Al arte de fumar, o fumar para el arte
Por: Camila Vega Martínez
El arte puede definirse de muchas maneras, practicarse de diversas formas y representar un sinfón de eventos para cada ser humano. El arte no es solo una cantidad de obras seleccionadas en un museo, es mucho más que eso.
Las personas que realizan este tipo de trabajo son conocidos como “artistas” los responsables de darle vida a la vida, a su modo, por supuesto. El trabajo de estas personas está tan minorizado y estigmatizado por la sociedad que me detuve analizar con cautela parte de su profesión. Un compositor de música nueva, un tatuador y una fotógrafa, son los protagonistas de esta historia, su objeto en común, el uso de la marihuana para trabajar.
En un pequeño apartamento del barrio Altos de Riomar, en Barranquilla, vive Cristian Cuesta, más conocido como ‘Titi’. Tiene 23 años y escribe canciones desde muy pequeño, sin embargo, tiene que encender un “blunt de cannabis” para sentir el ritmo de la música y empezar a escribir. Su apartamento huele desagradable está desordenado y sucio. Ignoro si es su estado normal o fue que mi visita la tomó de imprevisto.
En su cuarto es donde ocurre todo. Él se sentó en el bordillo de la ventana y en un bolsillo tenía el blunt, lo encendió y se lo llevó a la boca, así de rápido como suena. Puso música en su televisor a un alto volumen , hizo una llamada a un amigo y se sentó nuevamente, pero ahora en una silla. Me contó acerca de la nueva canción que estaba escribiendo para un colega principiante.
A medida que pasan los minutos y las horas, su apariencia empieza a tornarse diferente: sus ojos se cierran como los de un chino y se enrojecen. Sus manos se ponen blancas y empieza a sudar poco. Pone una pista de canción, empieza a improvisar sin escribir nada aún, se levanta de la silla y baila un poco, toma un pedazo de hoja rasgada y comienza a escribir.
Durante el proceso hace un pare. Me dice que piensa mejor, que escribe mejor, cuando está drogado. “Cuando estoy high siento que expreso mejor mis ideas, las personas lo entenderían mejor” asegura. ‘Titi’, no pierde el control en ningún momento, no tiene efectos diferentes a los físicos, no es agresivo y tampoco peligroso, es una persona común en otro estado. Confieso que a estas alturas, ya yo estaba un poco mareada por el olor de la marihuana. No fue nada grave, pero es claro que sin consumir, el humo tuvo algún efecto en de mi organismo.
Luego de cinco horas, ‘Titi’ ha tachado más de 10 hojas hasta llegar a un primer borrador oficial. “La magia está en consumir: no sería yo sin esto”, dice. A eso de las 12:03 de la noche, Titi invita a otros amigos a su apartamento porque no tiene sueño y quiere salir. Está seguro de que está bien y de que consumir marihuana es una cosas más entre las normales de su vida. Pocos días después me llamó a contarme que a su cliente, le gustó la letra de la canción.

La ruta para tatuar
Felipe Gómez, de 26 años, es tatuador en Barranquilla. Se dedica a este oficio desde los 19 años y consume desde entonces. Su local está ubicado sobre la avenida Olaya Herrera. Es pequeño y muy acogedor.
Felipe, tiene una responsabilidad gigante con su trabajo. Su ritual empieza desde temprano y normalmente prende un blunt de marihuana cuando tiene muchos clientes o entre más dificultoso sea el tatuaje. No obstante, Felipe no lo hace enfrente a sus clientes: una hora antes de la cita acordada el entra a un cuarto diminuto que hay en el local, el enciende su mechero y prende el cigarro. Allí adentro se lo acaba, y sale como si nada.
Él no se preocupa por el olor que deja. Para él es importante que los clientes sepan que consume y que su trabajo lo realiza bajo estos efectos, “ La mayoría de mis clientes lo entienden y no les molesta, otro número pequeño comparten el gusto y acostumbramos a compartir un cigarrillo o un brownie”, dice mientras mientras organiza algunas cosas en su estudio.
A las 11:00 de la mañana, llega su primer cliente del día, él ya había fumado un cigarro. Lo dirigió al estudio amablemente y realizó los primeros pasos para tatuarlo. El cliente estaba nervioso, el tatuaje era el brazo izquierdo y era muy grande, además era la primera vez que se realizaba uno. Al parecer ya sabía cómo trabajaba Felipe y supongo que eso influyó en su nerviosismo.
Felipe, estaba sereno, se concentró en la música y no se distrajo ni un segundo en las dos horas y media que demoró haciendo el tatuaje. No conversó mucho, solo hacía preguntas de sí o no, se reía un poco y actuaba muy tranquilo. Su mano se deslizaba con delicadeza en cada trazo del tatuaje y sus ojos estaban centrados únicamente en el brazo del cliente.
Al acabar, Felipe sonríe y le ofrece al cliente el espejo para mirarse. Hubo silencio largo. Así que rompo el hielo, diciendo: “te quedo genial” . El cliente llora, sonríe y dice que le ha gustado mucho, que estaba mejor de lo que él pensaba. “Te confieso que estaba cagado pero, confié en ti”, agrega riéndose un poco. Felipe, le hizo unas cuantas fotos, el cliente pagó y se fue. Felipe me dice: “Esto es lo más gratificante”.