Por: Keily Matoma Navarro [En alianza informativa con el CERI]
El pasado lunes 8 de septiembre el primer ministro François Bayrou se vio obligado a dejar el cargo tras tan solo 9 meses de mandato. Este habría convocado una moción de confianza en la Asamblea Nacional, la cual perdió con un total de 194 votos a favor, 364 en contra y 15 abstenciones. En el sistema político francés esta votación decide si el parlamento respalda o no al jefe de gobierno. Cuando la mayoría retira ese apoyo el primer ministro debe dimitir de inmediato, lo que significa la caída de su gobierno.
El detonante fue el presupuesto para 2026 que Bayrou presentó a comienzos de septiembre. El plan incluía 44.000 millones de euros en recortes, entre ellos la eliminación de días festivos, la congelación de pensiones y reducciones en servicios públicos. La propuesta buscaba frenar el crecimiento de la deuda pública que ya alcanza el 114% del PIB. Sin embargo, el programa encontró una fuerte resistencia dentro del parlamento y una ola de rechazo en la sociedad. Bayrou quedó sin respaldo político ni legitimidad social.
Tras su dimisión el presidente Emmanuel Macron nombró el 10 de septiembre como nuevo primer ministro a Sébastien Lecornu, uno de sus hombres de confianza. El relevo no detuvo la indignación. Durante el verano había surgido en redes un movimiento ciudadano bajo el lema Bloquons tout, que significa “Bloqueemos todo”. Su consigna era paralizar el país para rechazar la austeridad. Ese mismo 10 de septiembre de 2025 la convocatoria se hizo realidad con la participación de 175.000 manifestantes aproximadamente en distintas ciudades de Francia.
Las protestas incluyeron bloqueos de carreteras, trenes interrumpidos por cortes eléctricos, barricadas y contenedores incendiados. El Estado respondió desplegando 80.000 policías y gendarmes, que recurrieron a gas lacrimógeno, cañones de agua y detenciones masivas. El balance oficial fue de 675 arrestos entre el 10 y el 11 de septiembre. Las imágenes de enfrentamientos intensificaron la sensación de que existe una fractura entre una clase política empeñada en cumplir con las exigencias de Bruselas y una ciudadanía que siente que la crisis siempre se paga desde abajo.
Francia vive desde entonces un momento de alta tensión política y social. El gobierno de Bayrou cayó porque no logró sostener la confianza del parlamento. El desafío que enfrenta el nuevo primer ministro es gobernar en un país con un congreso dividido, con presión internacional para reducir su deuda y con un movimiento social que promete no abandonar las calles.