Por: Javier Franco Altamar
Además de hacer parte de la historia de la música, genios como Celio González, Raphael, Rolando Laserie, Alex Lora, Diomedes Díaz, Tommy Olivencia, Daniel Altamirano, Toño Rosario y ‘la gran señora’ Jenni Rivera comparten el hecho de que, en algún momento de su canto, invocaron el pasaje de la mujer adúltera con Jesús de Nazareth.
La lista es más larga en realidad, pero nada más con estos ejemplos, salta a la vista el hondo calado de este pasaje que ha llegado vivo e intenso hasta nuestro siglo. Debe ser por su potencia metafórica en el llamado a la cordura al momento de juzgar a los demás. Y no es para menos: si el propio Jesús no lo hizo, mucho menos estamos nosotros -mortales comunes y corrientes- calificados para hacerlo.
Para empezar, recordemos el pasaje. Está en el Evangelio de Juan, capítulo 8, va desde el versículo 1 hasta el 11, y se desarrolla así:
Y Jesús se fue al monte de los Olivos. Y por la mañana volvió al templo, y todo el pueblo vino a él; y sentado él, les enseñaba. Entonces, los escribas y los fariseos le trajeron una mujer sorprendida en adulterio; y poniéndola en medio, le dijeron: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el acto mismo de adulterio, y en la ley nos mandó Moisés apedrear a tales mujeres. Tú, pues, ¿qué dices?”. Mas esto decían tentándole, para poder acusarle. Pero Jesús, inclinado hacia el suelo, escribía en tierra con el dedo.
Y como insistieran en preguntarle, se enderezó y les dijo: “El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella”. E inclinándose de nuevo hacia el suelo, siguió escribiendo en tierra. Pero ellos, al oír esto, acusados por su conciencia, salían uno a uno, comenzando desde los más viejos hasta los postreros; y quedó solo Jesús, y la mujer que estaba en medio. Enderezándose Jesús, y no viendo a nadie sino a la mujer, le dijo: “Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó?” Ella dijo: “Ninguno, Señor”. Entonces Jesús le dijo: “Ni yo te condeno; vete, y no peques más”.
Mencionemos, ahora algunas de las canciones. Una es el bolero La primera piedra (1967) de Mario Cavagnaro, cuyas más recordadas versiones son la de Celio González y la de Rolando Laserie:
En este mundo cada uno ha de vivir la vida,
como le parezca mejor
Yo sé que tengo mis pecados
y por eso nunca juzgo a los demás
Tú tiras, la primera piedra
Oye, la primera piedra. Es tu maldad
Es tu maldad, es tu maldad, tu maldad.
Ahí pegadita se conoció la de Mario Selles Roig y Alfredo García Segura (1968), una balada interpretada, entre varios otros, por el español Raphael, titulada, por supuesto La primera piedra:
Sé que yo no soy perfecto, lo sé.
Y que tengo mil defectos, también,
Pero busquen por la tierra
y el que esté limpio de culpa
Lance la primera piedra.

Tommy Olivencia (1987), en su canción No tires la primera piedra, dice a ritmo de salsa:
No me tires la primera piedra
No me culpes de tu soledad
Me olvidaste yo quise olvidarte
Y olvidamos la felicidad.
No me tires la primera piedra
No me juzgues si a otra yo ame
Si hubo culpa la tuvo el destino
No preguntes por quien ni por qué
En 1998, a ritmo de vallenato, Diomedes Díaz le da voz a una composición de Fabián Corrales titulada Tira la primera piedra:
Llegue borracho,
o llegue bueno,
siempre me estás juzgando mal
Con la misma historia ya me estoy cansando
Ya no sé cómo explicar pa’ que me entiendas
Si tienes tu vida limpia de pecado
Tira, tira la primera piedra

Podríamos avanzar con las de Daniel Altamirano, Toño Rosario y Jenni Rivera, pero la idea va a continuar en la misma línea: se cuestiona la acción de juzgar al otro, de dictaminar que ha cometido un error, pero haciéndolo desde una perspectiva ilusoria, con pretensiones de limpieza, alejada de toda posibilidad de equivocarse, cuando esto último es, por lo menos, arrogante.
Dicho de otra forma, todos somos pecadores en el sentido de que en algún momento hemos ignorado o desatendido la normativa moral de nuestros preceptos religiosos. O, si lo prefieren, nos hemos equivocado con todo lo que eso implica en consecuencias negativas para los demás y nosotros mismos. Si eso es así, ¿con qué autoridad moral viene el otro a cuestionarme si ambos somos transgresores?
