Por: Javier Franco Altamar
Ocurrió con Te olvidé y se está repitiendo con El trato de Joe Arroyo: La letra amarga o fatídica queda absorbida por el ritmo, el drama se transforma en energía festiva, y ya no tenemos tan solo una canción más entre muchas, sino el tema preferido en medio del jolgorio masivo, en este caso, el Carnaval de Barranquilla.
Sobre Te olvidé ha llovido suficiente tinta y por diluvios: no hay simposio o charla histórica del Carnaval en la que no se resalte la manera en que este poema lleno de infortunios de amor terminó convertido en el himno histórico de esta fiesta.
Lo único carnavalero de la letra de esa canción es el grito de Antonio María Peñaloza-trompetista que le puso la música- quien mientras avanza un momento instrumental de percusión exclama a todo pulmón: “viva el ron/ea, ea/Qué vivan los discos Curro/ea/. Qué viva la Danza del Garabato/ea/. Qué viva el Caranaval”.
Por lo demás, el contenido es un testimonio de una persona que consiguió olvidar a otra amada “con gran delirio”, pero cuya conducta, antes de marcharse, era la burla permanente y la humillación. Más adelante, luego de una relación fallida, esa persona burlona pretender regresar y la respuesta no es solo el rechazo, sino una carcajada en similares proporciones de la burla inicial. Todo esto proviene de un poema del español Mariano San Idelfonso.
La clave del éxito de la canción, sin embargo, es el contraste de esa letra con su propio ritmo. En la producción de Discos Fuentes de Cartagena, 1953, el tema aparece rotulado como un chandé, que vendría a ser el ritmo de base, porque su sello especial ahora es más reconocido como ‘garabato’ por ser el distintivo de esta danza legendaria del Carnaval de Barranquilla.
Quizás El trato de Joe Arroyo no ha llegado a tanto, pero avanza en la misma tónica: también incorpora, en su letra, una experiencia amorosa negativa, y desde cuando salió en 1990, se convirtió en un auténtico éxito. Fue la única pieza decididamente folclórica incluida en el trabajo discográfico ‘La guerra de los callados’, pues se trata (vea usted) de un chandé.

Desde entonces, han pasado 36 años, y la canción sigue plena y vigente. Tanto es así que el cantante cartagenero Giblack (Gustavo Álvarez Serna) produjo, en octubre pasado, su propia versión de la misma en champeta. Y aunque respeta la estrofa inicial de la original (incluso, se escucha en voz del mismo Joe), se desmarca enseguida en unas variaciones los suficientes fuertes como para titularla El paga pato.
Esta versión de Giblack tuvo tanta aceptación que fue escogida como el tema distintivo de las Fiestas Novembrinas de Cartagena el año pasado, y en con el mismo envión, se está escuchando ahora en Barranquilla a la par de la original de Joe Arroyo.
De hecho, Giblack participó en el evento de Lectura del Bando del sábado 17 de enero y tuvo la oportunidad de interpretar la canción. Recordemos que este artista de 31 años viene sobresaliendo desde hace una década; y hace cuatro años, impuso un éxito titulado El avioncito, que aún se escucha bastante.

Pero volvamos al tema original de Joe Arroyo, que él mismo reconoce como chandé en un grito que lanza antes de empezar a cantar: “De Colombia, mi chandé ”. Su letra es un tanto más corta y directa que Te olvidé, y el contenido se repite dos veces hasta cumplir los tiempos de la canción. Vamos con la letra:
Trato, trato
Qué ingrato, qué.
Ya me tiene convertido en garabato…
Paremos un momento aquí:
La palabra “trato” tiene varios significados, y el primer desafió de cualquier análisis es descifrar a cuál de ellos le apunta la canción. En principio, el yo lírico no parece estarse refiriendo a un “convenio”, ni a un “intento” (dos de sus significados) sino a un problema de relación, a una suma de acciones negativas, de roces dañinos e inmerecidos, en el marco de esa relación.
No es un asunto menor, porque hasta podría decirse que Joe juega con la polisemia de la palabra para confundirnos un poco en el doble sentido. Más adelante en la canción dirá: “si ya te di todo lo que te ofrecí”, lo que suena un poco a eso: pareciera estar reclamando el incumplimiento de un trato.
