Por: Javier Franco Altamar
El cantante panameño Rubén Blades tiene la singular virtud de combinar muy bien los ritmos bailables y pegajosos con los relatos truculentos, dramáticos o graves. Lo hace de tal manera que, si uno se concentrara, nada más, en escuchar los mensajes de sus canciones, podría hasta asegurar que su música es un pretexto para dictar clases de ética.
Para demostrarlo vamos a tomar una de esas que se lanza con todo desde su título: Decisiones, que, en tanto concepto, ya plantea un tremendo desafío filosófico. Porque si bien puede parecer intuitivo que las decisiones configuran nuestra identidad, se sigue discutiendo si ellas expresan una voluntad individual autónoma, como lo defiende el existencialismo; o si, por el contrario, esa elecciones se articulan con un sistema de prácticas, tradiciones y narrativas, como lo concibe la denominada ética de las virtudes.
Si entramos a considerar que la canción está compuesta por tres pequeños cuentos donde las decisiones van a cambiar el rumbo de tres vidas, y que eso ocurrirá dentro de unos contextos en los que las acciones de los protagonistas reciben su valoración específica, entonces es claro que la ética de las virtudes se ajusta más.
Pero antes de entrar a analizarla, es importante hablar un poco de la historia de esta canción, porque supuso un giro -ella y el resto del trabajo discográfico del que hace parte- en la identidad musical de su autor.: ya desde ahí empezaremos a ser coherentes con esta propuesta analítica.
Recordemos que Blades venía de formar un dúo sensacional con el trombonista, recientemente fallecido, Willie Colón, unión que se extendió entre 1977 y 1982. Pero un año después, inconforme con el trato recibido por el sello Fania Records, se apartó de ese asunto y emprendió su camino como solista bajo el sello Elektra, apoyado en un sexteto denominado ‘Seis del Solar’.
La agrupación, conformada específicamente para él, estaba compuesta sobre la base de un piano sintetizador, un bajo, la sección rítmica y un vibráfono. No había instrumentos de viento porque Blades resolvió prescindir de ellos para distanciarse del sonido de la banda de Willie Colón y, en general, para apartarse del brillo distintivo de la salsa. El formato de sexteto se inspiró en la configuración de las agrupaciones de Joe Cuba y de Cheo Feliciano.
El primer álbum de Blades con ‘Seis del Solar’ fue Buscando América, lanzado en 1984, que, si bien intuitivamente se vincula con la salsa, en realidad ofrece una combinación de ritmos salseros con el reggae, el rock y el jazz latino, con letras de contenido político y social. Este álbum fue nominado al premio Grammy y contiene varias de las canciones más reconocidas de Blades como Desapariciones, Buscando América, El padre Antonio y el monaguillo Andrés y el éxito de nuestro análisis, Decisiones.

En la portada de ese trabajo discográfico, Blades aparece como figura central, sin camisa y mirando hacia arriba. Está rodeado por seis personas más, también sin camisa, que miran en la misma dirección en un claro mensaje metafórico de búsqueda de identidad, justicia y libertad.
Aunque no están identificados con sus nombres -como sí ocurre en álbumes posteriores-, los acompañantes de Blades en la foto son los miembros centrales de la banda: Mike Viñas (guitarra eléctrica y bajo), Óscar Hernández (piano), Eddie Montalvo (tumbadoras y percusión), Louie Rivera (bongó y percusión), Ralph Irizarry (timbales y percusión), y Ricardo Marrero (vibráfono).
Desde el principio, el baterista Ray Adams empezó a actuar como invitado habitual de la banda, pese a lo cual, la agrupación mantuvo su nombre. Y el propio Blades no solamente ponía su voz, sino que apoyaba la melodía con la guitarra acústica.
A la final, luego de tres años con esta configuración musical -en la que produjeron tres trabajos discográficos-, se reintrodujeron los metales (como también se denomina a los instrumentos de viento) y la agrupación pasó a llamarse ‘Son del solar’, manteniendo esa alusión espacial de lo urbano caribeño.
El álbum Buscando América, el primero de esta etapa de Blades, arranca justamente con Decisiones, donde se presentan, en tono de broma y desenfado, tres pequeños relatos en los cuales personas comunes se enfrentan a situaciones que ponen en juego su proyecto de vida gracias a decisiones imprudentes.
Y en el concepto de “prudencia” está la clave del análisis, pues en torno a ella gira la ética de las virtudes.
