Por: Mariana Negrete y Vanessa Visbal. Foto tomada por: José Puello.
Danny Dariel Salazar, conocido en los montículos de las Grandes Ligas, como ‘Sally’, es una de las figuras más resilientes del béisbol caribeño contemporáneo. Nacido en Santo Domingo en 1990, Salazar personifica el sueño dominicano: trascender desde los patios de la isla hasta la élite de la Major League Baseball (MLB). Debutó en 2013 como lanzador abridor de los Cleveland Guardians (entonces Indios) y, para 2016, su brazo derecho ya lo había consagrado en el Juego de las Estrellas, posicionándolo como uno de los serpentineros más dominantes del mundo.
“Crecemos desde muy chiquitos jugando el deporte. Aunque al principio empieza solamente como juego, algo divertido. Ya cuando uno va agarrando edad, ahí uno puede decir más o menos si esto es lo que me gusta, esto es lo que yo quiero ser. Eso era lo que yo quería hacer, beisbolista profesional”.
A los 12 años, el destino de Danny comenzó a sellarse bajo la tutela de su tío, Basilio Alvarado. Basilio, cuya propia carrera profesional se vio interrumpida prematuramente por una lesión, encontró en su sobrino la oportunidad de transmitir una herencia de disciplina y técnica que fue vital para que el joven prospecto lograra “fluir” hacia el profesionalismo. Sin embargo, el camino al montículo no fue directo; en sus inicios, Danny recorrió el diamante probándose en los jardines y defendiendo la primera base. “Empecé en los jardines y luego en el infield, pero debido a mi brazo siempre nos cambiaban de lugar; donde más me destacaba era como lanzador”.
Para cualquier joven prospecto en el Caribe, estampar la firma en un contrato profesional es el equivalente a ganar la lotería, y para Danny Salazar la sensación no fue distinta. Sin embargo, mientras el entorno celebraba el éxito inmediato, en su mente resonaba la advertencia constante de su tío, “Mi tío siempre me inculcaba y me decía que yo firmara no significaba que ya yo lo tenía todo”. Con la madurez de quien entiende que el camino a las Grandes Ligas es una escalera de muchos peldaños, Danny asumió ese primer contrato no como un destino, sino como la base necesaria para construir el sueño que realmente perseguía. “Sí me saqué la lotería en el sentido de que entré, pero no significaba que ya estaba donde yo quería llegar”.

En 2016, el mundo del béisbol observaba una contradicción fascinante: sobre el montículo, Danny Salazar lanzaba con el dominio de un veterano consagrado, pero en la nómina figuraba como un novato. Era, en términos financieros, la “ganga” de las Grandes Ligas. Sin embargo, para Danny no había espacio para la queja o el sentimiento de injusticia; su enfoque era el de un hombre que entiende las reglas del juego fuera del campo. En la Gran Carpa, el talento debe esperar su turno ante la burocracia del sistema: tres años de sueldo mínimo y otros tres de arbitraje antes de poder negociar, tras seis temporadas de servicio, ese contrato multianual que transforma el esfuerzo en seguridad financiera. “Todo esto es un negocio. Obviamente tú vas subiendo de nivel y tiene sus reglas. Cuando subes a Grandes Ligas tienes que durar tres años cobrando el sueldo mínimo, a menos que el equipo decida darte un contrato”.
Como todo joven en sus primeros pasos profesionales, Danny también tuvo sus momentos de “rebelde con causa” —o al menos, con banda sonora—. Corría el año 2007 y las reglas eran claras: el teléfono celular era un enemigo declarado dentro del juego. Sin embargo, para un lanzador abridor que solo subía a la loma cada cinco días, las jornadas intermedias anotando estadísticas en las gradas podían volverse eternas. Con la astucia propia de un novato, Danny decidió que un par de audífonos ocultos bajo el uniforme eran el complemento perfecto para su labor.
El plan era infalible, hasta que los Rojos de Cincinnati arruinaron la fiesta. Tras una derrota estrepitosa, el mánager, con los nervios a flor de piel, reunió al equipo en el campo para un sermón que prometía ser inolvidable. En medio de aquel silencio sepulcral, donde solo se escuchaba la voz airada del jefe, el cable de Danny se desconectó. De repente, su música personal se convirtió en el altavoz de la reunión, rompiendo la tensión del regaño con un ritmo que nadie había pedido. “Me armó un peo. Yo no me reí (…) Luego me llamó a la oficina y, por suerte, ya lo agarró un poquito más a chiste”.
“Para nosotros los lanzadores, la única herramienta de juego que tenemos es el brazo”. Danny Salazar no solo batallaba en el diamante; su verdadera guerra comenzó en las salas de cirugía en 2018. Tras un primer paso por el quirófano, la ansiedad por volver y el deseo de sentir nuevamente la adrenalina del juego lo empujaron a regresar antes de tiempo, sin estar sano al cien por ciento. Ese afán, lejos de ayudarlo, empeoró su condición y lo obligó a una segunda cirugía en 2019.
Como si el destino se empeñara en probar su paciencia, mientras intentaba recuperarse durante la pandemia, un accidente doméstico en el gimnasio —un simple tropiezo que lo hizo caer sobre su hombro— le rompió el tendón y el hueso acromion. Fue un golpe devastador que lo llevó a una tercera intervención. Ante la falta de progreso, la sombra del retiro comenzó a acecharlo con más fuerza que nunca. “Pega mucho cuando uno quiere ver progreso y no lo ve”.
Llegó un momento en que la ciencia médica no parecía suficiente. Desesperado y al límite de sus fuerzas tras la tercera cirugía, Danny buscó respuestas en lo espiritual. “Le pedía a Dios que me dijera algo, pero que no sea en parábolas… Dime algo y que yo sepa que fuiste tú”. Una noche de 2022, cerca de la una de la mañana, se sumergió en una oración bañada en lágrimas, pidiéndole a Dios una señal directa, sin metáforas ni parábolas; necesitaba saber si debía colgar el guante para siempre.

