Escrito por: Santiago Goenaga Russo.
En el marco de Cátedra Europa, las profesoras María Alejandra Arias y Marjorie Eljach abordaron la representación de los vampiros y los zombis en la cultura popular desde sus raíces hasta la actualidad. La charla desarrolló cómo estas criaturas reflejan los temores y deseos de las sociedades en las que se encuentran, en especial en los países invitados: Suecia y Dinamarca.
Antes de la cultura pop
Mucho antes de que existiera el vampiro con capa y colmillos, en diversas culturas existían criaturas oscuras que atormentaban a los vivos: eran llamados demonios y guardaban estrecha relación con lo diabólico. Estos seres, que tenían una apariencia desagradable, se levantaban de la tumba o se refugiaban en la noche para alimentarse de la carne y de la sangre humana. En la edad media, cuando comenzaba a forjarse la figura del vampiro, la paranoia causó que se desenterraran muchos cuerpos para comprobar si correspondían a uno de estos monstruos. Si los cadáveres tenían sangre en la boca, estaban hinchados o simplemente no se habían descompuesto como se esperaba, se les decapitaba, se les clavaba una estaca en el pecho y se volvían a sepultar boca abajo. Todo por el pánico que alimentaban las historias de vampiros.

El vampiro como aristócrata sexy y amenaza capitalista
En la charla se explicó cómo ha cambiado la figura del vampiro desde sus primeras apariciones en la literatura. Uno de las primeras fue El vampiro de John William Polidori, un personaje inspirado en el poeta Lord Byron. Luego llegó Drácula de Bram Stoker, que terminó de definir al vampiro como un ser elegante, rico y muy seductor. Era guapo, vivía para siempre y tenía un aire de peligro que resultaba atractivo.
Sin embargo, como dijo una de las ponentes, hay que recordar que para el vampiro los humanos no son más que comida. “Tú no te enamoras de una vaca, te la comes”, bromeó, “así nos ven ellos”.
Con el tiempo, escritores como Anne Rice cambiaron esa imagen del vampiro. Ya no era solo un monstruo o un seductor, sino un personaje matizado, con emociones y conflictos internos.
Vampiros y zombis como crítica social
La figura del zombi, en su versión moderna, se popularizó gracias al director George Romero, quien convirtió a estos seres en una crítica del capitalismo y el consumismo. En películas como El amanecer de los muertos vivientes, Romero muestra hordas de zombis deambulando por centros comerciales.

“Nos comportamos como zombis en el Black Friday o durante el día sin IVA en pandemia”, afirmó Arias, criticando la falta de sentido común cuando se trata se seguir consumiendo.
A diferencia del vampiro romántico y seductor, el zombi es feo, sin vida. Representa la decadencia del ser humano. Es normal entonces que resulte menos atractivo para el público, aunque sea más representativo de nuestros defectos como humanos.
Zombis y vampiros en el norte de Europa
A diferencia de Europa Central o del Este, Suecia y Dinamarca no cuentan con una tradición oral de criaturas que se relacionen con el concepto zombie o vampírico. Aun así, han producido obras destacadas que reinterpretan estas figuras desde sus propias preocupaciones sociales: el aislamiento, la depresión y el vacío existencial en sociedades del bienestar.
Un ejemplo es Déjame entrar, novela del sueco John Ajvide Lindqvist y llevada al cine en 2008 por Tomas Alfredson. En ella, una niña vampiro solitaria establece una relación con un niño víctima de acoso escolar. La película, más que una historia de horror, es un retrato sobre la infancia, la soledad y la necesidad de conexión. “El verdadero monstruo no es el vampiro, sino el abandono”, comentó una de las ponentes.

Otra obra destacada es Descansa en paz, también de Lindqvist, que plantea un dilema distinto: los muertos vuelven a la vida sin explicación y deben reincorporarse a la sociedad. El zombi aquí no busca cerebros, sino espacio social. Un enfoque más introspectivo como la misma sociedad escandinava.
El verdadero monstruo somos nosotros
Tanto los vampiros como los zombis funcionan como excusas narrativas para hablar de nosotros mismos. Así lo demuestra también The Walking Dead, serie que, según las ponentes, perdió fuerza cuando dejó de mostrar zombis, pero que en realidad siempre trató sobre las relaciones humanas en contextos extremos. “El zombi es un pretexto. Lo que asusta no es él, sino cómo actuamos cuando el orden colapsa”.
De esta forma se construyó la idea de que los verdaderos monstruos están en el alma del ser humano y varian según el contexto social, económico e histórico. Son figuras que materializan nuestros miedos invisibles. “Quizás por eso hay tan pocos vampiros en Suecia y Dinamarca. Porque no hay aristocracia, ni grandes desigualdades. Allá el miedo no es a la pobreza, sino a la tristeza del confort absoluto”.