
¡En sus marcas! ¡Listos…ya! Arranca la competencia. Una estampida de personas se abre paso entre los árboles y el suelo de hierba. El viento los golpea y la arena se les pega. Conforman equipos y se distinguen por colores. Su única intención es ganar y olvidarse de los problemas.
El mayor desafío que Claudia ha tenido que enfrentar son la droga y la prostitución. Con el corazón en los labios, expresa abiertamente cómo ha sido la travesía de sus años cumplidos y lo dura que ha sido la vida en consecuencia de sus propias decisiones; lanzarse a la intemperie, a lo desconocido y tentativo que son las calles de Barranquilla.
Fue en la 17 cuando conoció a Luisa Mora. Su piel, quemada y maltratada, y sus cabellos completamente resecos llegaron a los denominados baños. Allí un grupo de personas se encargaron de asearla, vestirla y darle alimentación. Luisa aprovechó la ocasión y la invitó a eso que llamaban “desafíos”, un conjunto de pruebas que se realizaban en el parque Sagrado Corazón cuya intención es cambiarle la vida a cientos de personas que merodean en los rincones de la ciudad.
Claudia aceptó, y aunque no ganó el desafío se llevó un premio mejor. Luisa la invitó al hogar de paso, ubicado en el centro de Barranquilla, para que formara parte del programa distrital de recuperación e inclusión social de habitantes y ex habitantes de calle. Desde ese entonces su mentalidad ha tomado un rumbo significante. Aunque no ha sido fácil.
El hogar de paso está conformado por 3 pisos. En los dos primeros se extienden pasillos largos, sombríos y a los lados se encuentran las habitaciones. En el tercer piso se despliega una placa de concreto, ancha y extensa donde año tras año se preparan para las fiestas del carnaval.
Pero como su nombre lo dice es solo un lugar transitorio, de atención inmediata. Cada uno de los ex habitantes de calle, como Claudia, reciben ayuda psicológica con el propósito de re direccionar sus vidas.
Desde muy niña, Claudia hubiese deseado montarse en tacones, jugar al maquillaje y remediar a su madre. Pero no la conoce. Lo más cercano que tuvo a una figura materna fueron, quizás, las mujeres de su padre.
Reconocer su belleza era otro de sus problemas. No aceptaba su melena dorada. Constantemente se rechazaba y próximamente cayó en depresión. La única salida que encontró fue sumergirse en las calles.
Claudia aseguraba que era feliz. Con sus amistades, si así pueden llamarse, logró viajar a ciudades y países. Pero todo eso le costaba. Ella se sentía desvalorizada, y poco desmotivada por su belleza, así que por cien mil pesos ofrecía sus servicios de acompañamiento.
A pesar de todo, Claudia se enamoró, y fruto de esa relación nace una criatura que hoy en día transita por los pasillos de la Universidad del Atlántico. El milagro que salvó su vida fue su hijo, quien tiene 22 años de edad, el reencuentro con su padre y su familia ayudaron a recapacitar, considerar que esa realidad era innecesaria e injusta para su vida, ¡debía ser libre!
Y lo está logrando. Aunque no ha dejado las drogas en su totalidad, el consumo lo ha reducido. Y para ella eso representa mucho. Ahora, en Salón Burrero se viste de polleras y sale a las calles. No a reciclar, sino a disfrutar del carnaval.
Los problemas familiares, la ausencia de su madre y el adulterio del padre en su adolescencia fueron el detonante para salir de casa, estrellarse con el mundo y las cosas que este ofrece.
La necesidad básica de comer, sobrevivir, saber defenderse de los peligros que acechan al ser humano día a día como lo es la cruda realidad del alto porcentaje de desempleo, notar que existen caminos aparentemente fáciles como lo es prostituirse. Para lograr rendir en cada encuentro se vio en la necesidad de una tercera herramienta que le diera la posibilidad de continuar aún en un colapso de cansancio. Por eso recurrió al alcohol, a la cocaína y a la marihuana. Confiesa que jamás probó bazuco y menos goma, pero aun así era inevitable, se calificaba como una drogadicta; la vida en las calles, las malas relaciones e influencias eran el pan de cada amanecer y anochecer. Salir de este mundo tan profundo se volvió imposible, tanto que solo la mano de Dios la podía salvar.
Rodeada de tal entorno decreciente, la única puerta que Claudia optó fue la del reciclaje, y la portada perfecta para que Luisa se acercara a ella. le brindó un aliento de esperanza y restauración tanto interna como externa, a través del programa, en donde se les brinda a las personas abandonadas o, en su defecto, aisladas la oportunidad de empezar nuevamente y redefinir su vida. Gracias a la labor genuina de varios funcionarios, Claudia ha logrado avanzar, pensando en su meta a corto plazo como lo es el tener su título bachiller y posteriormente tecnólogo en Auxiliar contable. Confiesa que ha sido su mayor deseo como también el ser azafata.
Desde entonces, su objetivo ha sido superarse, aconsejar con base en su conocimiento y experiencias, que el único que tiene el poder de salvarte es tu voluntad, Dios y las personas que te aman.
Es su segundo año en el carnaval y promete gozar. Con el carnaval se olvida de todo y crea resiliencia. Se concentra en bailar, en aprenderse los pases y darse a conocer en el cumbiódromo de las fiestas.