La respuesta llegó con una precisión que desafía la lógica: a las cinco de la mañana, un pastor le envió un mensaje significativo. “Lo último que decía el mensaje: ‘te dice el Señor. Eso nunca lo había enviado’”. Lo que para otros podría ser una coincidencia, para Danny fue la confirmación que necesitaba para no rendirse. Con ese nuevo ánimo, firmó con los Yankees de Nueva York para terminar su recuperación, aunque el destino le tenía guardada una última prueba: un positivo por COVID en el aislado estado de Idaho, donde tuvo que pasar dos semanas en soledad total, enfriando una vez más su brazo y su regreso.
El capítulo final de su carrera como jugador activo se escribió entre el campeonato con los Tigres del Licey en Dominicana y un paso por los Diablos Rojos de México. Sin embargo, la decisión del retiro no fue producto de un bajón en su talento, sino de una tregua necesaria con su propio cuerpo. Tras una cuarta mini-cirugía y años de persistir, Danny comprendió que el béisbol había dejado de ser un placer para convertirse en un sacrificio doloroso.
“Antes sí era divertido, ahora ya es muy forzoso”. Cada entrada al montículo era una batalla contra un dolor que no desaparecía sin importar la preparación previa. Fue entonces cuando su pasión mutó: aceptó que su nueva forma de amar el béisbol no sería lanzando fuego, sino compartiendo el conocimiento. Su vocación de enseñar, que siempre había ejercido con los más jóvenes en la banca, se convirtió en su nuevo norte profesional.

Hoy, Danny Salazar vive el béisbol desde la sabiduría de la experiencia, sin el peso de las expectativas ajenas y con la paz de quien sabe que no dejó nada en el tanque. Se desempeña como Pitching Coach de los novatos de los Arizona Diamondbacks, liderando el desarrollo de los nuevos talentos en el complejo de la organización en la República Dominicana.Al mirar hacia atrás, hacia aquel joven de 20 años que debutaba con la ilusión intacta, no encuentra reproches ni consejos omitidos. “Yo no le daría ningún consejo a mi yo de 20 años, pero sí le diría que lo hizo bien. Yo siempre trabajé y di lo mejor de mí”. Hay, simplemente, la satisfacción de la entrega absoluta.
Al final del día, la historia de ‘Sally’ no se cuenta solo por sus ponches o sus juegos de estrellas, sino por la integridad de un hombre que, al cerrar la puerta de su carrera, puede mirarse al espejo y saber que hizo lo correcto.