Por: Laura Moncayo
Por años, distintas voces han defendido la conmemoración del Día del Hombre como un espacio necesario para visibilizar problemáticas que también los afectan. Ingeborg Breines, quien fue directora del programa Mujeres y Cultura de Paz de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, lo calificó como “una excelente idea que proporcionará un poco de equilibrio entre ambos géneros”. Sin embargo, esa idea de “equilibrio” es debatible.
Hablar de equilibrio implica asumir que hombres y mujeres han estado históricamente en condiciones similares, cuando en realidad es lo contrario. Las mujeres han sido subordinadas, excluidas y consideradas insuficientes desde el principio de los tiempos. Precisamente por ese peso histórico se conmemora el Día Internacional de la Mujer: no como una celebración superficial, sino como una fecha de memoria, lucha y reivindicación.
En ese contexto, la promoción del Día del Hombre ha dado lugar a distintas posturas. Si bien esta conmemoración —internacionalmente el 19 de noviembre— busca abordar temas importantes como la salud mental, la prevención del suicidio o el cáncer de próstata, también surge dentro de un sistema históricamente construido por hombres, que ha perpetuado desigualdades de género.
En algunos países —como Colombia—, incluso, se ha optado por celebrarlo el 19 de marzo, en coincidencia con la festividad religiosa de San José. Esta fecha resalta su figura como modelo de padre y hombre ejemplar, establecida por la Iglesia dentro del calendario litúrgico como un homenaje a su rol familiar. Sin embargo, esta narrativa no dialoga con las transformaciones sociales actuales.
El debate se intensifica cuando surgen discursos que afirman que “nadie hace nada por el Día del Hombre”. En muchos casos, estas afirmaciones no nacen de un interés genuino por visibilizar las problemáticas masculinas, sino como una reacción que busca minimizar o restar importancia al movimiento de las mujeres. Se trata de una respuesta que desplaza el foco de una lucha histórica hacia una comparación que no surge de las mismas condiciones.
Esto no significa que las problemáticas de los hombres deban ignorarse. Por el contrario, es necesario hablar de masculinidades, promover modelos más sanos y visibilizar temas urgentes que los afectan. Pero ese reconocimiento no puede construirse a costa de invalidar siglos de lucha femenina. Los hombres pueden —y deben— encontrar espacios para reflexionar sobre su rol en la sociedad y sus propias problemáticas.
Más que competir por fechas, debemos comprender las diferencias: mientras uno conmemora una lucha contra la opresión histórica, el otro debería ser una oportunidad para cuestionar y transformar las masculinidades, sin deslegitimar el camino recorrido por las mujeres.