Por: Arytsha Aholibama
Cristo García Tapia recuerda que a los diez años acompañaba a su padre a las faenas agrícolas, y regresaba a su casa con la piel chamuscada por el sol y el cuerpo exhausto. Su madre, Josefa Tapia, lloraba al verlo así.
—Mamá, ¿por qué llora? —le preguntó Cristo una vez con lágrimas en sus ojos azules.
—Ay, mijito…Tan lindo, blanquito y con esos ojitos achicharrados. Mira cómo te tiene el sol—le dijo ella.
Fue entonces cuando él, con una osadía temprana, decidió que el campo, el machete y el burro, no serían su destino. Juntó valor y le dijo a su padre: “Me voy a vender tomates y berenjenas por las calles de Sincelejo”. Y con esas palabras dio el primer paso hacia el camino que lo llevaría a la literatura.
Entre el calor sofocante del sol veraniego, la brisa suave que acaricia los cultivos de yuca, berenjena y maíz, el aroma a boñiga de vaca y de la leche recién ordeñada -así como el llamado de don Jaime vendiendo “boli, chicha, empanada y buñuelo”- despiertan cada mañana a las más de 2.000 familias que habitan el corregimiento de Chochó, el más grande de Sincelejo, el terruño que le dio vida al poeta.

En este pedazo de suelo, el canto de los gallos se funde con el sonido de los trombones, el clarinete, el tambor y los platillos, creando una melodía que penetra hasta el alma y hace bailar a los habitantes de este pueblo vibrante. Diecisiete años antes de la fundación de la afamada Banda Juvenil de Chochó, en 1951, nació en una familia campesina ese niño que pronto descubriría que las palabras podían ser refugio y resistencia.
La infancia de Cristo estuvo marcada por la poesía que su madre le enseñaba en las efemérides de la escuela primaria Miguel Antonio Caro: versos patrióticos que, empezaron a despertar en él la vocación de escribir. Desde entonces, la poesía se convirtió en la posibilidad de volver a la niñez, a ese “periodo dorado que ojalá nunca sea superado ni olvidado”, como él lo define; pero al mismo tiempo, en la posibilidad de retratar la realidad del Caribe.
La carta que cambió su destino
Las horas transcurren, y Cristo las pasa en el balcón de su casa, leyendo y escribiendo en momentos de inspiración. A sus 73 años, con su cabello y vellos de los brazos ya canosos, sentado en una mecedora de bejuco, viste una camisa blanca con las mangas cortas y con su característica voz pausada, cuidando cada término, cuenta como soñaba con estudiar en el colegio Antonio Lenis de Sincelejo, aunque sus padres le repetían una y otra vez, que “los pobres no pueden estudiar”.
Entonces, en un acto de audacia, escribió una carta al cura español Isaac Rayón, uno de los cinco que recién había llegado de España a regentar la Parroquia del barrio Majagual. El mensaje fue leído en un programa radial, lo que se convirtió en la llave de su futuro. Aunque el padre Isaac fue deportado, la solidaridad lo encontró: el padre Francisco Rubalcaba y, luego, la familia Chadid de Fara lo acogió como a un hijo. Con ellos no solo pudo cumplir su sueño de estudiar el bachillerato, sino que también aprendió el valor del compromiso, solidaridad y gratitud.
Entre poemas y columnas
—¿Cuál es su mayor logro?
—Todos los momentos han sido importantes— responde mientras escoge el libro Cien años de soledad entre la gran cantidad de libros que reposan en los estantes de su biblioteca.
—¿Lo conoció? A Gabo.
Con una sonrisa, que dibuja las arrugas cerca de sus ojos, con parpados ya caídos, abre el libro en la primera página, en la que se distingue una cuidada caligrafía que dice: “Para el poeta Cristo García Tapia, de su amigo, Gabo”. La relación de ambos escritores comenzó como una colaboración profesional, pero con el paso de los años y encuentros casuales, se transformó en algo mucho más fuerte. Para él, Gabriel García Márquez, el famoso escritor colombiano, es un ejemplo literario.

Cristo García Tapia es un hombre polifacético. De jornalero precoz y vendedor de verduras a estudiante universitario, graduado en filosofía y letras y, más tarde, a gerente de La Suramericana de Seguros, empresa en la que trabajó hasta pensionarse. Pero nunca dejó de escribir. Su primera columna apareció en el diario El Universal de Cartagena en 1980, y tres años después publicó su primer poemario, Salutación y tedio. Desde entonces, su obra no se detuvo: seis libros de poesía, uno de crónicas periodísticas, cuatro antologías y una trayectoria como columnista en la revista de “El Espectador”, Diario del Caribe, diario “El Universal” y la revista digital “Las Dos Orillas”. El poeta siempre supo lo que quería hacer.
