Eduardo tiene un caminar pausado y da pasos largos. Trato de seguirle el ritmo y acelero un poco, agarro mi libreta bien y me acomodo el pantalón, luego el semáforo pasa de verde a rojo — ¡Cuidado mi llave! —dije detenido en la acera, Eduardo cruzó sin miedo y pasó flotando entre los carros, lo busqué entre los carros esperando que no se me perdiera, me esperó en la otra acera mientras cruzaba—; Aquí lo castigan a uno por pedir una monedita, por vestirse en harapos, por dormir en la calle, por estar enfermo, como si no fuera castigo ya vivir así.
Pero vea bien —continúa Tony —le llamo Tony porque no quiso dar nombre y hoy, frente a la pantalla, quiero darle uno—; Uno aquí sobrevive, no crea. Entre nosotros todo bien, nadie toca lo del otro y nos cuidamos allí como podemos, del rebusque se alimenta uno pero robando no, eso nunca. Mientras hablamos, sentados en la mesa afuera de la panadería, él se toma una avena y come un pan de jamón, mientras come no puedo evitar enfrentarme a las miradas inquisidoras (¿qué juzgan?) y de impresión de todos los que ven a Tony allí, desde la panadería murmuran algo los vendedores, luego vuelven a sus cosas y así continúa la mañana.
De acuerdo a información del DANE, Colombia se acerca peligrosamente a la cifra 4,6 millones de colombianos en la indigencia. En cabeceras municipales como Barranquilla, esta cifra representa el 6,7 por ciento de la población y esa gran masa de gente, representativa, seres humanos se trata de olvidar, por lo menos de ignorar, 4,6 millones de seres humanos, solamente en nuestro país condenados al desprecio.
Eduardo alguna vez fue aseador de un colegio y Tony trabajaba en buses ¿Hay una oportunidad de recuperación? Eduardo dice que es muy difícil conseguir un trabajo y cualquier cosa que hace se paga “como miseria”, Tony en cambio no cree en la sociedad, no cree en los políticos, no cree en las personas. Su actitud está justificada en una ciudad que solamente voltea hacia él para cerciorarse que “esté todo en orden”, quizá también, en algunos casos para sentir lástima e irse y luego sumergirlo en la oscuridad del olvido y el desprecio del que considera, no saldrá nunca.
Hay que tener clara una cosa: cualquiera puede acabar en la indigencia, la historia nos ha demostrado que el hombre y la mujer más grande, fuerte, con determinación y estabilidad puede terminar en la calle suplicando por un pan. La cuestión es seria y tenemos que preguntarnos a nosotros mismos ¿Se puede acabar con la indigencia? En la Ciudad de los Ángeles por ejemplo, tomaron el camino del reconocimiento, 3.137 personas fueron beneficiarias de una vivienda propia y ya no son catalogados como indigentes, les dieron un piso, un nuevo comienzo, la posibilidad de volver a integrarse a una sociedad que los apartó.
En Los Ángeles entendieron que la solución cuando cae el hombre no es ignorarlo, ni ponerle una manta o llevarlo a dormir, es darle la mano, reconocerlo como igual, entender que él, renegado y olvidado hace parte de la misma sociedad que tú; comprender que su caída no es más que la caída de la sociedad completa, que su olvido es un olvido de todos, que reconocerlo es reconocerse a sí mismo como ser humano, entender que estamos todos en el piso y que levantarlo es levantarte y luego, viéndote en un espejo levantarte con él.
Interesante está actuando el alcalde Gustavo Petro en la capital con su plan oficial de gobierno Bogotá Humana, pero ese será tema para otra ocasión…
Por: Néstor De León