
El cielo se oscurece y el bullicio se estremece. Una multitud de personas se abre paso en lo ancho y largo de la carrera 44 mientras la brisa, violenta y áspera, golpea sus cabellos y alborota sus atuendos. En lo alto, el brillo de la noche se viste de colores. Y bajo la luna, Cientos de Barranquilleros caminan al ritmo de champeta, salsa, merengue, cumbia y reggaetón. Entre la muchedumbre, aparece una figura alta y delgada. Lleva el rostro de blanco bajo un sombrero negro. Se cubre con lentejuelas hasta la cintura, y más abajo lleva un bombacho que le llega a los zapatos.
Se llama Francisco. Mueve su cabeza de lado a lado buscando a su pareja para finalizar la guacherna. Él sabe para dónde va. Conoce perfectamente cada andén, cada cuadra, cada calle y cada carrera. Agiliza sus pasos, esboza una sonrisa y grita de la alegría. Se ve contento. Y su felicidad no es la heroína, ni la marihuana, sino las fiestas del carnaval.
Francisco fue criado por las calles y abofeteado por las drogas. A los 11 años soñaba con ser libre. Independiente. Y a los 12 abandonó a su familia, y se embistió en las calles de Barranquilla. Su madre, porque nunca conoció a su padre, lo regañaba y él la desafiaba.
Con tan solo 12 años se paseaba las calles del centro de Barranquilla con sus colegas. Buscaba cartón, plástico, vidrio y aluminio para poder sostenerse. 19 años después luce arrepentido. Abre sus ojos y agradece una, dos y hasta tres veces por la nueva vida que lleva. Francisco ahora ríe, baila y se goza el carnaval, aunque él hubiese preferido hacerlo mucho antes. Antes de aceptar un porro de marihuana. Antes de experimentar con una pipa y llenarla de bazuco, y antes de lanzarse a robar pasacintas, espejos y deshuesar vehículos.
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De pie, en medio de un río de colores emitidos por comparsas y danzas, Francisco se mueve. El carnaval es su resistencia. Representa el renacer ante lo complicado que ha significado su vida. Son 19 años sumergido en la droga, la cual desea nunca haber conocido. Pero la conoció.
Era un niño. Sus pies se arrastraban sobre un suelo mugriento y olvidado. Terminaba de reciclar con un amigo y merecían un descanso. Había mucho estrés, mucho agotamiento. Su amigo, a quien prefiere no mencionar, mete la mano en su bolsillo y saca algo pequeño. Parecen hojas trituradas envueltas en papel. Regresa su mano al pantalón. Tantea como si estuviese buscando algo y acierta con una mechera. La lleva a la boca donde la espera un porro de marihuana que en segundos se prende en llamas. De esa manera Francisco conoció su primera adicción. Fumaba todos los días después de acumular el material reciclable.
Un año después la vida lo volvió a golpear. Era carnavales y tenía que rebuscarse. Una mujer, avanzada en edad, le obsequia un baño portátil y lo pone a disposición por tan solo $500 pesos.
Su improvisado puesto de trabajo estaba localizado cerca del puente “Las Marías”, ubicado en la intersección de la vía 40 con carrera 54. El desagüe lo realizaba en ese punto, al que constantemente visitaba y donde varios indigentes se daban cita para fumar. En uno de los cuatros días de carnaval, Francisco, impulsado por la curiosidad, se acerca a un hombre. Casi desnudo, y de abundante barba y cabello. El hombre le enseña una pipa, echa cenizas y más arriba agrega el bazuco.
Arrastrado por la ignorancia, Francisco experimenta. Prueba la droga y se consume en ella. Al parecer le causa satisfacción, pero momentánea, porque después viene la angustia, el remordimiento y el propósito de querer dejarla. Pero no lo hacía. Quedó adicto y sentía la necesidad de consumir. Si no tenía plata entonces robaba. Su larga trayectoria en las calles hizo que ingresara a una banda de criminales dedicadas al cocheo; robaban piezas de carro para venderlas y luego comprar la droga.
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Aunque el centro de Barranquilla fue su perdición, resultó ser también su bendición. Gracias a un proyecto de la alcaldía, en cabeza de Luisa Mora, Fernando puede crear resistencia y solidez en su decisión de abandonar aquella vida desestabilizada.
Fue en el mismo centro donde hace un año, Fernando llegó a los denominados baños que realiza un grupo de personas de la alcaldía. Allí lo afeitaron, le cortaron el cabello, cambiaron su ropa y demás actividades higiénicas. En ese proyecto conoce a Luisa Mora, quien de inmediato le brinda la oportunidad de pertenecer al programa distrital de recuperación e inclusión social de habitantes y ex habitantes de calle.
El programa ha significado mucho en su vida. No sabía bailar y ahora lo hace en el carnaval. Es su primera vez en una comparsa y quiere disfrutar. Por eso se pinta de blanco, se camufla con lentejuelas y bombacho, y vestido de garabato lo ven bajando por la 44.

