Escrito por: Emanuel Calderón y Emily Soto.
En uno de sus brazos tiene dos tatuajes idénticos de un mismo pájaro. Cuando le preguntamos la razón dijo que no le había gustado dónde se había hecho el primero, así que simplemente decidió hacerse otro. Su ropa holgada se mezcla con su actitud serena y, casi sin quererlo, demuestra que su experiencia la despojó de toda ansiedad por el día de su exposición. Seguramente, después de treinta años haciendo arte, la situación se había vuelto tan cotidiana para ella que podía transmitir la familiaridad con la que lo vivía. María Isabel Rueda se muestra como una persona sencilla que valora la buena compañía a su alrededor. Resulta curioso que, sin entablar conversación con ella, uno no podría sospechar la importancia que tiene en el mundo del arte en la costa. A pesar de ello, la energía casi esotérica que trasmite te daría indicios de lo singular de su persona.
El lugar de nuestro encuentro es una librería inesperadamente pequeña, aunque cálida, llamada Dos Mangos. El lugar es en principio tranquilo, aunque a medida que avanzaba nuestra conversación se iba llenando de variados y ruidosos personajes que venían a ver los libros que se erguían en las repisas, al igual que una serie de fotos antiguas impresas a blanco y negro de mujeres desnudas. Posaban de formas provocativas para captar la mirada de los presentes, pero lo distintivo de su sesión era que sobre sus cuerpos se extendía tinta roja que las cubrían como velos y encajes. María Isabel Rueda fue la diseñadora de sus trajes que simulan la sangre y que hablan acerca del giro feminista que le dio a estas fotos que en inicio fueron pensadas como material pornográfico para un público masculino.

“Lo que hablábamos de Bloody Mary era de la sangre, de la idea vampírica de tomar o de dar vida a través del fluido vital del otro”. La artista ríe, pues el nombre de su exposición hace referencia a ella misma, María, y también porque el origen de la obra era paradójico en sí mismo. En 2007 fue justo un hombre quien le regaló la revista conociendo la capacidad que tenía para reinventar estos conceptos. Apenas vio las fotos, la imagen de la sangre se apoderó de su mente. “Yo estaba en ese momento de mi vida indagando un poco en la idea de por qué a la sociedad en general, a los hombres, les fastidia ver o hacer visible que una mujer es alguien que sangra, que menstrúa. Eso es algo que está oculto, escondido, un tabú, y bueno, por eso hice Bloody Mary”.
Su reconfortante tono de voz y su expresión alegre mostraban el cariño que plasmaba en sus obras, incluso en las anteriores a esta. Se emocionó explicando cómo las ideas de la sangre y lo femenino se habían mezclado en uno de sus primeros proyectos. “Vampiros de la sabana” es una serie fotográfica que, junto con otros trabajos, haría que algunos comenzaran a considerarla como una de las máximas exponentes del “gótico tropical”. Este tipo de arte desvincula a los vampiros de los paisajes lúgubres, más nórdicos, y los sitúa en ambientes costeros. Se cree que la reubicación de las “criaturas de la noche” tuvo su origen y apogeo en Cali, pero María Isabel cree que no se debe ignorar el papel que jugó la costa caribe en el desarrollo de esta corriente artística. En sus investigaciones analiza el papel de ambas costas de Colombia para gestar un movimiento cultural que, aunque autóctono, pasa desapercibido del ojo público.

Esto es justo lo que trata de hacer desde su labor como curadora y gestora cultural. Su sonrisa se ilumina al contarnos sobre los trabajos que ha recuperado de artistas del siglo pasado que fueron tan importantes como desconocidos, partes olvidadas de nuestra identidad y de nuestro aporte a la historia del arte en Colombia. Con la cabeza en alto y sus visibles hoyuelos, relata cómo las historias de supervivencia de los trabajos eran tan únicas como su contenido. Recuerda particularmente a Luis Ernesto Arocha, cineasta experimental que conservaba los rollos de sus películas en un lugar de su patio, donde esperaba que en algún momento el árbol de maracuyá creciera y se enroscara sobre ellos. Un suceso que, pese a ser contado como una anécdota graciosa, coloca en discusión los retos que vive el artista costeño a diario. “Imagínate cómo es de injusto también el contexto y cómo pasa tanto tiempo y las personas a veces son tan olvidadas que uno de los trabajos fílmicos más importantes de Colombia estaba en el patio de la casa”.
