Por: Helmut Hasselbrinck

Este mes se cumplió el aniversario número 25 del 11 de septiembre de 2001, el día en el que se cometió uno de los atentados terroristas más catastróficos y atroces no solo del siglo 21, sino también de la historia contemporánea, habiendo marcado un antes y un después no solo en Estados Unidos, país en el que ocurrió, sino en el mundo entero, afectando por completo los esquemas de seguridad en el ámbito aéreo, las políticas internacionales y los conflictos bélicos.

Aquel día murieron 2.977 personas y el mundo observó, en vivo y en directo cómo dos de los símbolos más importantes del poder económico estadounidense se derrumbaban en el corazón de Nueva York. La historia ya nos la sabemos todos. En la mañana de aquel martes, 19 miembros de Al Qaeda secuestraron cuatro aviones comerciales. Dos fueron estrellados contra las Torres Gemelas del World Trade Center (En Nueva York), otro contra el Pentágono y el cuarto cayó en Pensilvania después de que sus pasajeros se rebelaran contra los secuestradores.

Hemos visto y escuchado todo el horror de aquel día. Hemos visto las imágenes, videos, escuchado los testimonios y conocido las historias de las miles de vidas que se perdieron. Pero quizá uno de los aspectos más desgarradores es recordar que algunas personas lograron sobrevivir al impacto de los aviones y, aún así, tomaron la decisión de lanzarse al vacío para evitar morir quemadas o asfixiadas. Pero la historia del 11 de septiembre no termina con la caída de las Torres Gemelas.

Registros de lo ocurrido el 11 de septiembre del 2001. Foto: Dominio Público

Estados Unidos presentó la invasión de Irak como parte de su lucha contra las amenazas que representaba el terrorismo y el régimen de Saddam Hussein. Sin embargo, Irak no había sido responsable de los atentados del 11 de septiembre. Con el tiempo, además, quedó demostrado que las afirmaciones utilizadas para justificar la invasión relacionadas con armas de destrucción masiva no correspondían con la realidad encontrada después de la ocupación. La guerra comenzó. Y junto con ella llegaron miles de muertos, desplazamientos, destrucción de infraestructura, violencia sectaria, desapariciones y abusos cometidos por distintos actores del conflicto. Pero existe un lugar que terminó convirtiéndose en uno de los símbolos más perturbadores de aquella guerra y una historia que no es muy conocida por la masa popular.

la prisión Abu Ghraib

La prisión de Abu Ghraib, situada cerca de Bagdad, no era un lugar desconocido para los iraquíes. Durante el régimen de Saddam Hussein había sido utilizada como centro de detención y tortura, pero después de la invasión, la prisión pasó a estar bajo control de las fuerzas estadounidenses y comenzó a utilizarse para detener a un estimado de ocho mil iraquies y someterlos a un infierno digno de la pelicucla “Salo” del director Italiano Pier Paolo Pasolini. Lo que ocurrió dentro de Abu Ghraib no fueron simplemente malos tratos.

Las investigaciones posteriores documentaron un patrón de abusos y violacion de derechos humanos que iban mas alla de solo golpes y patadas sino tambien posiciones dolorosas durante períodos prolongados, privación del sueño, desnudez forzada, aislamiento, exposición al calor extremo, violencia sexual y escasez de comida y agua ademas de que los atacaban perros rabiosos, les ponian correas al mismo tiempo que los obligaban a actuar como animales y les enredaban cables en las manos con los que electrocutaban a los prisioneros.

Algunos detenidos eran obligados a permanecer desnudos y eran fotografiados en posiciones humillantes. Los responsables de los abusos sabían que muchos de los prisioneros eran musulmanes y que ciertas prácticas podían resultar especialmente humillantes y ofensivas para sus creencias. Aun así, algunos fueron obligados a desnudarse, a realizar actos
de naturaleza sexual entre ellos o a adoptar comportamientos que los guardias sabían que podían provocarles una profunda humillación. En otros casos, fueron obligados a utilizar ropa interior femenina o a aparecer desnudos frente a otros detenidos y soldados.

El soldado estadounidense, Charles Graner, posando frente a un prisionero iraní. Foto: Gobierno de Estados Unidos

Otros eran encapuchados y sometidos a situaciones diseñadas deliberadamente para provocar miedo y desorientación. Las fotografías que posteriormente salieron a la luz hicieron visible una parte de ese horror. En ellas podían verse prisioneros desnudos, amontonados unos sobre otros, obligados a adoptar posiciones sexuales, amenazados por perros y sometidos a
diferentes formas de humillación.

