Por: María Pérez Polo, Juanita Valencia y María Tomas
— ¡El Tiempo! — Se escucha a lo lejos el grito ahogado de Álvaro en esa esquina.
En el paseo Bolívar suceden cosas todos los días. El que ha ido, sabe que se escuchan los pasos de la gente, las voces a lo lejos, las promociones en los megáfonos. Que se huelen el olor de la sopa que acaban de servir, los mangos del puesto de la esquina, el agua sucia en la calle. Que se sienten la gota de sudor que recorre el cuerpo, el viento que llega de vez en cuando a la nuca, el afán de no ser robado. Pero personas que están desde que la catedral no era la Metropolitana María Reina y Auxiliadora de Barranquilla, sino la parroquia de San Nicolás de Tolentino, tienen historias por contar.
“Yo…yo soy patrimonio del paseo bolívar…son 70 años mija” dice el señor Álvaro Alfonso Iglesias, sacando las palabras de su boca como una radio antigua que está a punto de apagarse. Sentado en la esquina de la calle 34 con carrera 43, en el corazón del paseo bolívar, todos los días vende el periódico del día, así como libros, revistas, y libretas para colorear. Con su particular boina gris, y su chaleco de voceador, desde el año 55 con 8 años de edad emprendió su camino en la universidad de la vida, y hoy, a sus 78 años, sigue aprendiendo.
Su día empezaba a las 4 de la mañana, primero en la plaza de la paz y de ahí “bajaba” al centro, pero las ventas no han sido como las de 1985, y ahora, con las fuerzas que le permite el cuerpo, llega a las 7 de la mañana a su puesto y allí se queda hasta las 5 de la tarde, que es cuando decide volver a casa. A las 12 en punto da el reloj y con eso marca el mediodía, momento que escoge para comer algo. A dos puestos de él, una señora sirve el corriente del día, que se come hasta dónde puede. Una cirugía de corazón abierto le obliga a tener cuidado desde hace ya 3 años y a hacerse la comida en la casa, pero este es el momento en el que disfruta sin pensar más.
Cuando está muy cansado, o el día no ha sido tan bueno, decide echarse un sueñito hasta la una. Muy a veces hasta las dos. En su techo improvisado y una sillita “rimax” de color blanco (ya amarillo), se pone a hablar para enterarse de algún cuento, recordar el pasado, o solo pensar mientras el bullicio pasa como si nadie lo viera. Amigos tiene muchos, conocidos incluso más, pero ya la mayoría venden otra cosa. El vendedor abonaba hasta 6 centavos por periódico vendido, un verdadero negocio, e incluso, por medio de un convenio lograban tener atención médica. José Escudero y Osvaldo Acuña, amigos desde hace más de 40 años del señor Álvaro y miembros del sindicato, recuerdan los viejos tiempos casi con la facilidad que tiene un niño de decir su color favorito, y pintan el centro de Barranquilla como un lugar totalmente diferente.
— Antes, mija…había como 15 voceadores solo en esta cuadra, y Alvarito siempre, muy atento, nos decía que el periódico tal, que mira allá…antes había esa familiaridad, esa ayuda, cero competencias y no se sentía uno como solo, sino que tenía con quién conversar…él fue el que me metió en esto, loco, pero siempre entregado a lo suyo” — dice Osvaldo mirando al horizonte mientras juega con una manilla desgastada con sus delgados dedos.
— ¡El Heraldo! — Ha gritado Álvaro durante toda su vida.
Desde las calles del barrio 20 de Julio, Álvaro amó tanto a su madre que a los 8 años salió a trabajar. Su corazón latió y late aún después de 78 años y un infarto al son del trabajo duro, las ganas de sacar a sus diez hijos adelante y el esfuerzo de toda una vida repartiendo periódicos y vendiendo libros.
A los 18 años, la señora Berta, mamá de Álvaro, bajó como la corriente del rio Magdalena desde Santa Ana hasta Barranquilla. Una maleta, un niño y un marido, que al final se convirtieron en solo una maleta, tres hijos y una gran responsabilidad. Por lo que a le tocó mandar a su hijo mayor a ayudar.

Los niños vendedores de periódicos, los “voceros” fue uno fenómeno central en el desarrollo de la prensa no solo en Barranquilla y el resto del país, sino alrededor de todo el mundo. Eran niños que generalmente venían de las familias más pobres y por un tiempo fue el oficio callejero típico infantil. Su papel no era solo como receptores de discursos, sino como sujetos activos en la industria.
