USIACURÍ
EL POZO DE CHACANITA
“Cuenta la leyenda que al cabo de unas fechas, Chacanita logró recuperar su visión en su totalidad, pues donde ésta lavaba su rostro era una fuente de agua medicinal”.
En medio de la maleza que decoraba la llanura de Tierradentro, un grupo de aborígenes provenientes de Cipagua, pueblo ya extinto del actual departamento del Atlántico, arribaron al territorio que hoy se conoce como Usiacurí. Hombres y mujeres en conjunto iban derribando la maleza de aquella tierra virgen con sus macanas, una especie de machetes que ellos mismos fabricaban. En dicha expedición se encontraba la princesa Chacanita, la hija del cacique Curí quien, sin importar su posición en la escala social de la tribu, debía —a la par de todos—cortar las hierbas para formar un camino que les permitiera llegar hasta una zona donde asentarse.
Pero, para Chacanita, aquel viaje significó más que un sitio nuevo para explorar.
ESCUCHE AQUÍ LA HISTORIA “EL POZO MINERAL”.
Usiacurí es probablemente el municipio más pintoresco del departamento. Apodado como El Pesebre del Atlántico debido a su topografía compuesta por elevaciones, es un pueblo de artesanos donde utilizan la palma de iraca para tejer carteras, monederos, sombreros y un sinfín de artefactos que tienen como finalidad la búsqueda del sustento diario.
Éste es un lugar donde, de manera literal, se respira calma, pues desde el año 2016 no presentan una muerte por hecho violento en su territorio. Según sus pobladores, es la hermandad existente entre ellos una de las claves para mantener fuera de su entorno problemas comunes en otros sitios como robos, atracos e incluso asesinatos.
Desde la Iglesia Santo Domingo de Guzmán, uno de los puntos más elevados del municipio, es visible casi toda la parte frontal de Usiacurí, especialmente lugares específicos como el cementerio municipal, no muy concurrido, y por supuesto la ubicación del antiguo Arroyo Higuerón. Ese fue el nombre original de la corriente que años posteriores los habitantes le asignaron el nombre de Arroyo Pueblo.
De aquella fuente de abundante agua solo queda una gran abertura de tierra donde, ocasionalmente, corre un riachuelo. A su alrededor se podían apreciar árboles de distintas clases que se mecían al vaivén del viento. Es allí donde, según la tradición oral, nacieron los primeros pozos de aguas mineromedicinales. Aquellos que fueron utilizados durante muchos años por usiacureños y visitantes para curar enfermedades.
Durante toda su vida, el ser humano experimenta distintos tipos de afecciones que varían dependiendo del órgano afectado, los síntomas, las causas y las posibles consecuencias que puedan generar en el organismo del individuo. A su vez, históricamente, el hombre ha ido en búsqueda de la cura para dichas enfermedades, siendo una de las primeras opciones el uso de las bondades que brinda la naturaleza como plantas medicinales. Sin embargo, con el avance de la ciencia y sus descubrimientos en materia de salud, las soluciones que brinda la Madre Tierra han quedado desplazadas, relegando ésta a un papel antagónico.
En Usiacurí ocurrió todo lo contrario. Cuando la medicina decía “no”, sus aguas estaban siempre prestas para curar a cualquiera que tuviera desde la más simple gripe hasta el cáncer terminal. Allí estaban dispuestos una serie de balnearios, lugares dedicados a la curación de enfermedades a través del agua, donde personas provenientes de sitios muy remotos asistían para buscar el alivio de sus padecimientos, mismos que la ciencia no pudo erradicar. Pero esto no sucedía única y exclusivamente en el municipio atlanticense.
Contrario a lo que se podía pensar, la práctica de curaciones con aguas mineromedicinales es tan antigua como el fluido mismo. La afinidad que se tiene con el líquido y las creencias religiosas, específicamente por parte de los aborígenes quienes usualmente lo relacionaban con divinidades, lo convierte en un elemento importante al momento de buscar algún tipo de sanación. Sin embargo, habría que remontarse a las narraciones de la Antigua Roma para comprender la relevancia que tiene el agua para los actos curativos.
El Médico Cirujano César Esmeral, es su texto “Las aguas minerales medicinales y su proyección en el Caribe”, narra la historia de Plutarco y Catón, político romano, donde el segundo compró manantiales de aguas térmicas pues éstas eran mucho más productivas que los campos de cultivos. Además, explica que “el tratamiento que se seguía con los enfermos apenas difiere del de nuestros días: empleaban las aguas en la bebida, en el baño y en forma de duchas”. Pero, ¿qué hace que éstas y otras fuentes de aguas minerales medicinales sean tan propicias para el tratamiento de dolencias en el ser humano? ¿De dónde surgen o cuál es su formación exacta? La respuesta se encuentra en su composición.
