

Por: Dido Polo Monterrosa
Hace 24 años, el municipio de Polonuevo, Atlántico, le dió la bienvenida al cuarto hijo que florecía de la unión entre Marisabel Mendoza, una diseñadora y modista, y Gilberto Ospina, un hombre dedicado a la mecánica. Estos dos padres no llegaban a imaginar que ese nuevo integrante de la familia transformaría sus vidas y la manera de verla.
Mairon Antonio Ospina Mendoza, como decidieron llamar al pequeño niño rubio de piel blanca y ojos café como una explosión de hojarascas en otoño, empezó a crecer y a llevar una vida normal como cualquier otro niño, lleno de alegrías, de travesuras y con ganas de resolver todos los misterios del mundo.
Esa infancia llena de felicidad y de momentos con su familia terminó cuando solo tenía 10 años de edad, como resalta él mismo, “no todo es color de rosa y la tristeza también es una experiencia necesaria para darle sentido a la vida”. Sentido que fue encontrando cuando su padre decide marcharse de casa y le deja todas las obligaciones y responsabilidades del hogar a Marisabel por las repetidas discusiones y problemas que mantenían. Sin duda, el acongojado rostro de Mairon lo delata y la hipótesis de que este episodio fue crucial en su vida se confirma.
Es por eso que la separación de sus padres se convierte en un momento de autoanálisis donde sus sentimientos, acciones y personalidad empiezan a madurar y las dificultades que atravesó en ese entonces fueron las primeras señales que le indicaron que tendría que trabajar duro para alcanzar esas metas y sueños que tenía, sin saber que más adelante se sumarían otras situaciones que también debía superar.
Mairon tenía ahora la tarea de seguir desarrollando sus aptitudes y habilidades incorporando conocimientos nuevos, pues la educación era para Mairon lo que es agua para un pez, por eso se desempeñó como un buen estudiante de la primaria de El Colegio Madre Bernarda en ese mismo pueblo que lo vio nacer, pueblo que al llegar cualquier visitante le evoca calor humano y que sus calles anchas y llenas de sombra relatan que Mairon vivió la mejor niñez y adolescencia que se puede vivir.



El niño ya no era tan niño, Mairon reconoce que estaba creciendo, no solo porque tenía unos centímetros más de estatura sino porque ya dejaba de preguntar de dónde venía y comienza a decidir a dónde va. El bachillerato lo comienza con ese mismo “perrenque” en la Institución Educativa Técnica San Pablo de Polonuevo y su vida contínua, hasta ahora, como una vida normal.
“Yo desde pequeño he tenido claro lo que soy y lo que quiero”
Mairon Mendoza
Barranquilla, la ciudad que hoy tiene la ventana al mundo, una escultura llena de colores, y me atrevería a decir que su diseño es un arcoiris pixelado, que para algunos representa la alegría y jocosidad del barranquillero y para otros un homenaje a la comunidad LGBT, comunidad a la que Mairon pertenecería más adelante. El chico de cabello de oro empezaba la universidad, palabra derivada del latín universitas, universitatis que etimológicamente significa universalidad, totalidad, compañía de gente.
Así es, Mairon empezó a conocer nueva gente. Mientras me contaba, su rostro parecía deslumbrarse de la felicidad recordando aquel momento en el que tenía su primer contacto con la ciudad, pues él había crecido en un pueblo donde las conductas y hábitos eran totalmente distintas a las que ahora empezaba a vivir. La universidad del Atlántico se convertía entonces en su segundo hogar.
El alma máter le abrió sus puertas en el programa de Biología, aquel niño que desde pequeño tenía inclinaciones por las artes y la creatividad ahora usaría batas blancas y pasaría gran parte de su vida académica experimentando en laboratorios, sin saber que, quizás, este sería el comienzo de otros experimentos en su apariencia física. Grace Manrique, su hermana, con una memoria que no falla, diría que casi perfecta, recuerda aquellos años como esa “apertura al mundo” de Mairon, donde empezó a sacar a flote ciertas cualidades que estaban ocultas, pero de las que su familia ya se hacía idea.
Los problemas económicos no se hicieron esperar y la carga que ahora tenía Marisabel en el hombro era cada vez más grande, pues los estudios de Mairon acarreaban muchos gastos, situación que no le impidió cumplir su meta de ser un profesional. Las nieves del tiempo que caen a lado y lado del rostro de Marisabel me cuentan la pujanza y el trabajo duro que pasó para darle todas las cosas que el chico universitario necesitaba para estudiar. Pero resaltan la unión familiar que predomina en este hogar, Grace recuerda con nostalgia aquellas mañanas frías en Polonuevo, cuando decidían no desayunar para darle los pasajes a Mairon, quién siempre aprovechó cada minuto en las clases.
“En esta casa rodeamos mucho a Mairon. Todo gira al rededor de él”
Marisabel Mendoza