Por: Paz Díaz

Una joven de veinte años exalumna de la Universidad de Cornell, una de las ocho universidades más prestigiosas de la Ivy League, denunció que fue drogada y violada por siete hombres de la fraternidad Chi Phi durante cuatro horas consecutivas la noche del 19 de octubre de 2024. A pesar de las pruebas y el testimonio de la víctima, los acusados por medio de sus abogados, sostienen su inocencia. (DW).

La denuncia ante la policía universitaria se presentó el 8 de noviembre de 2024. La fiscalía del condado de Tompkins no presentó cargos, el fiscal Matthew Van Houten explicó que varios fiscales e investigadores revisaron la declaración inicial y no vieron un delito. Según él, en esa declaración ella admitió haber consumido drogas y alcohol voluntariamente, sosteniendo que no había pruebas suficientes de un abuso no consensuado. La Universidad de Cornell, por su parte, afirma que su investigación concluyó en el cierre definitivo del caso en expulsiones y suspensiones de estudiantes.

El 14 de septiembre de 2026, la víctima (quien se identifica bajo el seudónimo Jane Doe) presentó una demanda civil de 101 páginas contra Cornell, siete miembros de la fraternidad y otros codemandados. El documento incluye como prueba una conversación de Snapchat en la que los  miembros de Chi Phi invitaban otros hombres a agredirla esa noche aprovechándose de su estado vulnerable a causa de las drogas. Dentro de su demanda, Jane también acusa a la universidad de haber sabido del uso y la cultura de consumo de sustancias psicoactivas dentro del campus, en particular la ketamina. El fiscal Van Houten respondió a las acusaciones señalándolas como “atroces y despreciables” y advirtió que llevará el caso ante un jurado investigador.

Que haya sido necesaria una demanda para reabrir el caso es parte del problema. Durante dos años, la conversación pública y mediática giró en torno al daño reputacional de una universidad de élite y a las supuestas inconsistencias en el testimonio de la víctima, dándole un foco selectivo y reduccionista a este caso. Mientras, ella, hoy ex-estudiante, seguía sin una respuesta penal ni una reparación económica. Tuvo que enfrentar un duro proceso psicológico en respuesta a las lesiones físicas y psicológicas ocasionadas por el trauma mientras era brutalmente cuestionada dentro de su testimonio. El fiscal sostiene que la demanda es “drásticamente distinta” de lo que ella dijo a la policía en 2024, transmitiendo en pocas palabras que la declaración de Jane Doe es dudosa. Pero quienes trabajan con víctimas han defendido el caso demostrando que el trauma puede afectar la manera en la que se relata una agresión. El abogado de la joven explico que tras los hechos, ella estaba en “modo de supervivencia” y no fue hasta tres semanas después del abuso que pudo sostener en palabras su versión.

Este caso no es un tema aislado y bien asunto poco común, lamentablemente Jane Doe atravesó una injusticia atroz y la conversación generada al respecto  demuestra la manera en la que la sociedad enfoca el diálogo acerca de las agresiones que las mujeres enfrentan, distorsionándolo e invisibilizándolo. Cuando una mujer denuncia una violación en grupo, la pregunta principal no es qué hicieron los hombres señalados, sino qué hizo ella. Cuánto había bebido, qué ropa tenía, qué dijo primero, en qué se contradice, por qué habló tarde. Las conductas de los siete presuntos agresores, en cambio, han ocupado un lugar mucho menos central.Vivimos en un mundo en el que la víctima debe luchar por ser creída. Hasta ahora, aún no hay sentencia, ni siquiera cargos. Hasta que un jurado decida, lo que existe es una denuncia, una demanda y una investigación reabierta. Y Jane Doe, sigue siendo cuestionada, criticada y hasta culpada sin recibir un un fallo verdaderamente justo.

Editora El Punto Género

lmoncayo@uninorte.edu.co

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