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SABANALARGA

LA PROFECÍA DE SAN CALLE

“Mi nombre es Manuel Ulpiano Calle,
y en la calle he de morir”.

El ambiente festivo en Sabanalarga era notorio. Sus calles se encontraban repletas de gente vibrando por el comienzo de la fiesta taurina, siendo protagonista el bullicio ensordecedor que no abandonaba ningún rincón de la gran plaza principal. La Iglesia Central de San Antonio de Padua, el sitio católico por excelencia de los habitantes del municipio, se erguía imponente a un costado de la plazoleta, emanando de su color naranja un contraste fuerte entre la vida, del futuro torero, el ruín verdugo del toro, y la inevitable muerte de aquel inocente animal que se preveía como el espectáculo estelar de aquella semana.

Muerte que era representada en el color paliducho del cementerio municipal. Polvoriento, agrietado, maltrecho, y muy descuidado, aunque en su entrada se leía claro que éste debía ser un lugar digno, pues inevitablemente esa sería la última morada de todo ser humano. Desvencijado, pero cargado de una profunda fervorosidad, pues dentro yacía una figura un tanto misteriosa: la del hombre que pudo predecir su muerte y los acontecimientos que derivarían de ella.

Ese era el destino final: llegar al camposanto para conocer la historia que se esconde bajo su suelo y que, después de un siglo, sigue estando en boca de los sabanalargueros.

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EL HOMBRE DEL SIGLO PASADO

San Calle no era un santo, ni mucho menos. En la población sabanalarguera, mediados por creencias populares, utilizaron este sagrado adjetivo para calificar a un hombre de bondad sin igual. Proveniente del Departamento de Antioquia, en los comienzos de la Primera Guerra Mundial, prestó sus servicios en dicho municipio del Atlántico hasta 1916, el año de su muerte. De manera rápida, Manuel Ulpiano Calle se convirtió en una figura del pueblo, pues, según el Secretario de Cultura del Municipio, Eduardo Mendoza, fue “un médico que prestó sus servicios a la comunidad de manera desinteresada y ayudaba mucho a los pobladores de muy bajos recursos”.

A una cuadra del cementerio donde reposan los restos de San Calle se encuentra la casa de Gladys De Los Reyes.  Dentro de ésta, la decoración daba indicios de su visible comunión con las costumbres de antaño, magia que era rota una vez se logra visibilizar el pequeño televisor que adornaba la sala. Ella, próxima a cumplir 85 años, poseía las características de una mujer devota, dejando visibles algunas imagenes religiosas en algunas de sus mesas. Por eso no cabía duda de que Doña Gladys era la indicada para hablar del santo sabanalarguero pues, según sus familiares cercanos, es una de las pocas personas que aún, luego de tantos años, recuerda con admirable lucidez los hechos que sus padres lograron observar sobre el Doctor Calle.

Incluso, Doña Gladys guarda una relación estrecha con el célebre personaje, pues asegura que existía “un parentesco entre él con una tía de mi papá”. Precisamente fue su padre quien le contó de las milagrosas curaciones que San Calle efectuaba en la población, asegurando que éste no poseía estudios y que todo su conocimiento sobre el cuerpo humano para tratar enfermedades lo había adquirido de manera empírica.

A San Calle lo mataron con una mano de pilón. Aquel artefacto parecido a un bate, utilizado para pilar, es decir, golpear para sacar de su cáscara cereales como el arroz o el millo, impactó en la cabeza del doctor esparciendo sus sesos en la calle. Una muerte instantánea que derivó en el cumplimiento de la profecía. Cuenta Eduardo Mendoza, el abanderado de la cultura municipal, que “todavía, cien años después, la comunidad de Sabanalarga sigue pregonando y dando a conocer el servicio que prestó el Doctor Calle” durante el tiempo que estuvo en Sabanalarga.

Esto se debe al mecanismo de tradición oral que permite la transmisión de conocimiento de una generación a otra. Así como Doña Gladys provee de información a su familia cercana, Xavier Ávila, historiador del municipio, tuvo su primer contacto con la historia. “Yo escuché el relato de boca de mi mamá, que su papá, es decir mi abuelo, le contó que el día que se murió el Doctor Calle se oscureció la tierra” dijo, comentando seguidamente que también su madre no olvidaba añadir otros detalles que la profecía también mencionaba, como que las gallinas y los pájaros, al no vislumbrar luz alguna, se escondieron.

Durante el año de 1916 ocurrieron las peores batallas como consecuencia de los inicios de la primera gran guerra. Pero un hecho curioso, a comienzos de dicha época, fue la presentación de un acto natural impactante: un eclipse total de sol. Este evento ocurre cuando La Luna se posa entre la Tierra y el Sol, obstruyendo así de manera total o parcial la imagen que se percibe del Astro Rey desde el planeta. En el Departamento del Atlántico de principios del Siglo XX, con tan pocos conocimientos técnicos al respecto, el fenómeno pudo ser visto como algo apocalíptico.