Pero como cita la propia María Isabel al artista plástico brasileño, Hélio Oiticica, “de las adversidades vivimos”. La obra artística del caribe se ha caracterizado por su gran creatividad: desde el performance hasta el arte ambiental, los costeños han sido pioneros en estas expresiones artísticas y han utilizado lo que tienen a la mano, incluso sus propios cuerpos, para representar sus ideas y sus pasiones. Ante la falta de recursos y estímulos destinados para estos proyectos y que en su lugar son invertidos en el Carnaval, el arte barranquillero se mantiene apenas a flote, pero se enriquece gracias a la necesidad.
Como muchos de su generación, María Isabel no tuvo más opción que mudarse a Bogotá, ya que cualquiera con la posibilidad económica debía hacerlo dado que en ciudades como su natal Cartagena los programas de arte eran inexistentes. Todos sabían que las oportunidades estaban en el centro, aunque no se hablara del tema. No es hasta su regreso de sus años de formación en el interior que la crisis profunda de espacios culturales en Barranquilla haría que el flagelo de la centralización del arte fuera imposible de ignorar. Casos como el Museo de Arte Moderno o el Teatro Amira de la Rosa la motivarían a tomar un rol activo para cambiar la situación.
“A mí me gusta muchísimo armar una comunidad y conectar. [Me gusta] ver cómo los caminos que uno ha recorrido o los aprendizajes que tenemos los puedes compartir con otras personas y también vas ayudando a que los otros puedan también mostrar sus trabajos. [Se trata de que] no se quede solamente en lo tuyo, sino que puedas conectar con otros para que se arme toda una escena y no sea solamente lo que tú haces”.
Cuando se la ve sentada, tan tranquila hablando de su obra y mira todo el historial que ha dejado sus casi treinta años de carrera, uno puede llegar a preguntarse cómo ha sido capaz de probar tantas facetas y ramas del arte. Ha pasado por el performance, el vídeo, la fotografía y la ilustración; ha sido curadora de premios y gestora cultural, tanto en Bogotá como ahora en la costa colombiana. Ante la pregunta de a qué se debía esa diversidad, María Isabel nos contestó que cada forma del arte mira las problemáticas de una manera distinta. Lo audiovisual maneja un lenguaje propio que dista mucho del performance, y su curiosidad es lo que la ha impulsado a intentar cada cosa que se le ha ocurrido, sin caer en el afanoso miedo al fracaso.
Al saber que se ha dedicado a tantas cosas, ¿cuáles dirías que son las lecciones más preciadas que le ha dado toda su trayectoria en el arte?
“Saber que finalmente yo he podido hacer lo que yo quiero, o sea, lo que se me da la gana. Básicamente que puedes vivir de eso. No es que sea una persona rica a nivel económico; podría serlo si quisiera, pero la libertad de que tú puedes decir y hacer lo que piensas y que eso lo puedes mostrar y que hay unas personas que lo escuchan y lo reciben trae también mucha gratificación, ¿no? Que si tus ideas son escuchadas en el mundo, eso a nivel personal es muy gratificante. Todas las personas que tú conoces, a los que tú fotografías, los que dibujan contigo, los artistas que conoces, los gestores, toda esa comunidad… Al final de toda la historia de la vida uno se da vuelta para atrás y dice: pues he tenido una buena vida”.
María Isabel Rueda termina esto con tranquilidad y una cauta sonrisa. Mi compañero y yo nos miramos y sabemos que de su mano hay esperanza para el resto de artistas en esta ciudad.
Para ver más acerca de los trabajos de María Isabel Rueda puedes consultar su página web. Si quieres estar pendiente a sus próximos proyectos o novedades puedes seguirla en su cuenta de Instagram.