En todo caso, el trato desde la mujer amada -en tanto conjunto de procederes-, es muy negativo. Hay ingratitud, y Joe exclama que la situación lo tiene convertido en un “garabato”. ¿Otro juego de significados? Puede ser: el garabato es la danza típica del Carnaval a que hemos aludido antes. Consiste en un desplazamiento en zigzag de resorte africano, que invoca un tipo de coreografía antigua para mantener calmado a un dios colérico. Tiene mucho contenido de sumisión tal tipo de baile, que debe su nombre, sin embargo, al garfio que usa el bailarín principal para derrotar a la muerte en la puesta en escena principal.
Pero garabato es también un rasgo irregular al escribir o dibujar, un trazo mal hecho: la voz lírica podría estar reclamado, en consecuencia, que ha quedado convertido en eso por la burla. O tal vez en un garfio, palo torcido en la punta; o en una danza sumisa. Se lo que sea, no se está refiriendo El trato a una situación placentera de la cual se pudiera sentir alguien muy complacido y orgulloso…
Cada noche agazapado como un gato
buscando siempre el bocato,
y no consigo una mujer
¿Eso qué fue?
Como para establecer un contraste que nos sirva para sentir los hechos, recordemos una canción de 1987, a ritmo de merengue, titulada Lamento del soltero, en la que el conjunto Quisqueya resalta la condición envidiable del hombre casado, y dice entre varias otras perlas:
Dichoso el hombre casado,
que se acuesta a descansar,
se despierta a medianoche,
saca la mano, y ahi-tá
Como es evidente, lo que experimenta el yo lírico de El trato en su relación de pareja es diametralmente opuesto a ese ideal. La postura de la voz cantante (la de Joe) es la de casi un depredador hambriento, pero de modo irónico: no tiene fuerza ni éxito. Está reducido a lo instintivo, esperando afecto o placer que nunca llega. Su deseo se vuelve ridículo porque se mueve en un entorno de carencia persistente.
De estos aspectos se agarra Mauricio Silva Guzmán en su libro Centurión de la noche para asegurar que la canción es testimonio autobiográfico de uno de los varios distanciamientos entre Arroyo y su compañera sentimental de entonces, Mary Luz Alonso.

Lo curioso en la idea de Silva es que él toma otra canción de ese mismo trabajo discográfico de 1990 -‘La guerra de los callados’, recordemos-, titulada Te quiero más y la presenta como evidencia de una reconciliación. Se trataría, entonces, de un vaivén en el que aparecen canciones tanto en homenaje a la mujer amada como de rechazo y dolor por sus infidelidades y malos tratos. En esos extremos estarían Mary de 1986, por el lado positivo; y Tal para cual, de 1995 por el lado negativo.
Lo real y verificable es que Joe y Mary se casaron en junio de 1995 a la orilla de la playa con sus dos hijas -Eikol y Nayalive, de 8 y 7 años, respectivamente- como damitas de flores; que El Trato tuvo el visto bueno de las dos niñas antes de ser grabada; que Nayalive, en sus redes sociales, canta el tema y expresa la emoción que experimenta al hacerlo; y que dice no tener palabras para alcanzar a imaginarse lo que su padre estaría sintiendo ahora con el retorno victorioso de esa canción a los altares del Carnaval.
“Es que mi papá nos mostraba las canciones antes de sacarlas, y nos ponía a votar cuál era la mejor -explica Nayalive en un mensaje de Instagram a propósito de la canción-. Éramos niñas, pero visionarias, y obviamente, El trato…: Ustedes saben que los niños no mienten”.
Y Joe tenía razones muy poderosas para poner a las canciones a consideración de sus dos hijas antes de grabarlas: “yo siempre les mido el termómetro a los temas míos por las hijas mías, porque ellas miran todo el proceso del LP, las pistas, y hay ciertos ruidos, ciertas cositas que a ellas les gustan mucho”, le dijo Joe Arroyo al periodista Ernesto McCausland en una entrevista en la que anunciaba la producción de ‘La guerra de los callados’.