Este modelo tiene su origen en el filósofo griego del siglo IV a. C. Aristóteles y es de carácter teleológico, es decir, se fundamenta en las finalidades. En el caso específico del ser humano, esa finalidad es la eudaimonía, o sea, “la vida buena”, que viene dada por el mayor desarrollo posible de su capacidad para razonar. Y esto solo se da, para nuestro pensador, es la polis griega. La educación adecuada juega papel importante para que el potencial de que cada uno se manifieste.
Entendidas así, las virtudes éticas se dan como un acto selectivo consistente en elegir el término medio entre dos extremos viciosos: uno por exceso y otro por defecto. Actuar en ese justo medio es lo más “prudente”.
Esto que es bueno para el ser humano concreto, lo es para la generalidad como guía, y la lista de Aristóteles es larga: entre ellas aparecen la valentía, la paciencia, la magnanimidad, el ingenio, la simpatía, el pudor y la generosidad, todas ellas ubicadas en un justo medio entre dos extremos vicioso. La cobardía como carencia o defecto, y la temeridad como exceso, por ejemplo, son los dos extremos, y el medio está la virtud de la valentía.

Como para Aristóteles el sentido común era clave, la lista que sugiere es muy rígida y responde a su propia tradición, la que nunca abandonó y tomaba como correcta. Esto por supuesto, es cuestionable como pretensión, pero es válido como enfoque. Al menos así lo consideró el filósofo escocés Alasdair Macintyre (1929-2025), quien para adaptar la ética de las virtudes a los tiempos modernos, la articuló con lo que él denominó “juegos de prácticas, tradiciones y narrativa”.
Porque, a su juicio, los desarrollos éticos no pueden apartarse de los procesos históricos que permiten la evolución de lo que es calificado como virtud. Por eso, Aristóteles no menciona en su lista (no podría, al menos que hubiese sido viajero del tiempo), virtudes cultivadas en el entorno cristiano de la Roma Imperial, como la compasión; algunas aparecidas en la Edad Media como la humildad, o como otras más recientes como la resiliencia, la constancia y la tolerancia.
En la interacción con los demás, cada uno van dominando las reglas y se va volviendo virtuoso en desarrollos particulares u oficios. Eso le genera satisfacción interna (ganar dinero o reconocimiento sería una consecuencia externa). Cada quien está empujado por una finalidad en una gran narración dentro de la cual todos oficiamos como co-autores y como actores en los escenarios respectivos (terminología de Edmund Burke) con sus tensiones, desajustes y giros.
En este caso, la moralidad no surge de asuntos abstractos ni de reglas rígidas como dice Aristóteles en sus libros de ética (‘Ética a Nicómaco’ es el principal), sino de historias que les dan forma a la identidad, al carácter y a las acciones humanas. Ninguna manera más apropiada que la narrativa para hacer comprensible la vida humana, considera Macintyre, y cada cual actúa tomando decisiones desde sus propósitos o finalidades, con un horizonte por delante lleno de incertidumbres…
Decisiones, cada día.
Alguien pierde, alguien gana,
Ave María.
Decisiones, todo cuesta.
Salgan y hagan sus apuestas,
ciudadanía.
Así dice el estribillo en coro luego de cada relato, que funciona, junto con los comentarios de la voz lírica, como dispositivo para el juicio moral desde la comunidad. Nada de sermones ni reglas. Solo una oración de creyente acompañada de las consecuencias, y se invita a reflexionar mostrando -gracias a la misma estrategia narrativa del canto-, que cada vida es una narración en riesgo permanente.
Veamos los relatos, uno a uno, y aprovechamos para ir subrayando algunas singularidades:
La ex señorita no ha decidido qué hacer.
En su clase de geografía,
la maestra habla de Turquía
mientras que la susodicha
sólo piensa en su desdicha y en su dilema
¡Ay, qué problema!
En casa, el novio ensaya qué va a decir
seguro que va a morir
cuando los padres se enteren
Y aunque él otra solución prefiere,
no llega a esa decisión
Porque esperar es mejor,
a ver si la regla viene.
Se nos muestra a una jovencita en un quiebre narrativo clásico: su identidad como estudiante, adolescente e hija entra en conflicto con una nueva y brusca realidad de madre que comienza a reescribir su vida. Ha dejado de ser “señorita” y se ha convertido en “señora” según las denominaciones sociales. La evaluación de lo que le está ocurriendo corresponde a un marco moral en el que pueden suponerse tanto las reacciones de unos padres como las del entorno social.
