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Por: Joshua D. Cruz

“El sol oculta su sombra,

Y tú resplandor concibe su luz,

Eres locura, tu mayor virtud.

Qué a la vez, es tu maldición.

Eres ceniza, memoria y tradición,

Como brillo, ruido y desazón.

Bailas con tambores, madre de tu sucesor.

Que unirá continentes,

Y embriagará a tu población.”

La Guacherna 2026 no se anunció con fuegos artificiales ni discursos solemnes. Empezó, como casi todo en Barranquilla, con calles cerradas, ruido acumulándose y una ciudad que entendió que esa noche no iba a dormir. El sol escondió su luz para darle lugar al resplandor del Carnaval, pero el clima fue solo el telón de fondo: lo importante fue lo que pasó en la calle.

El desfile inició en la calle 70 con carrera 44, bajo un cielo nublado y una brisa suave que alivió por momentos el calor humano. Desde horas antes, el cierre de vías convirtió la zona en un embudo. El trancón fue la primera prueba de paciencia. En aplicaciones de transporte, los precios subieron hasta los $60.000 pesos, según usuarios consultados, haciendo que llegar a la Guacherna costara más que quedarse atrapado en el tráfico.

Ese colapso urbano dio paso a la economía informal del Carnaval. A lo largo de la carrera 44 aparecieron avisos improvisados: baños, cervezas frías, fritos, espuma. Usar un baño costaba alrededor de $1.000 pesos, una cerveza $5.000, un plato de comida callejera entre $6.000 y $15.000, y una lata de espuma a $7.000. La maizena comenzó a mezclarse con la espuma y el olor a comida con el de la cerveza y la marihuana, creando una atmósfera densa que anunciaba que la fiesta ya no era expectativa, sino realidad.

Mientras tanto, la ciudad se organizó en niveles. Desde balcones, terrazas y ventanas, familias enteras observaban el desfile como quien mira un río crecido. En los árboles, jóvenes se subieron a las ramas para ganar altura: los llamados “niños mango”, colgados del tronco y de la costumbre. Abajo, la calle era de quienes decidieron vivir la Guacherna sin intermediarios.

El desfile avanzó con su mezcla habitual de tradición y espectáculo. Pasaron comparsas, disfraces y los reyes del Carnaval de los niños, que por unos minutos devolvieron la ilusión de una Guacherna pensada para todos. Sin embargo, la postal cambió rápido. Entre los tambores comenzaron a aparecer pancartas políticas: rostros de aspirantes al Congreso y a la Presidencia. En varias casas de la carrera 44, las fachadas también estaban cubiertas con propaganda electoral, reflejando una realidad ineludible: Carnaval en tiempos de elecciones.

Joshua D. Cruz. 6 de febrero del 2026 / El Punto

La fiesta se convirtió en tarima y la calle en vitrina. El espectáculo se pintó no solo de colores festivos, sino también de ideologías. El candidato presidencial Abelardo De La Espriella hizo presencia en la Guacherna del 6 de febrero para acompañar a sus simpatizantes en medio de un ambiente de alta polarización política. Sin embargo, así como fue recibido, también fue abucheado y “boleteado”, con objetos lanzados en señal de rechazo. La Guacherna demostró no ser solo un espacio de cultura y celebración, sino también el motor de la carroza más infame y boleta de todas: la política.

A la par de ese cruce entre la política gris y la cultura colorida, la relación con la autoridad se volvió parte del espectáculo. “Yo a todos ustedes me los culeo”, le gritó un asistente a un policía en uno de los puntos de control. La respuesta fue silenciosa, pero no indiferente. La noche guachernera se vacila y se mama gallo… hasta con la ley. El control existía, pero se negociaba.

En ese mismo escenario aparecieron los excesos más visibles: menores de edad fumando y consumiendo licor sin restricción, esquinas convertidas en baños públicos y hombres tirados en el suelo, vencidos por el alcohol antes de que terminara el desfile. Mientras los adultos duermen, los niños juegan: corrían alrededor de los cuerpos caídos como si esa imagen hiciera parte del paisaje habitual del Carnaval.

El riesgo también tomó forma. Mototaxis circularon saturados, con cuatro y hasta seis personas encima, atravesando la multitud. En medio del recorrido, un hombre disfrazado de Ghostface, montado en un monopatín, estuvo a punto de atropellar a una mujer de aproximadamente 50 años. El susto se diluyó entre risas nerviosas y empujones. Todo hacía parte del espectáculo guachernero: el desorden se vuelve orden y lo surreal se vuelve cotidianidad.

La inseguridad, sin embargo, no pasó desapercibida. En uno de los tramos del desfile, en el sector de la carrera 21 con calle 59, un presunto ladrón fue linchado por la multitud tras intentar robarle el celular a un ciudadano. Los gritos no detuvieron la música. El desfile avanzó, dejando atrás el episodio como si la fiesta tuviera la capacidad de cubrirlo todo.

Al cierre de la noche, según cifras preliminares de la Policía Metropolitana, se registraron cero homicidios, 30 personas capturadas, tres armas de fuego decomisadas y un estimado de 550.000 asistentes, marcando un récord histórico de participación. Por otro lado, la Feria Emprende del Carnaval reportó ventas superiores a los 27 millones de pesos. Datos que reflejan las múltiples facetas y el balance real de la Guacherna.

La fría noche terminó de sellar el inicio de la festividad que enorgullece a la Costa. Barranquilla volvió a confirmarlo: el Carnaval no se ordena, no se limpia, no se resume en una postal. Se vive, con todo lo que eso implica.

Comunicador social y periodista (2023-2027), Editor de la sección "Actualidad" para el medio digital estudiantil "El Punto" y editor de Economía y Política por parte de "El Atlanticense"

roadj@uninorte.edu.co

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