Por Ana Sofia Mercado Wedefor y Natalia Suárez Moreno/Foto tomada por Natalia Suárez Moreno
Martín Mestre es un padre que ha dedicado los últimos 30 años a la búsqueda de justicia tras el asesinato de su hija, Nancy Mestre, ocurrido el 31 de diciembre de 1993. Desde entonces, su vida quedó marcada no solo por el proceso judicial contra Jaime Saade, responsable del asesinato y quien permaneció prófugo durante años, sino también por un profundo proceso personal de duelo, resistencia y firmeza.
Durante estas tres décadas, mantuvo la determinación y no permitió que el caso cayera en el olvido. Con el paso del tiempo, entendió que el odio no lo llevaría lejos y transformó la ira en persistencia. La derrota no fue una posibilidad que contemplara. A pesar de las demoras y los obstáculos, siempre tuvo claro que no abandonaría el proceso.
En esta entrevista concedida a El Punto, Mestre habla sobre cómo estos años impactaron su vida, el papel que tuvo la exposición pública, la actuación de las autoridades y la manera en que el deseo de hacer justicia le dio la fuerza para no permitir la impunidad. Más que reconstruir el caso, esta conversación se centra en el hombre que atravesó el proceso, en las huellas que dejó en su vida y en su legado a la sociedad, incluyendo la creación de la Ley Nancy Mariana Mestre, una iniciativa para que los casos de feminicidio no prescriban y que ninguna víctima quede en el olvido.
—Durante todos estos años de lucha por la justicia, marcados por momentos de frustración, esperanza y resistencia, ¿hubo un punto específico en el que usted sintió que su fe o sus creencias cambiaron de manera profunda? ¿Cómo vivió ese proceso interior?
“Yo siempre, para serte franco, me dediqué a buscar y nunca contemplé la derrota. Tenía la fe de que lo iba a encontrar. Soy muy devoto, muy creyente en Dios y en la Virgen, y le pedí que se hiciera su voluntad, no que lo capturaran. Una cosa es lo que uno quiere y otra lo que quiere Dios, y Él quiso que lo capturaran. Yo, sinceramente, nunca pensé que iba a fracasar. Iba paso a paso, buscando y esperando, aunque tenía la espada de Damocles de la prescripción sobre mi cabeza; si prescribía, todo se venía abajo. Mi idea era traerlo preso aquí, y eso fue lo que logré, gracias a Dios”.
—Cuando mira hacia atrás y repasa todo lo ocurrido, ¿qué parte de la historia de su hija le resulta más difícil de recordar o narrar públicamente y por qué considera que esa parte sigue siendo tan sensible?
“Yo miro para atrás, volteo, y a veces digo que eso no pasó. Los 30 años pasaron tan rápido para mí, porque andaba pendiente de muchas cosas. Vivía poniendo grabadoras en los barrios y trabajando en mi arquitectura, en mi oficina. Y yo, sinceramente, miro para atrás y digo: no pasó… Pero sí pasó. ¿En qué momento pasó? Hago un recuento, como hicimos ahora, y, ¿cómo te digo?, a veces me parece una mentira que haya sucedido, pero sucedió”.

décadas de lucha y búsqueda de justicia por su hija Nancy, recordando a la joven cuya vida fue arrebatada y el camino que lo llevó a convertir su dolor en fuerza y acción.
Foto tomada por Natalia Suárez
—Después de más de tres décadas enfrentando el dolor, los procesos legales y la exposición pública, ¿hay algo que usted descubrió sobre sí mismo sobre su fortaleza, sus límites o su carácter que nunca imaginó conocer?
“Yo creo que soy una persona normal. Muchos dicen que soy un héroe, pero yo no me considero héroe. Lo que sí digo es que me dio fuerza el deseo de hacer justicia por mi hija. Es inaudito que todo lo que a ella le hicieron, todas las cosas horribles que ustedes también conocen, vaya a quedar impune.
La fuerza me la dio ese deseo de hacer justicia, tanto que algunas personas me llaman para que los ayude. Pero yo no… ¿cómo puedo ayudar a otra persona? No soy detective, no soy policía. Si acaso los atiendo y les doy alguna idea, pero nada más.
En el Congreso, a través de un congresista, estamos proponiendo una ley con el nombre de ella, la Ley Nancy Mariana Mestre, para que el feminicidio no prescriba. Que no le pase a otra persona lo que me pasó a mí: que el responsable se esconda esperando la prescripción para después salir libre como si nada. Que no prescriba, porque, donde esté, se pueda buscar en cualquier momento.
Yo mismo fui con mi abogado y con Juan Guillermo Mercado al Congreso. Algunos congresistas me acompañaron y me aplaudieron ese día. Yo me sentía pequeño, porque a mí no me gusta eso… Se tomaban fotos conmigo, como si fuera alguien de la pantalla”.