El temor de la joven tiene, entonces, dos dimensiones: lo que se afecta en el rumbo propio de su existencia, y lo que se avecina en la interpretación de los demás. La espera de que “todo se resuelva solo” (la llegada de la menstruación) es una forma de suspensión moral: la trama queda en pausa. Nos quedamos expectantes de lo que le puede pasarle al joven cuando se enfrente a sus suegros. Es la intriga estimulante con cierre abierto que tanto distingue a los buenos relatos, pues toca llenarlo desde la imaginación de cada oyente.

Vamos con el segundo caso a ver qué nos trae. De hecho, es el más largo:
El señor de la casa de alquiler,
a pesar de que ya tiene mujer,
ha decidido tener una aventura
(A lo Casanova)
Esto que está en paréntesis es uno de esos comentarios de la voz lírica. Se refiere a Giacomo Girolamo Casanova, un italiano de la segunda mitad del siglo XVIII muy reconocido en la historia europea como arquetipo del hombre libertino y seductor. Son cerca de 130 conquistas amorosas reportadas por él mismo en su autobiografía.
Y le ha propuesto a una vecina que es casada,
de la manera más vulgar y descarada,
que cuando su marido, al trabajo se haya ido
lo llame para él ser su enamorado.
Los juicios de valor desde el yo lírico acentúan, en este caso, la imprudencia de las acciones. Desde la perspectiva moral, el hombre que busca la aventura rompe la coherencia de su propia identidad: traiciona el relato social de esposo y vecino. Para la dimensión narrativa, es claro que actuar fuera del papel asignado o escogido, funciona como un desajuste moral que amenaza con desintegrar la unidad de la vida matrimonial. Recordemos los peligros de irse a los extremos viciosos.
La señora, que no es boba, se lo cuenta a su marido.
Y él, bravo, decide, ¿cómo no?, invitar al atrevido.
Al comunicar la proposición a su marido, ella reestablece la narrativa que corresponde con un rol bien visto desde la sociedad: no se alinea con la infidelidad, sino con la protección de su hogar. Ella se mantiene al medio, aunque lo que está a punto de ocurrir no es exactamente un ejemplo de prudencia de parte del su esposo. Si el vecino se ha ubicado en un extremo de su osadía, el esposo está haciendo lo propio en un extremo letal de reacción sobre el supuesto de que está defendiendo su matrimonio.
Y ella lo cita cual lo acordado.
Y el vecino sale todo perfumado,
con ropa limpia que su esposa le ha planchado.
Y trae una flor que se encontró en el tendedero
(Dígalo: “love story”)

Seguimos escuchando comentarios de la voz lírica. Según MacIntyre, esto permite incorporar el relato comunitario como parte del marco ético del relato. En este caso, se alude, como comparación y en tono de burla, a ‘Love Story‘ (en castellano ‘Historia de amor‘) una película de 1970 considerada una de las más románticas de todos los tiempos. A la final, la vida humana particular es parte de una trama compartida donde toda acción revela quién somos.
Y dentro en casa de la vecina está el marido
indeciso sobre dónde dar primero,
con un bate de béisbol del extranjero
(De esos que dicen dizque: “Tony Armas, slugger”)
Y suena el timbre: ring ring,
(y no es el Gran Combo)
Comienza la segunda del noveno.
Es claro que se están tendiendo puentes de significado para que podamos imaginarnos lo que le espera al vecino. El arma de la agresión no es cualquier bate, sino uno estampado con el nombre de un jonronero reconocido, lo que garantiza su calidad para el cumplimiento de su función. Ese nuevo comentario de la voz lírica, junto con el alusivo al sonido de un teléfono que se vincula con el Gran Combo de Puerto Rico (reconocida agrupación salsera) le imprimen un tono de crueldad humorística.
De hecho, eso del teléfono remite a un curioso cruce de canciones entre Blades y El Gran Combo que sería muy largo de contar aquí con todos los detalles.
Para empezar, incorpora un tema de 1972 grabado por la orquesta de Joey Pastrana titulado El telefonito y que Rubén también grabó en 1981 cuando todavía cantaba con Willie Colón. La historia habla de una muchachita enamorada que llama insistentemente a un hombre por teléfono, y él, molesto y fastidiado, decide no contestar porque no quiere nada con ella.
Un año después, el Gran Combo grabó un tema del boricua Perín Vásquez titulado Teléfono que desarrolla una historia contraria, con un sujeto angustiado en espera de una llamada telefónica donde su pareja le dé el perdón.


