudanza de 3 de sus 5 hijos. Pero un abrazo sincero, palabras sabias y la alegría del baile le brindaron otra familia y una segunda oportunidad para ver la vida desde su mejor ángulo.

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Al salir de la calle en la que por dos horas fueron más felices que nunca, los zapatos liberan los pies de su agonía. Un color rojizo se asoma en sus talones. Uñas rotas y algunas ampollas fueron los hijos del baile. Quizá, estos artistas ya son inmunes al dolor, porque solo ríen y comparten sus mejores momentos del desfile al ritmo en que una hayaca contenta su voraz apetito.

Algunos integrantes de la comparsa ya se han ido. Pero los sucesores tienen presente que se marcharon felices, haciendo lo que amaban, por haber pertenecido a una familia que el carnaval le otorgó, y pasar la tradición a las nuevas generaciones.

Saben que, dentro de poco, otros los seguirán, pero mientras llega el momento, bailan. El baile, dicen, es el poder contra la muerte.

Página diseñada por Jesús Angulo