Por: María Camila Paternina Vallejo
En la actualidad, Colombia es el tercer país con mayor desigualdad en el planeta. Según el Banco Mundial, en una escala de 0 a 100, de acuerdo con el índice de Gini, el porcentaje del país es de 54,8.
Este porcentaje se traduce en la falta de acceso a educación, salud, empleo digno y otros recursos básicos, lo que afecta a los grupos más vulnerables de la sociedad. Son aspectos que potencian la alta informalidad en el mercado laboral colombiano y reflejan la incapacidad histórica del Estado para prestar servicios públicos de calidad y salvaguardar la integridad de todos los colombianos.
Somos un país lo suficientemente desigual como para caer en el absurdo juego de ponderar el valor de una vida en comparación a otra.
En las redes sociales se ha intensificado una serie de comentarios que hacen alusión a que el magnicidio del senador Miguel Uribe Turbay no “debería” conmover al país, por sus ideologías de derecha y su defensa al porte de armas.
Uno de los argumentos que busca validar esta narrativa es el uso de una fuerte declaración que emitió el senador hace algunos años respecto al caso del joven Dilan Cruz, quien perdió la vida en el Paro Nacional del 2021 a manos de un agente del ESMAD. En aquella ocasión, el senador desestimó la importancia del homicidio, afirmando que era una muerte que solo conmovía a los de “su clase”. Irónicamente, una parte del país hoy dice: “que se conduelan los de su clase”.
Este pensamiento lo han compartido figuras públicas, gente del común, partidos políticos, etc. Y, al parecer, nadie se ha detenido a hacerse los siguientes interrogantes:
¿Estas declaraciones no son acaso un ciclo repetitivo de normalización de la violencia? ¿Es justo que Miguel Uribe fuera asesinado por sus declaraciones, y también justo que Dilan fuera asesinado por su manifestación? ¿En algo contribuyó al desarrollo del país la invisibilización del dolor que generaron ambas muertes? ¿No nos invitan ambas situaciones a reflexionar sobre el agonizante momento que vive nuestra sociedad, precisamente porque se trata de dos personas que pensaban distinto?
El derecho a la vida no se pondera por ser parte del lado “democrático” del país, o del que defiende la “potencia de vida”. Y no hay que ser uribista, petrista, de derecha o de izquierda para saberlo. Basta con ser humano.
Históricamente nos hemos acostumbrado a que Colombia sea un país dividido en bandos: federalistas o centralistas; liberales o conservadores; derecha o izquierda; fútbol o béisbol; uribismo o petrismo; castrochavismo o capitalismo. Lo único que ha cambiado son los años y el nombre de los lados. Aún continúa siendo difícil para los colombianos comprender que la confrontación debe dirigirse hacia las ideas, no hacia las personas.
Como sociedad que profesa la dignidad humana y el respeto, no puede seguir siendo un tema de conversación que nos duela más la pérdida “de nuestro lado” que la del otro. Sea una masacre, un asesinato o un magnicidio, estos sucesos deben ser igualmente indignos y rechazados, porque son hechos en contra de la naturaleza humana. Por encima de la condición humana no puede ni debe estar ningún ideal.
No tiene sentido pensar que colocar bandos nos jala de algún modo hacia el bien común. Más bien, esta práctica ha empobrecido la capacidad de asumir posiciones críticas serias y ha disminuido la oportunidad de construir país desde la equidad.
Es hora de aceptar que es válido condolerse por las 94.754 víctimas civiles del conflicto armado a manos de los grupos paramilitares, como también rechazar los 9.804 agentes del Estado dados de baja en combate. Se vale exigir el cese al fuego en el Catatumbo, como también exigir justicia por los falsos positivos sin resolver.
No se debe seguir validando que este tipo de situaciones se conviertan en un vehículo de polarización política agresiva, ni deben ser argumentos para la elección de un partido político. Estos antecedentes no son cuantificables ni ponderables; no responden a un color ni a una figura pública. En estos escenarios estamos hablando de vidas humanas igualmente valiosas, que fueron cobradas a causa de ideales extremistas. Y el acto de valorar ideologías basadas en narrativas resentidas es defender la violencia y actuar en favor de un ciclo de venganza infinito.