Siguiendo en el texto, Esmeral clarifica la definición de aguas minerales alegando que dicha noción se encuentra representada “por dos elementos, uno químico, que se refiere a su composición, y otro fisiológico, que se refiere a su acción sobre el organismo”. Así mismo, esclarece que la denominación de éstas es un poco arbitral, pues el adjetivo mineral no recoge la acción terapéutica que estos fluidos ejercen en los cuerpos humanos. Para el investigador, oriundo del corregimiento de Isabel López del municipio de Sabanalarga, las aguas que poseen estas características merecen el apelativo medicamentosas y/o medicinales.
Los elementos químicos son, en gran medida, los que le atribuyen al líquido su potencial curativo. En éstas podemos encontrar sustancias como el Bicarbonato, que ayuda a la buena digestión, el Cloruro de Sodio, cuya mera presencia aumenta el metabolismo y la tensión arterial, el Sodio, el cual se encuentra en casi todas las aguas minerales y favorece la retención de agua en los tejidos, y finalmente el Litio, que ayuda como disolvente de cálculos renales.
Usiacurí fue en épocas pasadas un lugar de gran atractivo turístico por sus aguas minerales medicinales. Según cuenta en su libro el médico Esmeral “era el único centro de rehabilitación para la salud en el Caribe Colombiano”, convirtiéndose en una referencia a nivel nacional.
Los pozos son uno de los más grandes e importantes atractivos turísticos del departamento del Atlántico donde, a lo largo de los años, más un centenar de personas con problemas de salud los han visitado para hacer uso de sus facultades curativas y lograr alcanzar la sanación deseada. Los locales eran guías expertos para indicar a cuál pozo debía dirigirse la persona dependiendo de la enfermedad que portaba ya que, aunque todos tienen características casi milagrosas, se especializan en distintas afecciones o padecimientos.
En este territorio existieron alrededor de 50 pozos de aguas mineromedicinales de los cuales, afirma Alfonso Zárate, miembro de la Fundación de Responsabilidad Ambiental Balnearios de Usiacurí (FRAMBAUS), actualmente solo restan 18: 10 para el consumo humano y 8 de aguas curativas.
De estos los más nombrados son El Chorrito, que alivia el guayabo, padecimiento de todo aquel que ha bebido licor hasta más no poder experimenta al día siguiente; El Italiano, que cura los problemas renales, y La Chacanita, que es ideal para sanar las enfermedades de la vista como la conjuntivitis. Todos se encuentran repartidos en el municipio de Usiacurí, algunos de difícil acceso y otros más visibles y transitables para la población común. Precisamente, el pozo de la princesa aborígen le otorgó el nombre al barrio donde se encuentra ubicado: un lugar lleno de maleza por donde corre un riachuelo que también fue nombrado de esa manera.
HISTORIAS DE SANACIÓN
Uno de los paraderos turísticos obligatorios para hacer en el departamento del Atlántico es la Casa Museo de Julio Flórez. El poeta colombiano nacido en Boyacá vivió en el municipio atlanticense hasta el final de sus días, al cual arribó para curarse. Cuentan que era un bebedor empedernido de Ron con añejo, licor por el cual obtuvo una dispepsia estomacal que médicos de distintas partes no lograron encontrar cura alguna.
Así, en medio de su desconsuelo y múltiples vómitos de sangre, un buen amigo le comentó sobre las aguas mineromedicinales que existían en el lugar: “sí ya no te han curado ningún médico, puedes llegarte allá a Usiacurí, un caserío que tiene aguas milagrosas” le dijo siendo muy sincero al exclamar que “si esas aguas no te curan ya te cura es el cajón”.
Al escuchar de las bondades de los pozos minerales de Usiacurí, Flórez tomó rumbo para establecerse en aquel sitio y conseguir la sanación. Fueron 18 horas en mulo desde Puerto Colombia para encontrar aquella agua transparente —casi amarillenta—del pozo El Chorrito, combinado con la de El Italiano, la cura de su enfermedad. No solamente las bebía sino que se bañaba en ella, razón por la cual de manera sobrenatural, a los 2 meses de haber arribado al municipio, ya se encontraba curado.
Así como Flórez, las historias de curación se escuchan entre los calados del pueblo. Cada vez que se divisa al Cristo Rey en lo más alto de la colina este del municipio se recuerda con cariño a La Española, una señora proveniente de la Península Ibérica quien, motivada por su fe, llegó a Usiacurí para curar una afección renal. Al conseguir su sanación, regaló al municipio aquella estatua a la que hoy se le conoce como El Santo Cachón, un lugar al cual acuden parejas de pueblos cercanos para tener un poco de intimidad, siempre bajo la atenta mirada de un Jesús muy cómplice. Pero los pozos no son ahora lo que eran antes.
