Por: Sophia Herrera

La conferencia de Heydy Robles, en la Universidad del Norte, puso a pensar a docentes y estudiantes sobre lo que la inteligencia artificial cambia en la enseñanza de las lenguas.

Este martes 29 de septiembre de 2026, en el bloque 31K, la profesora Heydy Robles, en la Universidad del Norte, dio la conferencia “Lenguas e inteligencia artificial: transformaciones y desafíos”. Empezó con una idea que a muchos nos suena: se suponía que la inteligencia artificial (IA) nos iba a quitar de encima las tareas más aburridas para darnos un respiro, pero no ha sido tan así. Según ella, en vez de descansar, muchas personas sienten un cansancio nuevo, el agotamiento digital. Es un cansancio silencioso, porque vivimos tan llenos de notificaciones que ni siquiera lo notamos. Además, lo digital ya no está afuera de nuestra vida: se mezcló con todo lo que hacemos.

También recordó que detrás de la IA hay cosas que no se ven. Están los enormes centros de datos donde se procesa cada consulta que hacemos, el trabajo humano que casi nadie nombra, los intereses políticos y los modelos de negocio de quienes venden estas herramientas. Por eso habló de la “trampa del solucionismo”, que es creer que la IA lo resuelve todo. Reconoció que la IA puede personalizar actividades, crear materiales, corregir al instante e incluso hacer de tutor todo el día, pero dijo que si nos quedamos ahí, eso no es educar. Para ella, educar es la relación entre el profesor y sus estudiantes, el contexto en el que viven, los conflictos que se dan en el salón y el criterio de quien enseña. También advirtió que, si una institución compra planes de una plataforma, puede terminar dependiendo de ella, y que alguien siempre está ganando dinero con eso.

Sobre los profesores, Robles citó una encuesta del British Council hecha a 1.348 docentes de 114 países, entre ellos Colombia. Muchos usan la IA para crear materiales y para que sus estudiantes practiquen. Sin embargo, solo uno de cada cinco se siente bien preparado para usarla en clase, y más de la mitad se siente mal preparado. De ahí salió una pregunta incómoda: si la máquina ya traduce, ¿para qué aprender francés, italiano o alemán? Según esa misma encuesta, el 60 % de los profesores de inglés no cree que la traducción automática vuelva innecesario aprender idiomas. La razón es que una lengua no es solo traducir: es cultura, emoción y contacto con otras personas.

Para comprobarlo, la conferencista puso al público a hacer un ejercicio. Cada uno debía escoger un refrán costeño, pedirle a la IA que lo tradujera a otro idioma y revisar qué se perdía por el camino. Un asistente tradujo “me fue como perro en misa” al italiano. Le pareció una traducción directa y no vio que se perdiera nada, pero dijo que no sabía si un italiano la entendería igual. Robles le respondió que eso depende de quién escuche, porque no es lo mismo un joven que un abuelo de 70 años. Otra participante llevó “el palo no está para cucharas” al francés. La IA le dio varias opciones, pero casi todas perdían la gracia del refrán. La conclusión de Robles fue que la IA puede traducir las palabras, pero para saber qué suena natural o qué significa algo en otra cultura todavía hace falta el otro, es decir, una relación entre personas.

Después presentó la idea central de su charla, la inteligencia dialógica, propuesta por Rupert Wegerif, de la Universidad de Cambridge, en un libro que salió en abril. Dialogar, explicó, no es turnarse para soltar cada uno su opinión mientras nadie cambia de postura. Es prestarle atención al otro y dejarse afectar por lo que dice, y de esa mezcla sale algo nuevo. Con la IA pasaría lo mismo si no la tratamos solo como una fuente de datos, sino como una voz cuya propuesta merece ser considerada. Uno la escucha, pero también responde: “no, esto no es así, porque yo sé algo que la IA no sabe”. Robles aclaró que es una voz sin sentimientos ni conciencia, pero con acceso a muchísima información.

