Por: Joshua D. Cruz
Esta semana, la muerte volvió a visitarnos como un arrendador que viene a cobrar su propiedad. Pero esta vez, lo hizo abriendo una herida que creíamos cicatrizada, dejándola nuevamente ensangrentada e infectada. Como en aquellos viejos tiempos que, desde lo más profundo de nuestras almas, deseamos olvidar, pero que nos persiguen como un alma en pena cumpliendo su condena.
Treinta años después, un precandidato presidencial vuelve a ser víctima del castigo perpetuo en el que estas tierras han estado sumergidas desde la época colonial: la violencia como forma de construir y sembrar poder.
Miguel Uribe Turbay, descendiente de un expresidente, hijo de una periodista asesinada y también de la guerra, falleció en la Fundación Santa Fe de Bogotá tras batallar por dos meses contra dos disparos en la cabeza que lo sumergieron en un coma profundo, en un estado donde la vida y la muerte, así como en el Congreso de la República, debatían por el destino de un padre, un hijo y un esposo, que cuyo fallecimiento dejó un dolor eterno en no solo en su familia, sino en todo un país entero.

Pero este dolor no es más que un viejo conocido al que te encuentras en una noche de bar entre tragos y cigarrillos. Su nombre: magnicidio. Ese que lleva en el brazo tatuados los nombres de quienes, ejerciendo el derecho democrático de elegir y ser elegidos, fueron asesinados; cuyos nombres después fueron usados y prostituidos en el burdel más cochino de todos: la política.
Pero entonces, en este país, ¿cuánto cuesta la vida de un hombre? ¿Cuánto cuestan la vida de nuestros padres, hermanos, amigos, abuelos y tíos? ¿Cuál es el precio de nuestra existencia? Una bala… ¿A cambio de qué?
Viendo el caso de Miguel Uribe, y recordando también a Carlos Pizarro, Bernardo Jaramillo, Luis Carlos Galán, Álvaro Gómez y tantos otros que soñaron con representar a su gente y aspirar a la Presidencia, la respuesta parece brutalmente sencilla: ¿cuánto cuesta la vida de un hombre? Una Casa de Nariño. ¿Y quiénes pagan la factura? Todos nosotros.
Cada vida humana en este país —hombres, mujeres y niños— quienes han sido sumergidos en la violencia, y sus nombres, inscritos en lápidas de piedra, han sido silenciados e instrumentalizados por distintas fuerzas políticas: unas para reducir competencia, otras para infundir miedo, y todas para construir discursos que sirvan de pavimento hacia el poder nacional.
Este tipo de sucesos alimenta una narrativa recurrente que se reactiva cada cuatro años, convirtiéndose en una mina de votos: entre más conocida haya sido la vida de la persona, más réditos políticos produce. Da igual si es para la izquierda o para la derecha: la muerte deja de ser un luto y pasa a convertirse en un instrumento para alcanzar el poder político, social y económico.

Y aquí es donde se plantea la pregunta: ¿de verdad nos duele la muerte de nuestros líderes, o solo los utilizamos para seguir una agenda ideológica ciega, para mantener un discurso, para seguir alimentando ese ciclo de odio que ha envenenado nuestra tierra desde tiempos históricos? De todo lo que hemos presenciado, hay más preguntas que respuestas, y una de ellas apunta directamente a nuestra moralidad como sociedad.
El día del atentado contra Miguel Uribe, las palabras de tristeza y consuelo fueron apenas una fracción frente a la avalancha de odio y calumnia que se convirtió en el minuto a minuto. “Que fue el mismo Centro Democrático”, “fueron los del Pacto”, “lo hicieron los tibios”… barbaridades que parecían importar más que la vida de una persona que, más allá de su postura política, era un colombiano.
Por eso, nos esperan días donde la necropolítica se exhibirá sin pudor en redes sociales: en los tuits de X, en las publicaciones de Instagram, en los videos compartidos en TikTok. Se profanará la tumba de un hombre caído para manosearlo y mancharlo, todo con el objetivo de alcanzar el sueño compartido por todos los sectores políticos: la Casa de Nariño.
Pero la sede presidencial no es su único costo. También lo son cada punto de rating en los noticieros, cada like, cada comentario, cada compartido, cada retuit. Porque en este país, el morbo, el odio y la violencia no son solo cultura: son parte de nuestro lenguaje cotidiano.
Ante todo, la pregunta persiste: ¿cuánto cuesta la vida de un hombre? Puede costar cualquier cosa, porque en un país donde la vida es cualquier cosa… termina por no valer nada.