Una de las imágenes más conocidas muestra a un hombre encapuchado sobre una caja, con los brazos extendidos y cables conectados a su cuerpo, mientras los soldados le hacían creer que podía ser electrocutado. De seguro habias visto esa imagen antes pero no sabian de donde venia. Los documentos de las investigaciones también registraron otros abusos, como golpes con objetos, amenazas de violación y agresiones sexuales.

Por más de un año, miles de personas tuvieron que pasar por estos abusos y se han reportado casos de que prisioneros terminaron muertos. Pero existe otro aspecto de Abu Ghraib que resulta todavía más difícil de ignorar, aunque esto sea horrible, uno por naturaleza dice algo como “si yo hubiera perdido a un ser querido en ese atentando, yo tal vez hubiera hecho lo mismo”, pero las investigaciones indican que muchos de aquellos prisioneros ni siquiera eran terroristas y recordemos que Irak no estaba directamente involucrado con el atentado del once de septiembre.


En un informe de 2004, Human Rights Watch citó al Comité Internacional de la Cruz Roja, que había informado que oficiales de inteligencia militar estadounidense estimaban que entre el 70 % y el 90 % de las personas detenidas en Irak durante ese período habían sido arrestadas por error.Esto significa que entre las personas que terminaron encerradas en aquellas celdas había civiles que no necesariamente tenían relación alguna con Al Qaeda, con la insurgencia o con un delito. Algunos habían sido detenidos durante redadas, en operaciones militares o simplemente porque existían sospechas sobre ellos que posteriormente podían resultar equivocadas. Human Rights Watch también documentó casos de civiles detenidos que no tenían conexión con el terrorismo.

Y que pasó?

Más de dos décadas después, Abu Ghraib permanece como una cicatriz abierta en la conciencia colectiva global y como uno de los capítulos más obscenos de la llamada Guerra contra el Terror. Las imágenes filtradas a principios de los años 2000 expusieron una quiebra moral profunda. Aunque un puñado de soldados de bajo rango fueron procesados y condenados a penas de prisión, el sistema judicial militar se detuvo allí.

La responsabilidad jurídica y política se disipó a medida que escalaba por la cadena de mando. Ningún alto oficial militar, ni los arquitectos civiles del Pentágono o del Departamento de Justicia que redactaron los memorandos autorizando métodos de interrogatorio despiadados, enfrentaron penas carcelarias. Mientras los uniformados menores cumplían sus condenas y regresaban a sus vidas, las víctimas sobrevivientes quedaron atrapadas en un limbo de secuelas físicas
permanentes, trauma psicológico y el estigma social de haber pasado por ese infierno, sin haber recibido una reparación económica, médica o legal proporcional a la brutalidad infligida.

Lynndie England sujetando a un prisionero iraní en Abu Ghraib. Foto: Gobierno de Estados Unidos

Los atentados del 11 de septiembre de 2001 cobraron la vida de casi tres mil personas inocentes en suelo estadounidense, un acto desgarrador de violencia implacable que merecía una respuesta justa y firme. Sin embargo, la narrativa que comenzó esa mañana fatídica no concluyó cuando la polvareda de las Torres Gemelas finalmente se asentó. La respuesta gubernamental transformó el dolor de una nación en una maquinaría bélica de alcance global que se extendió por Afganistán e Irak, instaló cárceles secretas en diversos puntos del planeta y legalizó prácticas que socavaron las bases del derecho internacional humanitario.

En el camino, las vidas de cientos de miles de civiles sin vínculo alguno con el extremismo fueron destrozadas por bombardeos, desplazamientos forzados, detenciones arbitrarias e interrogatorios brutales. Honrar y mantener viva la memoria de las víctimas del terrorismo del 11 de septiembre es una obligación moral indiscutible. Sin embargo, una memoria histórica completa exige la misma rigurosidad para recordar a quienes sufrieron, enfermaron y murieron a causa de la respuesta militar imperial que sobrevino.

Abu Ghraib no fue una simple manzana podrida ni un evento aislado dentro del conflicto; fue el síntoma visible de una doctrina que priorizó la venganza sobre los derechos humanos. Recordar este episodio nos obliga a confrontar una verdad incómoda: la tragedia del 11 de septiembre no fue el único horror de esa época, y las
heridas infligidas en nombre de la libertad aún aguardan justicia.

Somos una casa periodística universitaria con mirada joven y pensamiento crítico. Funcionamos como un laboratorio de periodismo donde participan estudiantes y docentes de Comunicación Social y Periodismo de la Universidad del Norte. Nos enfocamos en el desarrollo de narrativas, análisis y coberturas en distintas plataformas integradas, que orientan, informan y abren participación y diálogo sobre la realidad a un nicho de audiencia especial, que es la comunidad educativa de la Universidad del Norte.

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