Así lo explica el historiador Xavier Ávila, quien menciona que “había un desconocimiento general de eso” refiriéndose al prácticamente nulo acceso que tenía la población de aquel entonces a la información sobre eventos naturales de dicha índole.  Por esta razón, los habitantes del municipio de Sabanalarga creyeron, como la devota Gladys De Los Reyes aún atestigua, que San Calle “tenía como voz de poder”.

Pero esto no explica que Ulpiano Calle pudiese predecir tal hecho. ¿Es que acaso se trataba de un ser iluminado, bendecido y digno para conocer misterios que escapaban de los límites de la mente humana? Era una pregunta que, en pleno Siglo XXI, aún permanece entre incógnita, pues además de predecir la manera en cómo iba a morir, mencionando que sería en la calle, también adivinó los sucesos que acompañaron su desafortunado desenlace. Esto sólo podía significar que el doctor de origen antioqueño tenía una estrecha relación con un ser supremo que, en el caso de la religión católica, se trata de Dios.

De esa manera lo entendieron los habitantes del municipio y poblaciones cercanas, pues, tal como Doña Gladys recuerda haber escuchado de su padre, en los pueblos aledaños se enteraron de la muerte de tan insigne personaje por la profecía cumplida. Ésta tampoco dudó al testificar que el Doctor Ulpiano Calle “no alcanzó a ser santo ni nada pero era un siervo de Dios” y que, por ende, debía ser venerado por haber vivido bajo los mandamientos del ser divino.

Ese tampoco es el final del misterio. Según datos arrojados por la NASA, donde explican el suceso de manera técnica, el eclipse total de sol ocurrió el 3 de febrero del año 1916, es decir, un día después de la fecha en que data la muerte del Doctor Calle. Pese a esto, los que han crecido a la par con la historia declaran, fervorosos, que aquel día, justo ese que con dificultad se puede leer en la parte superior de la bóveda, que la tierra se oscureció tanto, que perfectamente la mañana se confundió con la más oscura de las noches.

“[El Doctor Calle] no alcanzó a ser santo ni nada pero era un siervo de Dios”

Gladys De Los Reyes, habitante del municipio.

LA BÓVEDA

Ubicado en una de las tantas calles en forma de “Y” de Sabanalarga, el sitio podría ser identificado gracias a un arco que dejaba visible la palabra Parque Cementerio, encontrado en la entrada de éste. Alrededor, el panorama no podía ser más paradójico: por un lado, los habitantes del sector ocupaban las bancas para jugar dominó, riendo a carcajadas y vociferando palabras obscenas propias de la jerga costeña, mientras que en sentido opuesto, se vislumbraba la construcción de un parque para niños que se erguía majestuoso y colorido al lado de uno de los lugares más sombríos que pueda existir.

Dentro del camposanto, el abrebocas poseía un mural tintado de colores azul, blanco y negro con frases alusivas a la vida eterna, logrando un contraste amargo con lo fúnebre que era el resto de aquella última morada. Con un aspecto lúgubre, pero ajetreado al mismo tiempo, pues hombres en harapos viejos y manchados de cemento caminaban de un lado a otro con tanques de este elemento en sus hombros. Sus pasos guiaron el encuentro hacia aquella bóveda legendaria: el lugar donde aún reposan los restos del Doctor Manuel Ulpiano Calle.

La arquitectura de ésta es sin igual. Parece una pequeña casa con puerta angosta, adornada con flores artificiales de color fucsia y amarillo, y cuya coloración principal seguramente se acercaba más al blanco hueso que la tonalidad crema que se podía percibir debido a los años que percuidieron las paredes. La entrada estaba reforzada con una malla de alambre que la cubría de principio a fin, y una lámina de zinc que reforzaba la seguridad que se pretendía con la red.

Pero esta ya había sido quebrantado, pues en ésta se podía apreciar una abertura en forma de círculo, donde cabía perfectamente el puño de un adulto, que por fortuna permitía una mejor vista de lo que se encontraba en el interior del mausoleo. En los lados externos de la bóveda se podían apreciar dos ventanas con rejas negras, cortinas de tonalidad blanquecina y vidrio con barrotes de refuerzo. Frente, cubriendo la pared que era visible para cualquier visitante, también tenía una cortina del mismo color, que era opacada por la imagen escultural del Cristo crucificado en la cruz.

Lo que más llamaba la atención de la bóveda era el pequeño pero colorido vitral que ilustraba, para los visitantes, el brutal asesinato del Doctor Calle. En éste, él se encuentra representado como un alma blanca, sin mancha alguna, quien hasta en sus últimos momentos se dedicó a curar las aflicciones de quienes lo necesitaran. El malvado, perverso personaje que actuó cegado por la ira, se vislumbra la silueta de un hombre que, con una mano de pilón, tomaba impulso para golpear al médico. Un golpe fuerte en su cabeza que lo sentenció a la vida eterna.