—Cristo siempre desde niño estuvo muy encaminado en las letras, la tenía clara— afirma Francisco Mateo Flórez Contreras, amigo de la familia perteneciente al corregimiento de Chochó.— Es echado pa’ lante, y tiene un carisma innegable, que estoy seguro, lo ayudó a cumplir su sueño.
—¿Qué tan a menudo ves al poeta?
—Bastante…él visita a su madre diariamente y no desaprovecha la oportunidad de caminar por el pueblo.
—Él está orgulloso de sus raíces.
—Y en el pueblo estamos orgullosos de él.
Cristo es inspiración para Chochó, un lugar que ha visto nacer y crecer a tantos artistas. Si él llegara a tomar la decisión de no escribir más, perderíamos la oportunidad de seguir leyendo esas ideas tan innovadoras que solo a una mente como la de Cristo García Tapia se le podría ocurrir. Tendremos que aceptar eso, sin embargo, siempre lo seguiremos leyendo, porque sus textos prevalecerán con el tiempo.
Es propio de él, expresar sus emociones con llanto
—La poesía es el arte de convertir las emociones en palabras y las palabras en eternidad—dice Cristo mientras observa las pinturas que adornan su hogar.
Sus amigos lo describen como un hombre sensible, de carácter fuerte, pero amoroso en la intimidad. “Expresa sus emociones con llanto”, dice Francisco Mateo Flórez Contreras, porque en él la fragilidad nunca ha sido signo de debilidad, sino de humanidad. Respeta la palabra, cuida el ritmo de cada frase y, aun en tertulias de parque o en entrevistas televisivas, habla despacio, como quien sabe que cada letra es un tesoro.
Sentado en el comedor, abre con calma los álbumes repletos de fotografías y recuerdos de su familia y amigos. Sus manos, marcadas por los años, acarician cada página como si fueran hojas sagradas; sonríe al detenerse en las reuniones familiares donde la música nunca faltaba, y en aquellas tardes de poesía compartida con amigos entrañables. Mientras señala una foto, comenta con orgullo las historias detrás de cada rostro, relatando anécdotas que todavía lo hacen reír.
En su vida han sido determinantes tres mujeres: su madre Josefa, que sembró en él la poesía; Diva Chadid de Fara, la madre alterna que lo rescató de las imposibilidades de la pobreza; y Betty García, su esposa desde 1978, musa y compañera de camino en la vida. Con ella ha compartido alegrías y dificultades. Betty no solo ha sido testigo de cada uno de sus logros, sino también sostén en los momentos de mayor adversidad, animándolo a no rendirse cuando las puertas parecían cerrarse. Ha sido la primera lectora de muchos de sus poemas, su consejera y la mujer que supo acompañar al hombre detrás del poeta.
Un legado nunca olvidado
En Sucre y en Colombia, Cristo García Tapia es considerado un referente cultural. El Congreso de la República lo reconoció con la Orden de Caballero en 2005; la Compañía Suramericana de Seguros le otorgó la Medalla al Mérito Suramericano de 1997; en 1985, la OEA le otorgó una beca en Costa Rica.
Su obra ha sido leída y estudiada en escuelas y universidades. Pero más allá de los premios, lo que permanece es la huella en su tierra y en su gente.
“Cristo es el rey de Sucre en la poesía”, asegura el periodista sucreño Manuel Medrano, ganador de cuatro Premios de Periodismo Mariscal Sucre y cuatro Premios de Periodismo de la Alcaldía de Sincelejo, reconocido con la Medalla de Honor de la Gobernación de Sucre por su contribución al buen periodismo y autor de los libros Pido la palabra y En Voz Alta.
Para Antonio Hernández Gamarra, exministro de Estado, Contralor General de la República, docente de la Universidad Nacional, de los Andes, Valle y externado, la voz de Cristo García ha sido clave en la defensa de la paz: “que nadie combata la pobreza con fusiles, que nadie defienda su riqueza con fusiles”, dijo Hernández Gamarra, que cita lo escrito alguna vez por el poeta.
Hoy, con hijos, nietos y todo un legado que lo acompañan, sigue escribiendo como aquel niño que soñaba con estudiar el bachillerato. Porque, en su propia definición, ser poeta es trascender lo cotidiano, volver una y otra vez a la infancia, y desde allí iluminar la vida con palabras.
En Sucre se destacan entre otros tantos poetas, los sucreños: Héctor Rojas Herazo, y Jorge Marel, nacidos en Tolú; Giovanni Quessep, de Sincelejo; Miguel Iriarte Díaz-Granados, natural de Sincé; Ignacio Verbel Vergara y José Ramón Mercado. Estos escritores han sido reconocidos por su contribución a la literatura colombiana, abordando temas diversos con una evolución desde el modernismo hasta las poéticas urbanas actuales.
“En mi caso, no soy sino la infancia que va y viene por el patio que llevo como un caparazón que me protege contra la corrosión temporal, contra la neblina del olvido que acecha en los confines cada vez más próximos de otra edad”.
Cristo García Tapia, El versionista, Multigráficas, Sincelejo 2005.