Escrito por: Luz Mary Romero A.
La edición 31 del Festival Internacional de Danzas Folclóricas de la Confraternidad, organizado por la Escuela de Danza Palma Africana, resalta la relación entre danza, convivencia social y salud mental.
Este 12 de septiembre se llevó a cabo un encuentro con músicos y artistas en el Museo de Antropología de la Universidad del Atlántico. Este no sólo fue un espacio para que grupos folclóricos nacionales y extranjeros mostraran con orgullo su cultura sino también para reflexionar sobre el papel del arte en el bienestar individual y colectivo.
Arte y diversidad
El discurso de apertura estuvo a cargo de la maestra Carmen Meléndez, directora de Palma Africana, quien resaltó la importancia del arte que nos permite valorar la diversidad, transformar emociones y reconocernos como hermanos más allá de las diferencias: “Este es un encuentro fraterno […] para valorar lo que es Colombia y lo que es la cultura internacional, donde nos encontramos con esas otras miradas, esas otras formas de ver la vida y representarla simbólicamente […] y con eso podemos acrisolar y atemperar nuestras emociones de tal forma que miramos a aquel que no nos entiende como nuestro hermano”.

Luego Álvaro Martes, director del Museo de Antropología, subrayó la importancia de este tipo de espacios como escenarios “vitales para fortalecer los procesos de identidad y memoria del Caribe colombiano”
Destacó además el rol del museo como cuna cultural de la ciudad, como lugar de encuentro donde el patrimonio se discute no solo en el ámbito académico, sino también con la comunidad, que es la verdadera portadora de esa tradición.

Arte y desarrollo social
Posterior al discurso de apertura, que conmovió al público, se llevó a cabo la ponencia “Cantos y ritmos que curan: el poder sanador del arte en las comunidades vulnerables del país”, a cargo de Juan Pérez Hinojosa, músico y director del programa Música para La Paz, y David Beltrán, psicólogo y director ejecutivo de la Fundación Monómeros.

La presentación giró en torno a la experiencia Música para La Paz, un proyecto social desarrollado en alianza con la Corporación Universitaria Reformada, como un ejercicio de responsabilidad social que busca transformar y sanar comunidades a través del arte.
Los ponentes resaltaron que, en comunidades vulnerables, marcadas por problemáticas sociales que se agudizaron tras la pandemia con el aumento de los casos de ansiedad infantil, la música se ha convertido en una herramienta eficaz para la transformación social. “Hay algo en el arte que sana”.
Destacaron que la música, además de ser una expresión cultural, estimula el desarrollo cognitivo de los niños: “Resulta que con la música todo el cerebro entra en acción: lo sensorial, lo auditivo, lo lógico, todo. Esto provoca que los niños, niñas y adolescentes desarrollen pensamiento crítico. Estimula la capacidad de análisis y síntesis. El niño aprende concentración, disciplina, a analizar y regular sus emociones, a tomar decisiones: todo eso lo hace la música, por eso la escogimos”.
La conferencia también subrayó que la riqueza cultural de los litorales Caribe y Pacífico permite que los niños encuentren este estímulo emocional “en cada rincón”. En ese sentido, la música no solo conecta con la tradición, sino que fortalece los vínculos comunitarios y abre un camino hacia la resiliencia.
Tras la conferencia, la senadora Gloria Flórez Schneider intervino para resaltar que el arte es un tejido vivo que une tradiciones y culturas, recupera lo originario y lo sensible de los pueblos, y genera conciencia en las comunidades: “Vengo a acompañarlos porque no podía perderme este espacio que me revitaliza como ser humano, que nos revitaliza a todos y a todas, que nos permite conectarnos con la esencia, con lo real”.

Subrayó que iniciativas como este encuentro de danzas no deben verse solo como un espectáculo, sino como una construcción colectiva desde los sentidos y la fuerza de nuestras comunidades, y son esenciales para seguir construyendo la transformación social del país.
Arte y unión fraterna
La jornada continuó en el exterior del museo, que se transformó en un escenario abierto donde varios grupos folclóricos de distintas regiones deleitaron al público con una presentación de danza.
Allí, los presentes disfrutaron de la diversidad de expresiones dancísticas de ‘Son de Meches’, de Perú; el Grupo Experimental de Danza de la Universidad de Antioquia; ‘Mi Gran Sueño Zuliano’, de Venezuela; y la tradición de ‘Son de Negro’, de Santa Lucía.
El clímax llegó con la voz de la cantaora Marelis Olivo, quien con su llamado “necesito un par de chicas bonitas para bailar un bullerengue” logró que los distintos grupos se unieran en una sola danza. El bullerengue, convertido en puente de ritmos y culturas, demostró cómo el arte es capaz de derribar fronteras y reunir sensibilidades diversas en un mismo latido, un gesto que reafirma que el arte es un espacio fraterno donde se entrelazan tradiciones y se construye paz.