Allí mencionó que, a las dos niñas, sobre todo a Eikol, la mayor, le gustó mucho El Trato. Ese fragmento específico de la entrevista ha vuelto a ser visto por estos días, y era el que se iba reproduciendo de fondo mientras Nayalive daba su explicación en su mensaje de Instagram
Y para acabar de rematar todo esto: hay videos compartidos por la misma Nayalive (la ‘Peloti’, como la apodó su padre) en la que ella, su hermana Eikol (‘Tatico’ o simplemente ‘Tato’ para Joe), y la propia Mary están bailando el tema y cantándolo en coro, tanto la versión del propio Joe como la más reciente de Giblack. Y hasta tienen otro video donde la actual reina del Carnaval, Michelle Char, participa del baile y del canto en coro.

De manera que, con todo este panorama de goce y de orgullo familiar, resulta difícil asumir la canción como una diatriba contra Mary, que la canta y la baila sonriente al son del mismo entusiasmo y éxtasis de sus hijas.
Pero volvamos a la canción y asumamos, por un rato, que se refiere a un momento terrible de la relación de Joe con su Mary:
Si ya te di todo lo que te ofrecí,
con frenesí yo hago lo que sea por ti.
Tan solo quiero un poquitito de ti.
Más no es así
Nada pa’ mí.
El trato, en sentido de convenio, se está incumpliendo. El uno da con frenesí, pero del otro lado no hay nada: cero reciprocidades. Ni siquiera “un poquitito”, que podría hasta bastar, a la luz de lo que brota de la voz lírica. Pero, de repente, la letra da un giro en su lógica, patea lo hasta ahora expuesto.: Resulta que sí ha habido ‘algo’ desde el otro lado, pero es desagradable y hasta repugnante:
Tus caricias no me gustan,
tu boca me sabe a puruca,
tus besos no tienen azúcar
tu aliento me asusta
y aparto el rostro.
Mejor vete pa’ otra cama
abraza la almohada, mi pequeño monstruo
Qué trato, trato,
qué ingrato y cruel,
me lleva en brazos de la otra mujer.
Qué trato…
Entonces no se trata de que (¿Mary?) esté incumpliendo el trato por no dar ni siquiera un poquito, por pura ausencia o por indisponibilidad absoluta; sino que lo dado no corresponde con la expectativa. O por lo menos, la voz lírica (¿Joe?), no gusta de sus besos, pues la boca de la amada le sabe a “puruca”. Estamos hablando de una bebida fermentada echa a base de plátano maduro, es decir, una mazamorra, que por muy sabrosa y típica que sea, no es precisamente el mejor referente de comparación con un beso. Es como si se usara el olor del bocachico frito para resaltar lo mal que huele un perfume.
En el remate del momento, la voz lírica aparta de su lado a su pareja, la llama, “pequeño monstruo’ y la invita a irse a otra cama. Todo eso en conjunto -ya no cabe duda de la repugnancia- no hace sino lanzar al sujeto a los brazos de otra mujer. Con toda esta andanada, ¿cómo pudieron Tatico y Peloti expresar su voto positivo por la canción, y bailarla, varias décadas después, con el supuesto monstruo que la inspiró? Las cosas no parecen cuadrar por ese lado.
Por cierto: uno de los movimientos narrativos más potentes de la canción es cuando la voz cantante nombra a la amada como “Mi pequeño monstruo”. Es como si resolviera el conflicto en clave carnavalesca pues, por un lado, transforma a la figura amada en caricatura, desactiva su poder de daño mediante el humor, restituye al yo lírico una posición de superioridad irónica.
Porque igual que ocurrió con Te olvidé, convertir la historia de El Trato en un sabroso chandé es una manera de carnavalizar el dolor, transformarlo en burla, estrategia típica que funciona también con el bullerengue y otras músicas afrocaribeñas.
Y dado que el chandé ofrece dinamismo y se presta para exclamaciones rituales, hasta se podría decir que no contradice la historia: la potencia rítmica transforma el dolor en performance colectiva, dejando que el despecho se exprese sin destruir al sujeto.
En conclusión, podemos tomar la canción El Trato como un desamor vivido desde la corporalidad, desde el sarcasmo y desde la ironía festiva, donde la ruptura se vuelve relato, baile y catarsis.
O también como una canción recochera y sabrosa con la que no vale la pena ponerse en este tipo de análisis cansones. La rumba nos espera, carajo.
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