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Por Samuel Smith Méndez

Como si de una droga se tratara terminé repartiendo un polvo extraño entre mis compañeros de la universidad. Era cañanga. Cuando cursaba cuarto semestre, llevé un poco de ese polvo que mi familia me había enviado desde mi pueblo, San Antonio, un corregimiento de cultura afro e indígena en Barranco de Loba, Bolívar. En plena clase empecé a repartirle a mis amigos más cercanos y, ¡oh sorpresa! Al final las chicas más refinadas del salón, las de estrato alto, terminaron atraídas por la curiosidad y por el olor similar al café que inundó todo el salón. No se resistieron y pidieron la prueba porque cuando me preguntaban qué era aquello, yo les decía que ese era el ‘perico’ de nosotros los pobres, pero que en vez de inhalarlo lo comíamos. Eso sí, que la ‘traba’ llegaba si te reías con la boca llena. Se puede tener una muerte lenta y sufrida por asfixia. Suena trágico y, aunque nunca he oído de alguien que haya muerto así, esa es la advertencia de las abuelas en mi pueblo.

Tal vez mucha gente ha comido los mejores postres de Europa, pero para mí la cañanga es lo mejor que ha probado mi paladar desde que abrí los ojos en este mundo. Se trata de una golosina tradicional hecha de forma artesanal. Tiene apariencia pulverizada de color café, como la del azúcar morena. Está hecha con maíz tostado y molido con un endulzante, sea azúcar o panela.

Primero, yo creía que solo se hacía en mi pueblo, luego descubrí que también lo hacen en otras regiones de Colombia y en otros países de América, como Perú, Bolivia, Guatemala, México, República Dominicana, Venezuela, entre otros, pero lo conocen con otros nombres como pinole, cancharina, chucula, arifuqui, gofio, machica, machiquita, ñaco, cocho, fororo, harifuque, ahogaviejo y otros que no conozco. Lo que sí está claro es la relación histórica de este producto con la América indígena-africana. Se desconoce exactamente su origen, pero es la mezcla de dos de los grandes cultivos de América: el maíz y la caña de azúcar.

Nunca pierdo la oportunidad de visitar a mi familia en mi tierra y no puedo regresar sin probar la cañanga, pero esta vez decidí aprender de la mano de mi abuela y mi hermano menor. Primero, colocamos a tostar el maíz en un fogón de leña. Mientras atizábamos para mantener el fuego, usábamos un meneador de madera, fabricado por artesanos locales, para mover el maíz y así evitar que se quemara. El ojo de mi abuela es experto para saber cuando el grano de maíz ya tiene el color dorado perfecto para el siguiente paso.

Rosmira Toloza, mi abuela

Luego, procedimos a colocar el maíz tostado dentro de un pilón. Este es un utensilio cilíndrico hecho de madera, de origen indígena, usado para moler granos con un mazo también de madera. Allí pulverizamos el maíz y después lo pasamos por un molino para refinarlo. Una vez terminado de pulverizar el maíz tostado, procedimos a tamizar para conseguir una textura más refinada. Y por último, agregamos el azúcar al gusto.

Dentro de las costumbres en San Antonio, está la de comer la cañanga en una totuma pequeña, que es un recipiente fabricado del totumo, y usar una hoja de limón como cuchara; guardar total silencio y disfrutar de ese, lo que yo llamo “el perico de los pobres”.

Jorge Elías Méndez, mi hermano

Periodista

ssmendez@uninorte.edu.co

Comments
  • Odinis ponce

    De verdad que si es un manjar que pocos pueden disfrutar ese delicioso sabor es inigualable
    Exelente crónica cultural

    25 julio, 2022

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