A manera de reflexión específica, podría decirse que en la canción de Celio y Rolando, la expresión funciona como reproche ético y social; mientras que en la de Diomedes Díaz, se traslada al conflicto de pareja y a la vida cotidiana, operando como una acusación directa contra quien juzga desde una supuesta superioridad moral.
En todo caso, la primera piedra funciona como núcleo simbólico: no es solo una frase hecha, sino un dispositivo ético y narrativo que permite denunciar la hipocresía, el juicio social y la doble moral. Y a la luz de cada una de esas letras, nadie tiene licencia para tirar la primera acusación, ni la primera ni las demás. El único sería Dios. Y en ese sentido, acierta Diomedes en algún momento de su canto cuando advierte:
El que juzgue está mirando para abajo.
Tú te crees con la razón y me condenas.
Si tienes tu vida limpia de pecado
Tira, tira la primera piedra
Es el mismo sentido de uno de los mensajes incorporados en la famosa canción de Omar Alfanno El gran varón interpretada por el salsero Willie Colón, y que ya hemos examinado en un artículo anterior:
Hay que tener compasión,
basta ya de moraleja.
En que esté libre de pecado,
que tire la primera piedra.

Por supuesto que nadie lo hará porque nadie está libre de pecado, y esa fue la estocada de Jesús que se retoma, en un sentido u otro, en cada canción. Aunque, por supuesto, desde la hermenéutica bíblica, esta historia da para muchas otras cosas, como la de tomar al Mesías como transgresor y rebelde. O también se puede asumir como enseñanza sobre la mirada de Jesús, de su compasión, de su misericordia, del cumplimiento de su misión, despojado de cualquier vínculo directo con la justicia o la moralidad en el entorno donde ocurrió. En este sentido, este tipo de acciones (igual a la que narra el propio Jesús en la parábola del buen samaritano) se valora en tanto respuesta situacional ética incluso en contrario de la moral normativa imperante.
Por algo, el monje catalán Lluís Duch, uno de los grandes antropólogos de las últimas décadas, defendía la idea de que Dios no es un a priori conceptual sino un a posteriori ético. Esto, dicho en lenguaje de tienda, significa que no hay una imagen de Dios realmente cristiana sin aproximación al otro, sin la experiencia de convertirlo en prójimo: la respuesta concreta cristiana es la que damos a la demanda de nuestro prójimo: o próximus, que es lo mismo, pero en latín.
Como se habrá visto hasta este momento, ninguna de las canciones apunta hacia esa dimensión ética. Eso mejor se lo dejamos a filósofos como el judío Enmanuel Levinás, y el catalán Joan-Carles Mèlich. Ellos han elaborado sesudas reflexiones respecto de esta ética de la compasión, muy distante de la ética de las virtudes o de la felicidad de los griegos; el imperativo categórico de la moral kantiana; la ética del encuentro de Spinoza, o la del utilitarismo de Stuart Mill, por mencionar algunas.
En realidad, debemos tener en cuenta que se tratan de canciones a modo de relato y no de aburridas reflexiones filosóficas, aunque fíjense que hay una carga actoral en el pasaje de la mujer adúltera, toda una puesta en escena que bien valdría la pena considerar para futuras canciones. Y para eso, debemos apoyarnos en el antropólogo francés René Girard y su teoría del deseo mimético.
Para no enredarnos, partamos de la siguiente idea: los seres humanos no deseamos objetos de manera autónoma, sino que imitamos el deseo de otro, es decir, lo que desea un modelo. No sería, entonces, un mecanismo lineal, es decir de relación directa entre el deseante y lo deseado como indica el sentido común, sino un mecanismo triangular —sujeto, modelo, objeto—, el que terminamos imitando no al otro, sino su deseo.
Eso lo han entendido muy bien los publicistas: a veces ponen a un personaje destacado a hablar en favor de un producto, o le pagan para que use una prenda de vestir, un champú o un carro. Si ellos lo tienen o lo hacen -es lo que decimos- yo también voy en la jugada. De esto viene, por ejemplo, la moda, y por eso son tan importantes los llamados influencers en las estrategias publicitarias.