—Si su vida no hubiera estado marcada por la búsqueda de justicia para su hija, ¿cómo cree que habría sido su camino personal y profesional? ¿Piensa que sería una persona distinta a la que es hoy?
“No. Yo siempre he sido igual. En las buenas y en las malas he sido igual siempre. He tenido contratos; dinero no he tenido, pero sí buenos contratos. También he quebrado muchas veces: tuve una fábrica de gaseosas y quedé en Magangué con la gaseosa; Postobón me sacó. Y siempre he sido igual, tanto en las buenas como en las malas. Mi temperamento siempre es igual, horizontal. Para mí, todo el mundo es igual y vale por lo que es, no por lo que tiene. O sea, yo diría que supe combinar el dolor con mi trabajo”.
—Este proceso no solo transforma a quien lo vive, sino también a su entorno. ¿De qué manera esta experiencia ha influido en su forma de relacionarse con su familia, sus amistades y la sociedad en general?
“No sé desde qué punto. Mi familia se reventó porque mi esposa se fue para España y nos divorciamos. Lina es mi segunda esposa. La quiero bastante. Se ha portado bien conmigo, como si fuera la única. Pero yo me quedé solo, viviendo en la casa, y tenía un empleado que era como mi mayordomo, que me atendía. También tenía una muchacha que cocinaba, y así duré tres años solo en la casa. Pero todo siguió igual, porque yo ni oficina tenía, y todo sigue igual. La verdad es que no me afectó mucho la huida y desbandada de mi esposa. Ella se casó allá; ya como que tenía su hombre aquí. Yo respeto eso. Ella se olvidó de todo, pero yo siempre le mandaba copias para que supiera y estuviera al tanto como mamá. La mamá es algo especial para ustedes con sus hijos, y yo respeto mucho eso. Entonces yo siempre la mantuve al tanto de todo. Al principio yo no quería revivir eso tampoco. Entonces… mi vida ha sido igual siempre”.
—Muchos padres que atraviesan situaciones similares intentan transformar el dolor en acciones que generen cambios. A partir de todo lo que usted ha aprendido en este camino, ¿ha pensado en impulsar alguna iniciativa social, educativa o legal que contribuya a la memoria y a la prevención?
“Sí, eso aplica a lo de la ley (Nancy Mariana Mestre), pero si en realidad alguien me busca, buscando un consejo, yo se lo doy. Yo digo que no tengo conocimiento de inteligencia como para hacer una agencia de inteligencia. Si alguien me pregunta algo, yo respondo: no, a esto, a esto; si se puede, se hace; si no, no. Y la ley… la ley es lo que sí, el buen resultado de esto en beneficio de los que no pueden hacer lo que yo hice, ¿no? O sea, los que no pueden hacer lo que yo hice, pues la ley es como respaldo: la Ley Nancy Mariana Mestre”.
—¿Usted qué le diría a Nancy ahora si ella estuviera acá?
“Ahora, ¿qué le diría? Que la quiero todavía igual. La quiero igual, que la adoro. Ya me hubiera hecho abuelo, ya tendría 50 años, estaría abuelo, de pronto hasta bisabuelo”.
—En un país donde a veces la memoria se diluye con el paso del tiempo, ¿qué mensaje considera fundamental transmitirles a las nuevas generaciones sobre la importancia de la justicia y la memoria de las víctimas?
“Sí, porque primero que todo, no permitir que el caso se olvide. Si el caso se olvida, se diluye la justicia, ¿no? Uno tiene que ayudar a las autoridades, porque ellos tienen tantas cosas que hacer que uno tiene que colaborar, en el sentido de darles información. No esperar que ellos hagan todo, porque no lo hacen. De ahí que muchos contratan investigadores privados también, pero yo no tenía plata para eso, así que me puse yo mismo allí”.
—Si pudiera volver al momento en que perdió a su hija, sabiendo todo lo que hoy sabe y todo lo que ha vivido desde entonces, ¿qué le diría a ese Martín de hace 30 años?
“Es difícil, porque si no hubiera pasado, yo no hubiera aprendido lo que he aprendido, ¿no? Uno no está diseñado para esas cosas, no está diseñado para, como padre, ayudar a los hijos de la mejor manera que uno cree, con errores o sin errores. Pero sí, yo diría que no sabría qué decirle, porque no tenía el conocimiento que tengo ahora. Inclusive, yo vine a saber que había que poner una denuncia hasta los tres o cuatro días después, porque yo estaba pendiente de mi hija. Y llegó una vez un periodista, no sé de qué medio era, de El Caribe o de El Heraldo en ese momento. ‘¿Usted qué dice?’, me preguntó, y yo les dije que rezaran por mi hija”.