Por: Jennifer Acosta, Lorna Campo y Juan Sebastián Giraldo
El timbre suena en la escuela y, de inmediato, como si de un huracán se tratase, los pasillos se llenan. La institución, que en momentos de clase se sentía tranquila, se transforma en un torbellino de pisadas, risas y voces.
En segundos, el Instituto Técnico Distrital del barrio 7 de Abril se revoluciona: los niños corren hacia el patio, comparten meriendas y juegan entre sí con una energía contagiosa. A primera vista, el lugar parece pequeño, pero basta recorrerlo para descubrir laboratorios de química y biología, una biblioteca, una cancha múltiple, comedor y hasta una capilla. Cada rincón revela el esfuerzo por ofrecer una educación completa en medio de un contexto que, por la zona donde está ubicado, podría parecer adverso.
Al otro lado de la ciudad, y a una hora distancia, en el colegio privado J. Vender Murphy, las clases de historia y filosofía despiertan entusiasmo en los cerca de mil estudiantes matriculados. No solo por el contenido, sino por la cercanía del profesor, que además funge como coordinador y se ha ganado el afecto de los estudiantes.
Afuera, en contraste con la vitalidad del salón, los pasillos permanecen silenciosos; las oficinas de los directivos están cerradas y la recepción se siente desierta. En los pisos inferiores, el ambiente cambia: los pequeños de preescolar disfrutan del descanso en el parque, entre juegos y risas, mientras que los mayores, en sus propios recreos, se dispersan por salones, cafetería o cancha, cada grupo encontrando su lugar en la rutina escolar.
Estas dos instituciones, sin embargo, son dos ejemplos que han sabido bandearse respecto de una realidad más amplia en Barranquilla, pues resulta que entre 2022 y 2023, los colegios de la ciudad perdieron 2.000 de sus estudiantes. Un problema que se agravó el año siguiente, es decir, entre los años 2023 y 2024, cuando esa pérdida llegó a 7.000 estudiantes. Eso contra el hecho de que entre 2018 y 2023, se matricularon 267.718 niños, niñas y adolescentes en la red educativa de la ciudad.
Es lo que se manifiesta en el más reciente Informe de Calidad de Vida de ‘Barranquilla, cómo vamos’ según el cual, la deserción escolar creció después de la pandemia, y la repitencia en básica secundaria supera hoy el 5 por ciento. Los niveles más altos de deserción se encuentran en preescolar, mientras que desde 2020 hasta la presente, la repitencia en secundaria no baja de esa cifra.
Sin embargo, tanto el Instituto Técnico Distrital Jesús Maestro como el Colegio J. Vender Murphy han logrado mantenerse por fuera de esas tendencias negativas. El primero, a pesar de ser un colegio público y pequeño donde estudian 905 alumnos, se reconoce como el mejor de la zona.
Su problema no es la deserción, sino la alta demanda: más niños buscan cupo de los que pueden aceptar. “Somos muy afortunados —dice Linda, la recepcionista— porque la comunidad alrededor trabaja duro para que los estudiantes se mantengan dentro. Los casos de deserción casi siempre se dan por otras circunstancias, como los de algunos estudiantes migrantes que no logran terminar sus documentos”.
“La institución cuenta con recursos suficientes para garantizar clases de calidad y aunque no es muy grande, resulta acogedora para los estudiantes”, señala a su turno de Biología y Química Adolfo Cabrera. Habla con firmeza. “Además, el colegio trabaja con una población de inclusión -agrega con voz de orgullo sereno-. A ellos se les brinda un acompañamiento especial mediante estrategias pedagógicas adaptadas, con el apoyo de la psicóloga institucional y de una profesional enviada por la Gobernación del Atlántico”.
“Fue duro”, dice el coordinador Joaquín Ariza al recordar el 2020. “Era de esperarse que a los estudiantes no les fuera tan bien, especialmente por las dificultades con el acceso a internet en la zona. Con la pandemia, el puntaje global del colegio descendió y bajamos a la categoría B. Pero esa tristeza no duró mucho, porque seguimos avanzando y trabajando; y a partir de 2023 logramos recuperarnos y regresar a la clasificación A”.
Agrega que, desde preescolar, los estudiantes son preparados con exámenes tipo ICFES, para familiarizarse con el formato y enfrentar con confianza las Pruebas Saber. “Y estamos en el proceso de subir a la clasificación A+”, señala.
El Colegio J. Vender Murphy, en cambio, responde a un modelo educativo distinto. Desde preescolar, los niños aprenden matemáticas, ciencias naturales y sociales en inglés; solo castellano, literatura y gramática se imparten en español. En bachillerato, suman francés y, en los grados octavo y noveno, incluso latín.
Con un promedio de 26 estudiantes por salón, se respira un ambiente controlado, donde las lenguas extranjeras marcan la rutina académica. El colegio también se encuentra en la categoría A en los resultados de las pruebas.
Dice el informe de ‘Barranquilla cómo vamos’, con datos disponibles a 2023, que el 16,9 por ciento de los establecimientos educativos de la ciudad se encuentran en categoría A+; y 12,4 por ciento en A. En los colegios oficiales hubo una recomposición: de 2022 a 2023 aumentaron los establecimientos en categorías A, B y C, lo que pone en evidencia cómo Barranquilla se ha recuperado de las dificultades de la pandemia.
Desde dos esquinas distintas del ámbito educativo, tanto un colegio público en el barrio 7 de Abril como un privado en la vía a Puerto Colombia, Barranquilla demuestra que su futuro se sigue forjando en los salones de clase, donde cifras y contextos conviven con historias de esfuerzo, estrategias de resistencia y sueños que apuntan siempre hacia arriba.