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Por: Laura Moncayo

La nueva adaptación de Cumbres borrascosas (2026) vuelve a poner sobre la mesa una discusión que el cine parece no terminar de resolver: la rígida fidelidad literaria que desdibuja elementos esenciales del texto original.

En la novela, Heathcliff no es simplemente un protagonista atormentado por el fantasma de su gran amor. Su apariencia física —descrita como la de alguien de piel oscura, con rasgos asociados a lo “gitano”, e incluso insinuado como extranjero o español— no es un detalle superficial. Es, en realidad, una clave estructural del libro. Heathcliff es visto como un “otro”, alguien que no encaja en la Inglaterra rural y clasista en la que se desarrolla la historia. Su marginalización no solo es social, sino también racializada. La violencia, el desprecio y el rechazo que recibe están profundamente ligados a cómo luce.

Por eso, elegir a Jacob Elordi para interpretarlo resulta problemático. Si bien es cierto que tiene ascendencia española por parte de su familia —con raíces en el País Vasco y una historia migratoria marcada por el exilio durante el franquismo—, su apariencia en pantalla corresponde a la de un hombre blanco. Y en una historia donde la apariencia de Heathcliff es fundamental para entender su lugar en el mundo, esa diferencia no es menor: es un cambio que altera el sentido mismo del personaje.

No se trata de cuestionar el talento de Elordi ni de invalidar su historia familiar, sino de reconocer que el cine, al adaptar una obra, también interpreta sus tensiones. En este caso, la decisión de casting parece suavizar —o incluso borrar— una dimensión incómoda pero crucial del texto: el racismo implícito en la forma que Heathcliff es tratado.

Al eliminar esa marca de diferencia visible, la película corre el riesgo de reducir el conflicto a una historia de amor trágico y venganza, dejando de lado la carga social que hace de Cumbres borrascosas una obra tan compleja. Heathcliff no solo sufre por amor; su dolor también nace del rechazo sistemático, de no pertenecer, de ser constantemente señalado como inferior.

A esto se suma otra decisión que altera profundamente el sentido de la obra: en la película, Edgar Linton —esposo de Cathy— es representado como una persona de color, mientras que en el libro es descrito como rubio, blanco y de ojos azules. En la novela, se plantea implícitamente que Edgar es “superior” a Heathcliff precisamente por esas facciones eurocéntricas, en un mundo atravesado por jerarquías raciales. Sin embargo, la adaptación invierte esa lógica sin cuestionarla: convierte a Edgar en la figura que Catherine no desea, mientras que el Heathcliff blanqueado se posiciona como el verdadero amor. El resultado es un cambio radical en el mensaje, donde las tensiones raciales del texto original se diluyen y terminan reorganizadas en una narrativa que vuelve a centrar el deseo en la figura masculina blanca.

“Sea de lo que sea que estén hechas nuestras almas, la tuya y la mía son la misma”. Esa frase, en el contexto de la novela, no habla de similitud, sino de contraste: Catherine la dice precisamente porque, en todo lo demás, ella y Heathcliff no tienen absolutamente nada en común. Ni su origen, ni su posición social, ni la forma en que el mundo los percibe. Lo único que los une es algo invisible: sus almas, y el amor que nace a partir de ellas. Al distorsionar esas diferencias fundamentales, la película no solo altera a los personajes, sino que vacía de sentido una de las ideas más poderosas del libro.

En ese sentido, esta adaptación no es solo una reinterpretación estética, sino una toma de posición. Y plantea una pregunta incómoda: ¿por qué, seguimos evitando representar en pantalla aquello que incomoda, especialmente cuando tiene que ver con raza y exclusión?

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