Este póster busca capturar la desconexión entre el morbo público y el dolor privado que se vive cada Viernes Santo en Santo Tomás. Mientras los teléfonos de los turistas apuntan al espectáculo de la sangre en la calle, la imagen fija la mirada en la penumbra de un hogar, donde la verdadera huella del ritual no es la fe, sino el trauma silencioso de una familia que hereda las cicatrices. Es una invitación visual, pensada para los jóvenes de la región Caribe , a cuestionar si la identidad de un pueblo debe seguir midiéndose a través del sufrimiento autoinfligido.