Estos niños que a lo largo de los años se convirtieron en hombres llenos de historia, eran los que se encargaban de llevar la información a la mano de los lectores. De mano a mano se pasaban los pesos y si uno no tenía una noticia, después de unos cuantos pasos la ibas a encontrar — Si es que Álvaro no te recomendaba directamente quién la tenía seguro —. El promedio de ganancia diaria era alrededor de los mil a dos mil pesos, por lo que a le resultaba mejor continuar con la venta de periódicos.
Para otros no era así. Otros sí se salieron: año tras año.
En 1956 Álvaro volvió de prestar el servicio militar y con la libreta militar bajo el hombro presentó sus papeles en múltiples lugares donde le un amigo voceador le comentó que se iba a trabajar con la empresa ya que le ofrecieron 14 pesos semanales. Álvaro rechazó esta oferta, ya que para él no eran catorce pesos. Eran solo catorce pesos.
Con esto en mente, volvió a su oficina de trabajo. Esa pequeña caseta de madera cubierta de plástico que preserva conocimientos enjaulados en libros y las noticias del día a día.
—En esa misma caseta encontramos a Álvaro: — ¡Ve, Alvarito! ¡Un libro!
Ya no es lo mismo. Ya no se vende como antes el periódico, ahora prima en su negocio la venta de libros. La tecnología se ha llevado el arte de sentir el papel prensa en la mano y los centavos tintinear. Mucha gente se ha salido del negocio, algunos otros intentaron nuevos destinos donde encontrar nuevos lectores: la Plaza de la Paz. Estos lugares no eran lo mismo, Álvaro lo vivió en carne viva.

En la memorable avenida del Paseo Bolívar, aún quedan dos voceros además de Alvarito: José Escudero y Oswaldo Acuña. Así como él, ellos aún siguen. Aguardando la tan prometida indemnización que esperan recibir luego de tantos años haber abonado para este servicio, todavía no han visto la conclusión de él.
Y es que incluso cuando vender periódicos de mano en mano ya no se ve como antes, el trabajo de Álvaro se ha preservado tal cual lo ha hecho Paseo Bolívar. Esa caseta contiene la historia de 78 años de los voceros en Barranquilla. Sobre esas mismas calles nació el sindicato de voceros, fundado en 1953. Fue la voz organizada por jóvenes, adultos y niños quienes, a pie, y con periódicos bajo el brazo, tejían las rutas de información por las calles de Barranquilla. Ser parte del sindicato era tener un lugar en el mundo…Y Álvaro, con apenas 15 años ya lo tenía.
— ¡El Nacional! — Regresa a su hogar luego de horas de vocear.
Al final de la jornada, Álvaro regresa a la misma casa donde ha vivido toda su vida. En la Ciudadela 20 de Julio, entre callejones polvorientos y techos de zinc que crujen con el sol, se alza su hogar: una casa humilde, de paredes naranja pálido, pintadas hace ya tantos años que el color parece un suspiro viejo pegado al concreto. La puerta, enrejada con hierro forjado, guarda en su interior más que objetos: guarda historias. Adentro, el aire huele a los años, a sopa recién hecha y a oraciones.
En las paredes cuelgan fotografías de su esposa, que se fue antes que él, pero que permanece en cada rincón de esa casa que también compartió con su madre. Al lado de las fotos, hay cruces pequeñas de madera, colgadas con clavos torcidos, que vigilan los días y las noches. No hay lujos, pero sí memoria. El piso de cemento limpio, los muebles sencillos, y esa silla en la que a veces se queda dormido mirando la televisión que ahora solo usa para oír voces, como si aún conversaran con él. Allí, cada grieta es un recuerdo, cada objeto una herencia. La casa se siente como él: antigua, cansada, pero firme.
Afuera, el mundo ha cambiado. Y Álvaro, desde la trinchera del Paseo Bolívar, lo ha visto todo: el paso de las generaciones, el cambio de las monedas, la desaparición de los lectores. Ser vocero hoy es un acto de resistencia, de amor a un oficio que se niega a morir.
—Esto ya no es como antes. Pero uno sigue, porque si no… ¿qué hace uno?
Hoy, ser vocero ya no es solo vender periódicos. Es cargar con una historia que pocos quieren escuchar y que muchos han olvidado. Álvaro, con los años marcados en las manos y el tiempo hablándole en la espalda, representa un oficio que resiste el paso de los días con dignidad. Aunque los lectores sean menos y los centavos no suenen igual, él sigue en su esquina, como quien cuida una llama pequeña en medio del viento. Porque mientras haya alguien que escuche, alguien que lea, y alguien que aún grite “¡Periódico!” con el alma, la historia de los voceros —y la de Álvaro— seguirá viva.