Pero no era el único que se podía observar en la última morada del ilustre doctor. En ambos costados también se lograban advertir dos coloridos vitrales de igual tamaño, cuya función era la de bosquejar la imagen del Doctor Calle, es decir, su apariencia física. O por lo menos como era retratado por el imaginario colectivo de la población.

Al ser su habitual vestimenta compuesta de un sombrero y mochila típicamente costeña, era de esperarse que los milagritos que feligreses ofrecían fueran representaciones de estas prendas a menor escala. Unos cuantos de estos exvotos, palabra utilizada para designar a las ofrendas religiosas, se encontraban colgadas junto al Cristo crucificado, mientras otras yacían en la mesa que sostenía las imágenes de La Dolorosa y San Juan. Podría pensarse que dichas imágenes alcanzarían para simbolizar el duelo y sufrimiento de una madre y un hermano de San Calle, pero asegura Gladys De Los Reyes, que en Sabanalarga “él era solo”.

Desde lejos, la bóveda parecía un quiosco. Dos columnas a cada lado se erguían para sostener las láminas de lata que improvisaban el techo. El piso estaba cubierto por baldosas que le daban el aspecto de ser un pequeño lugar de reunión, conjetura que no está tan fuera de la realidad pues cada veintitrés de todos los meses, los familiares de Felipa San Juan de Ortiz, mujer relevante en la declaración como santo de Manuel Ulpiano Calle, visitaban la tumba. O eso era lo que se decía en el pueblo.

LAS HERMANAS DE SAN CALLE

Los milagros que por intercesión de San Calle eran otorgados a la población sabanalarguera seguían en aumento. Su agua era asediada por todos quienes, en busca de alivio, la frotaban en sus cuerpos, se bañaba y limpiaban para sanar alguna dolencia en específico. La historia se hizo tan popular que personas provenientes de la ciudad capital del Departamento del Atlántico, Barranquilla, comenzaron a arribar al pueblo buscando solución a sus problemas de salud. Una de estas, la responsable del comienzo de aquel  movimiento, fue Felipa San Juan de Ortiz.

Cuenta la tradición que La Niña Fela, como popularmente era llamada por los pobladores del municipio, recibió algún tipo de sanación por parte del Doctor Calle. Como acción de gracias por el favor recibido, Felipa fundó una asociación en la cual veneraban, cual santo, a Manuel Ulpiano Calle. Doña Gladys De Los Reyes fue una de las tantas señoras que acompañó a la mujer en la travesía de la llamada congregación Las Hermanas de San Calle, y aún recuerda cómo era la rutina todos los viernes: “nos reuníamos en el cementerio, celebrábamos una misa, después repartían estampas y hacían un tanque de agua de panela, el que repartían acompañado de pan”, mismo que bendecía el sacerdote de turno y las personas lo guardaba como pan bendito.

Como toda buena congregación, La Niña Fela se encargó de realizar pequeñas estatuas con la silueta del Doctor Calle. Una que quizás no se parezca al hombre que veneraba, pues esta imagen era más bien una representación caricaturesca del santo sabanalarguero. También mandó a imprimir varios novenarios que repartía en sus intervenciones, todos los viernes del mes, una vez se hacía oración hacia Ulpiano Calle donde pedían su intercesión hacia Dios por los problemas, sobre todo de salud, que aquejaban a las Hermanitas. Estos tesoros los guarda muy bien Doña Gladys, quien parece ser la única en el pueblo que tiene dichas reliquias. Las presta, pero con mucho recelo, pues en el fondo es también uno de los pocos recuerdos que tiene de su padre recientemente fallecido.

De esa congregación unida y fervorosa solo quedan las cenizas de lo que algún día fue. Luego de la muerte de su fundadora, la supuesta devoción que tenían por San Calle se fue desvaneciendo hasta quedar reducida en nada. Aunque Doña Gladys asegure que los días 23 de cada mes los descendientes de la familia de Felipa San Juan aún siguen reuniéndose en las instalaciones del cementerio municipal de Sabanalarga, lo cierto es que no ocurre de tal forma. Los encargados del camposanto afirman que a dicha tumba no ha llegado nadie desde hace mucho tiempo, hecho que es probable pues la bóveda resulta muy polvorienta a simple vista.

Sin embargo, acota Xavier Ávila, quien pertenece al Centro Histórico de Sabanalarga, que la de San Calle hace parte de un grupo de tumbas que cada Día de los Fieles Difuntos, es decir el 2 de noviembre de todos los años, son muy concurridas por los pobladores. Pese a no tener descendencia viva “son tumbas que tienen velas, que tienen flores, que tienen monedas” por la acogida que las personas tienen del ilustre personaje y su leyenda como uno de los más bondadosos seres que pisaron el territorio.

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