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Por: Isabella Osío, Fabian Cantillo y José Fuentes

En esta ciudad, a veces se estudia cinco años para terminar aprendiendo a esquivar huecos en la vía.

Lo saben los recién graduados que caminan de oficina en oficina con hojas de vida que parecen volantes de propaganda, y lo saben también quienes cambian el diploma por un uniforme de call center.

El otro día, mientras el semáforo se ponía en rojo en la 72 con 43, a uno de los autores de esta crónica lo recogió un carro pequeño. Se sentó en el asiento del copiloto. Estaba impecable: olía a ambientador fresco, los asientos sin una mancha; y en la parte de atrás, una pequeña caneca recordaba a los pasajeros que allí no se hacía desorden. El conductor, con una camiseta blanca perfumada, y la mirada fija en el retrovisor, conduce con el mismo respeto y organización que impone en su vehículo.

Se llama Álvaro López Dangond, tiene 24 años y se graduó en Ingeniería Industrial en la Universidad del Bosque.  Es barranquillero, aunque vivió un tiempo en Bogotá. Su padre, separado de su madre y residente en la capital, fue quien insistió en que estudiara allí y costeó sus estudios. Al terminar, Álvaro regresó a su ciudad en busca de oportunidades que nunca llegaron.

En la pantalla del celular, mientras aceptaba un nuevo servicio, se asomó una foto suya con toga y birrete, el diploma en alto.

—¿Esa foto todavía la tienes de fondo?

Sonrió apenas, sin dejar de mirar la vía.

—Claro. Ese fue el día en que pensé que todo iba a cambiar, que al siguiente estaría en una oficina, empezando mi vida laboral.

Guardó silencio unos segundos antes de añadir:

—Conservo esa foto para recordarme que estudié, porque entre tantos viajes a veces parece que se olvida.

Mientras aceptaba otro servicio, contó que había hecho las prácticas en Ecopetrol. Seis meses en la Dirección de Recursos Humanos, dedicado, sobre todo, a cultura y gestión documental.

—Fue un período breve, pero enriquecedor. Una puerta que se cerró demasiado rápido.

 —explicó, sin intentar disimular el cansancio en la voz.

Lleva más de ocho meses sin conseguir empleo.

—La búsqueda ha sido compleja. No es que falten las vacantes, pero incluso aquellas que anuncian “sin experiencia” exigen un año o más de trayectoria. Somos demasiados compitiendo por muy pocas plazas —añadió, con un leve golpe en el timón.

Hizo una pausa, como quien elige con cuidado las palabras, y concluyó:

—Es inevitable cuestionarse. Después de cinco años de estudio, terminar en un vehículo como conductor del aplicativo inDriver genera una sensación de inconformidad. La pregunta, hecha con sinceridad, es ¿cuál fue el verdadero propósito de tanto esfuerzo?

En ese punto, la escena hablaba por él: un trabajo que paga, pero que no existe en papeles. Sin contrato, sin prestaciones, sin seguridad social. Eso es, en esencia, la informalidad laboral.

En Barranquilla, la proporción de trabajo informal ha venido bajando en los últimos años: del 59,9 por ciento en 2021 al 50,5 por ciento en 2025, según el más reciente informe de Calidad de Vida de ‘Barranquilla Cómo Vamos’, 2024.

El dato estadístico suena alentado, pero no siempre refleja la realidad que viven los recién graduados. Algunos, como Álvaro, se refugian en la informalidad de las plataformas. No todos conducen un inDriver. Otros, con suerte distinta, se sientan frente a un auricular de call center.

Uno de ellos es Juan Camilo Maestre, politólogo de 21 años, recién graduado de la Universidad del Norte en marzo de 2025.

Su empleo no está en un Ministerio ni en una fundación internacional, sino en un call center donde pasa las horas escuchando voces desconocidas al otro lado de la línea.

Su interés académico siempre estuvo en la sostenibilidad empresarial corporativa. Durante su época de estudiante, incluso, participó en un semillero de investigación sobre responsabilidad social empresarial, desde el cual se analizaban casos de compañías que buscaban reducir su impacto ambiental.

Fue durante ese ejercicio, recuerda él,  cuando confirmó que ese era el rumbo profesional que él quería seguir.

Sin embargo, acceder a ese campo, reconoce, es complejo. “Las empresas buscan gente con experiencia y, además, con estudios adicionales. El pregrado no basta, hay que complementarlo con programas externos”, dice con serenidad, pero con la resignación de quien ya aceptó que el camino será largo.

Agrega que comparte espacio con personas que ni siquiera tienen un diploma universitario. “Y eso me pesa —admite—. Yo sí lo tengo, y aun así estoy en un cubículo repitiendo un dialogo”.

Estos estudiantes, que se ayudan con el trabajo, no lo perciben como subempleo, sino que le dan una dimensión positiva. Juan Camilo lo percibe como un espacio que no corresponde a lo que estudió. Formal, sí —con contrato, EPS y un salario que duplica el mínimo—, pero al final del día por debajo de sus expectativas.

Mientras tanto, el call center es lo que sostiene sus días. Él no lleva ni un año, pero ya ha escuchado a varios compañeros decir lo mismo: “Aquí pagan cumplido y hay opciones de ascenso, pero el cliente final es lo más desgastante. Aprendes a convivir con eso o te vas”.

Juan Camilo reconoce que este trabajo retador y consumidor lo está entrenando para el futuro. Cada llamada es un ejercicio de comunicación, de paciencia y de mantener una actitud centrada en el cliente. El guion, por repetitivo que sea, le ha servido para afinar habilidades de venta, fortalecer la responsabilidad, cultivar la flexibilidad y, sobre todo, aprender a resolver problemas bajo presión con herramientas técnicas que antes no conocía. Es un

aprendizaje que no aparece en el diploma, pero que sabe podrá llevar consigo a cualquier otro escenario laboral.

Ese matiz abre una diferencia con la historia de Álvaro. Él daría algo por tener esa seguridad pasajera, por contar con un bono extra o un par de días libres seguidos, en vez de manejar un InDriver, donde cada carrera depende de la notificación en pantalla y ningún papel respalda lo que hace.

Se le pregunta a Juan Camilo si, aun así, valía la pena. Responder de un brinco:

—Es un paso. No el que soñé, pero al menos no es incierto.

Ahí está la paradoja de las cifras: la informalidad baja en Barranquilla porque más jóvenes logran entrar a trabajos con prestaciones, pero eso no significa que encuentren el empleo para el que se formaron. Se llama subempleo, y aunque no aparece en rojo en las estadísticas, se siente igual como un techo bajo sobre las expectativas.

Somos una casa periodística universitaria con mirada joven y pensamiento crítico. Funcionamos como un laboratorio de periodismo donde participan estudiantes y docentes de Comunicación Social y Periodismo de la Universidad del Norte. Nos enfocamos en el desarrollo de narrativas, análisis y coberturas en distintas plataformas integradas, que orientan, informan y abren participación y diálogo sobre la realidad a un nicho de audiencia especial, que es la comunidad educativa de la Universidad del Norte.

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