Imitamos de todo, sin importar que sea positivo o negativo, y es más inconsciente de lo que pensamos. Es un asunto de contagio. Así funciona la educación, pero ocurre con la risa, el llanto, los aplausos, la disposición de los desechos, el modo de hablar, la manera de conducir por las calles, las costumbres festivas, la cultura, un largo etcétera y, por supuesto, ocurre con la violencia en todas sus expresiones.
Eso también lo tenía claro Jesús. A todo aquel que sea cristiano le resulta más fácil comprenderlo porque su fe se fundamenta en que Jesucristo es hijo de Dios, y desde esa condición, es apenas lógico que él tenga bien claro esos conceptos desde el inicio de los tiempos. Y este pasaje de la mujer adúltera es uno de los más llenos de deseos miméticos.

Como ya lo hemos reproducido al comienzo, vamos a recordarlo en este momento, para observar cómo Jesús hace tres cosas muy relacionadas con la dinámica mimética:
La primera: calla y baja los ojos. Lo hace porque la mirada fija genera violencia. Prueben con quien tienen cerca en este momento. Prueben con un perro. Nadie soporta una mirada fija. En los zoológicos nos advierten no mirar fijamente ni a los grandes primates, ni a los zorros ni a lo lobos, por ejemplo, porque ellos interpretan eso como un desafío o una amenaza.
Al bajar la mirada, pues, obstaculizamos el avance de la violencia, disipamos su natural condición imitativa que – eso lo dice también la teoría- conduce a reciprocidades que crecen en espiral por un efecto de espejo multiplicador. La venganza, como puede entenderse desde aquí, es una imitación de deseos violentos. Jesús, por lo tanto, al bajar la mirada, se sale de un juego mimético brutal.
Lo segundo es que se arrodilla y escribe algo en la arena. No sabemos qué escribe, pero sea lo que sea, escribir -a diferencia del acto de hablar- introduce tiempo, pausas, entre las preguntas y las respuestas. Son pausas que también tienen el efecto de bajarle el calibre a la violencia porque se le ofrece a la otra persona -el agresor- tiempo para que se tranquilice. Es claro que una discusión, cara a cara, es mucho más violenta de lo que puede ser una a punta de palabras escritas: estas van y vienen entre pausas.
Lo tercero que hace Jesús es muy potente para darle cierre exitoso al pasaje: Sugiere que quien esté libre de pecado, arroje la primera piedra. Mi amigo Stéphane Vinolo -un francés doctor en Filosofía que enseña todo lo que sabe desde una universidad en Quito (Ecuador)- pone el acento en este detalle para nada intrascendente. Lo dijo así durante una conferencia sobre Girard en 2019:
“¿Por qué la primera piedra? Porque es la más difícil de lanzar. Bien sabemos que apenas alguien lance una, todos lo seguiremos como buenos bárbaros linchadores; pero la decisión difícil es quién va a abrir el ciclo de la violencia. Jesús sabe que, si puede detener la primera piedra, las detiene todas. Eso es una comprensión absoluta del proceso mimético”.
De manera, pues, que lo simbólico, lo significativo, de este pasaje bíblico va mucho más allá de lo que en primer plano invoca en términos del rechazo a la tendencia a juzgar a los demás. No dejemos de lado que, desde la interpretación bíblica, el pasaje funciona como un espejo en el que todos podemos vernos reflejados: pues, por un lado, podemos compartir la vergüenza y pesar del pecado de la mujer, con necesidad de perdón y de misericordia; pero por el otro, somos iguales a los escribas y fariseos, tentados a juzgar y condenar a los demás por sus pecados.
Pero en el telón de fondo de la escena, están los elementos imitativos, las dinámicas que subyacen bajo nuestra naturaleza y que no solo nos han permitido aprender, por imitación, lo bueno y necesario, sino también lo malo y repudiable. Esos procesos se ven a nuestro alrededor: en los tumultos, en las marchas de protesta, en las gradas de un partido de fútbol, en las afueras, en las batallas campales bajo la lluvia; y en el divertido, pero humillante, acto de burlarnos en coro de cualquier semejante.
Mejor dicho, con su proceder en el episodio de la mujer adúltera, Jesús deja al descubierto lo susceptibles que somos a imitar a los demás y -lo peor- hacerlo en masa. Pero también nos enseña que esa misma dinámica se puede aprovechar para poner a andar el proceso al revés, y conseguir que el salvaje retorne a su condición humana.
Escuche aquí la versión dialogada en podcast generada por IA