Heydy Robles durante la conferencia en la Universidad del Norte.

Según Wegerif, aprender tiene tres partes. La primera es pensar con otros: escuchar, preguntar, dar razones y, a veces, cambiar de opinión. La segunda es entrar en la cultura, porque nadie piensa desde la nada y todos heredamos las largas conversaciones de la ciencia, la historia y el arte. La tercera es dialogar con el mundo, o sea, aplicar lo que sabemos a problemas reales y no quedarnos solo con lo que memorizamos para un examen. Robles dijo que los colegios suelen enseñar esto de forma irregular o lo dejan para después. Puso un ejemplo con un ensayo sobre el cambio climático. Si solo le pedimos a la IA que lo escriba, la usamos como simple herramienta. En cambio, si primero le preguntamos qué preocupaciones hay alrededor del tema y qué suponen los distintos enfoques, y luego decidimos qué es lo que a nosotros de verdad nos importa, como la justicia climática, estamos dialogando con ella. En ese diálogo, insistió, los humanos ponen el rumbo, la responsabilidad y el cuidado, y la IA aporta información y alternativas. Por eso hay que estar atentos a los sesgos y mantener el propio criterio, aunque la IA suene como una autoridad.

Uno de los datos que más llamó la atención fue lo que viene con la prueba PISA, que mide a jóvenes de 15 años en muchos países. Según Robles, en 2029 va a incluir un componente nuevo sobre medios e inteligencia artificial. Van a evaluar cómo se usan las redes sociales, los buscadores y la IA generativa: qué se comparte, a quién se le cree, qué fuentes son confiables y cuándo conviene usar la IA y cuándo no. Para ella, eso muestra lo que hoy se espera de un ciudadano: pensamiento crítico digital y responsabilidad. Y agregó que sacar un promedio de 4,5 ya no es lo que más importa, porque los empleadores preguntan cada vez más si uno sabe usar la IA y, sobre todo, si la usa con criterio.

Al final dejó tres recomendaciones. A los docentes les pidió diseñar actividades donde la IA haga preguntas en vez de solo dar respuestas, y enseñar de forma clara cómo es un buen diálogo. A los estudiantes les pidió usar la IA como una aliada que les rete las ideas y no como un atajo, y por eso hay que verificar, cuestionar y tomar posición. Y a todos les recomendó preguntarse, antes de usar una herramienta nueva, para qué sirve, qué datos usa y con qué fin, en lugar de usarla solo porque a un compañero le pareció buena. También pidió ser honestos y decir cuándo y para qué se usó la IA en un trabajo. Como ejemplo mostró un artículo publicado en una revista de alto nivel, donde los autores declaran que usaron IA para los diagramas, la traducción y la revisión de la redacción, pero no para analizar los datos ni para interpretar los resultados. Según ella, no se trata de castigar a nadie, sino de decir la verdad.

Ya en el espacio de comentarios, una estudiante de lenguas modernas, que hace sus prácticas en un colegio, contó que ha visto a los chicos muy desmotivados en las clases de inglés cuando la actividad no viene con estímulos visuales o hecha con IA. Su testimonio mostró que el reto del que habló la conferencia ya está pasando en los salones.

Robles cerró con una frase clara: la IA no va a revolucionar la educación, la van a revolucionar las personas. Y quizás, si se usa de forma dialógica, la IA nos ayude a aprender a pensar juntos.

Somos una casa periodística universitaria con mirada joven y pensamiento crítico. Funcionamos como un laboratorio de periodismo donde participan estudiantes y docentes de Comunicación Social y Periodismo de la Universidad del Norte. Nos enfocamos en el desarrollo de narrativas, análisis y coberturas en distintas plataformas integradas, que orientan, informan y abren participación y diálogo sobre la realidad a un nicho de audiencia especial, que es la comunidad educativa de la Universidad del Norte.

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