En la actualidad ya no se escuchan historias de recientes curaciones extraordinarias, ni arriban masivamente extranjeros al territorio. Según cuenta Bienvenido de la Hoz, un historiador oriundo del municipio, la decadencia de los pozos de aguas mineromedicinales se debió a una mala gestión de Armando Pérez quien, siendo Alcalde de dicha población el año de 1963, intentó instaurar el servicio de acueducto en Usiacurí.
“Él de verdad que lo hizo por inocencia” recalcó el usiacureño, pues asegura que Pérez “no pensó que taladrando el pozo del acueducto cerca de donde estaban las aguas minerales iba a absorberlas por completo”. En la actualidad estos sitios se encuentran en recuperación y se espera que dentro de 10 o 25 años recuperen las características que perdieron durante la gran sequía.
En el patio de Doña Luz Marina Gutierrez, separado por una cerca, se encuentran los pozos La Chacanita 1 y, en un rincón escondido, La Chacanita 2. Adornado con gallinas, perros, gallos y hasta una porqueriza con un solitario cerdo, el pedazo de tierra contrastaba con el sitio donde se encontraban las fuentes de agua medicinal, cuyo panorama estaba acompañado por distintas tonalidades del color verde debido a la maleza que crecía allí. Aunque Doña Luz Marina ha vivido más de 58 años en ese sitio, nunca ha probado —de manera consciente—el agua de La Chacanita 2 pues asegura que su color similar al hierro no la hace muy atractiva para el consumo humano.
Precisamente características como el olor, color y sabor son las que hacen que las aguas mineromedicinales de Usiacurí sean tan peculiares. En el libro Las aguas minerales medicinales y su proyección en el Caribe, del médico César Esmeral, se ilustra que, dependiendo de qué elementos contenga el agua, así serán sus propiedades o aspecto físico.
Por eso no era de sorprender que, para la época donde el ex alcalde Armando Pérez taladró cerca de los pozos, el agua de la pluma de la cual los habitantes del municipio obtenían para su consumo tuviera diferentes tonalidades y sabores singulares. Con el pasar de los años, las personas se habituaron tanto a estos componentes que, incluso en la actualidad, aquellos que crecieron en medio de esto prefieren dirigirse a los pozos para consumir de las aguas medicinales.
Dichas fuentes minerales fueron analizadas por la comunidad científica para respaldar sus facultades curativas, pero esclarecieron que, aunque son beneficiosas para los seres humanos, no deben ser consumidas muy seguido pues su resultado no sería tan satisfactorio en el organismo. De estos estudios realizados en el siglo XXI, el último data del año 2011 donde, según Bienvenido De La Hoz, se trató de un grupo de geólogos determinando si las aguas de Usiacurí aún mantenían las propiedades que presentaban en la antigüedad.
Pero ninguno ha tenido tanta trascendencia como el primero, realizado en el año 1985 Francisco Javier Cisnero, empresario cubano quien construyó el muelle de Puerto Colombia. Al encontrar similitudes con aguas minerales en Cuba, Cisneros envió unas muestras del agua de cada pozo a Estados Unidos donde se determinó que contenían elementos capaces de curar enfermedades como artritis, reumatismo, artrosis, gota, fiebre, gripe, anemia, y limpiar la sangre.
En el barrio La Chacanita todos están preocupados por las culebras que trae el arroyo más que por el tesoro que tienen en su patio. Con nostalgia aún recuerdan el relato de la mística curación de Julio Flórez, o la de Luis Pérez, aquel veterano de la Segunda Guerra Mundial que “llegó al municipio como una ese” por una bala que impactó en su cuerpo.
Tal y como afirma Alfonso Zárate, “Usiacurí quedó en nada” después de la gran sequía, hasta hace 13 años que finalmente obtuvieron el acueducto, sellando definitivamente el pozo que ocasionó el problema. Pero ya no se vende el agua como anteriormente se hacía pues, al no poseer el color, olor y sabor que decían que presentaban en un principio, no han despertado la misma confianza de aquellos que visitan el lugar.
Son justamente estas aguas el porqué del poblamiento de Usiacurí. Durante milenios los seres humanos han buscado asentarse cerca de las fuentes hídricas para satisfacer sus necesidades, beber el líquido, cocinar sus alimentos y demás quehaceres. Son estos reservorios el motivo por el cual los aborígenes poblaron la zona, y luego los españoles decidieron continuar su asentamiento allí. Paradójicamente la razón de ser de Usiacurí hoy está en cuidados intensivos.
Las cartas de Cisneros a Urueta fueron obtenidas del libro “Las aguas minerales y su proyección en el Caribe” del médico cirujano César Esmeral.