El asunto es que la letra incluye varios momentos chistosos improvisados donde el cantante Charlie Aponte dice que a él no le molestaría la llamada como sí le molesta a Rubén. Y más adelante, se incorpora un momento en el que el teléfono por fin suena, pero no es la amada del hombre, sino la “chamaquita” mencionada por Blades. De manera que en Decisiones, el panameño aprovecha el sonido del timbre de la puerta para bromear con el asunto.
No se narra el final de este segundo relato de la canción, pero se intuye, Y como la conexión simbólica es con el juego de beisbol, estamos en el cierre clásico de un encuentro beisbolero: la segunda parte del noveno inning, luego de cuya terminación (tres outs al equipo que ataca), ahora sí podemos saber cuál ganó por haber sumado más carreras que el otro.
No vamos a entrar en detalles descriptivos del juego porque son irrelevantes, pero debe quedar claro que, si hay empate, el asunto sigue con un inning adicional y otro, y otro hasta que uno de los dos equipos tome la ventaja. ¿Terminará acaso este juego con la muerte del Casanova? ¿Lo dejará tan maltrecho que no enfrentará a un nuevo partido igual ni de riesgos? Otra vez queda a juicio de la imaginación del oyente.
Y ahora vamos al tercer relato: quizás nada más cotidiano que un borracho convencido de que, así como está, conduce mejor que cualquiera, pues el alcohol no le afecta los sentidos…
…Por el contrario, que sus reflejos son
mucho más claros y tiene más control.
Por eso, hunde el pie en el acelerador,
sube el volumen de la radio para sentirse mejor,
(bien chévere)
Y cuando la luz cambia a amarilla,
las ruedas del carro chillan
y el tipo se cree un James Bond.
El borracho no solo está ebrio: está atrapado en una falsa historia sobre sí mismo. Ese reconocimiento falso de sus capacidades justifica sus acciones. Aquí la narrativa interna es peligrosa y autodestructiva, fuera de que el cantante imposta la voz como si él mismo estuviera bajo los efectos del alcohol.


El referente que se usa en este caso es el personaje de ficción creado por el periodista y novelista inglés Ian Fleming en 1953 y que pasó a ser el protagonista de una serie de novelas, películas, cómics y videojuegos homónimos. Es un agente encubierto con “licencia para matar” afiliado al servicio secreto británico de inteligencia. Una de sus cualidades es de la conducir, a altas velocidades, autos fabulosos diseñados para él.
Para la época de la canción, el actor que lo personificaba en el cine era Roger Moore, uno de los más recordados. Es un modelo de personaje que hoy podemos ver en Ethan Hunt, el de ‘Misión Imposible’; pero ya no hay espía, agente secreto, detective o héroe de pantalla grande que no conduzca así. Por eso, si hubiese aparecido en épocas más recientes, la canción ha podido usar, tranquilamente, a alguno de los personajes de la zaga ‘Rápido y Furioso’, o hasta uno de los agentes de ‘Arma Mortal’.
Decide la luz del semáforo comerse
Y no ve el truck aparecerse
en la oscuridad.
Pito, choque y la pregunta: “¿Qué pachó?”
Pa’ la eternidad,
(Persígnate, brother)
“Comerse” el semáforo, seguir adelante a toda velocidad pese a la luz en rojo, no parece solo una transgresión consciente, sino la culminación inevitable del relato equivocado en el que vive nuestro personaje. Se sugiere que cuando él pregunta sobre lo que le ha pasado, ya está en otra dimensión. Es un muerto frente al cual no queda sino persignarse en mínimo respeto. Es el arribo de muerte como gran misterio, quizás el principal estimulante para el pensamiento filosófico.
En el caso de esta canción, la muerte no solo participa en este relato final. También está presente en el temor del muchacho, ¿Lo recuerdan? Porque si bien en casa él ensaya lo que va a decir cuando lo encaren los padres de la chica, está seguro de que va a morir. Es una posibilidad muy definida en el horizonte. Y ni hablar del resultado de los batazos en el segundo de los relatos.
Y alrededor de todo eso, se muestra la moral como trama, no como norma; se van exponiendo las identidades constituidas por roles sociales (hija, esposo, vecino, conductor); se presentan decisiones que reconfiguran vidas enteras; se incorpora a la comunidad como juez de las virtudes para cada historia, y como era de esperarse con Blades, se toma la cotidianidad como un escenario para la enseñanza moral.
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