Por: Valerie Caballero
En Barranquilla, el folclor parece tener fecha de vencimiento. Explota en febrero, se toma las calles, vibra en cumbiambas y luego se guarda. Como si la tradición pudiera archivarse hasta el próximo Carnaval.
En medio de la franja académica e infantil de la Carnavalada, mientras los niños aún buscan lugar y los adultos observan con interés, Julio Frías envuelve el lugar con su voz. No hay desfile, no hay comparsa, no hay carroza. Solo un puñado de instrumentos sobre la tarima: tambora, llamador, tambor alegre. Para Julio Frías, el tambor nunca ha sido una temporada.
Desde temprana edad, su vida estuvo marcada por el sonido de las percusiones folclóricas. Creció rodeado de cumbiambas, de ensayos, de padres que – dice – no solo le dieron la vida, sino también el impulso y el apoyo para convertir la música en su destino. El folclor no llegó como una moda: llegó como una herencia.
Hoy, años después, ese niño que miraba fascinado los golpes de tambores es maestro. Y no cualquiera: es uno de los que insiste en que la tradición no puede limitarse a cuatro días de fiesta.
“Si bien es cierto que los medios ponen música folclórica, normalmente se reserva únicamente para la época de Carnaval”, reflexiona. “Y considero que el folclor no se cierra solamente a esa época. Es una música de gran tradición. Los niños deben tener contacto con eso, no esperar únicamente al Carnaval”

Durante casi una hora, el escenario dejó de ser tarima y se convirtió en un aula abierta. No hubo discursos largos ni tecnicismos innecesarios. Hubo ritmo. A través de canciones, explicaron al público la diferencia entre el ritmo del garabato y el chandé; mostraron cómo dialogan la tambora, el llamador y el tambor alegre; invitaron al público a escuchar antes de tocar.
Luego fue el turno del público. Los niños pasaron a ser parte de la presentación. Con paciencia y una sonrisa que no desapareció en ningún momento, los músicos guiaron a los más pequeños para encontrar el ritmo correcto.
Su apuesta es clara: enseñar. En cada clase, en cada ensayo con Los Maestros del Sabor, no solo se corrigen tiempos o acentos rítmicos. Se transmite identidad. Porque para Julio, mientras más niños se acerquen a la percusión, más posibilidades hay de que el tambor siga sonando en el futuro.
Una pequeña composición nació allí mismo. Improvisada, colectiva, imperfecta; pero por sobre todo real. Los niños se incorporaron al ritmo, mientras los adultos miraban con curiosidad y, por unos minutos, la distancia entre el escenario y el público desapareció. El aprendizaje dejó de ser vertical y pasó a ser compartido.

Su esposa, también comparte esta convicción. Su camino comenzó en la Universidad del Atlántico, impulsada por el profesor Álvaro Agudelo, a quién reconoce como una figura clave de su formación. Allí no solo consolidó su técnica, sino también su sentido de pertenencia hacia la música tradicional. Hoy comparte escenario y proyecto con Waldir, Tafur y Julio, formando un equipo que entiende el folclor como compromiso colectivo.
Para ella, la enseñanza no debe limitarse a Barranquilla. “Es necesario promover más espacios pedagógicos donde los niños, no solo de Barranquilla sino también de Colombia y el mundo, puedan aprender sobre estos ritmos”, sostiene. Porque lo que está en juego no es únicamente la técnica sino también la memoria.
En una ciudad, como Barranquilla, donde el Carnaval es símbolo, pero también frontera temporal del folclor, iniciativas como la de Julio Frías y sus Maestros del Sabor rompen esa lógica. Demuestran que la cumbia, el mapalé y la tambora no son espectáculo pasajero, sino lenguaje permanente.
Porque el tambor no debería sonar solo cuando hay desfile. Debería sonar en los barrios, en los colegios, en los patios, en las manos pequeñas que apenas aprenden a sostener el instrumento. Y mientras haya maestros dispuestos a enseñar más allá de febrero el ritmo no se apaga. Se transforma.
