Por: Isabella Vega, Fabián Useche y Julián González
Barranquilla es una ciudad de contrastes, de parques tranquilos y barrios de lujo que conviven con historias invisibles, donde la pobreza monetaria se muestra sin filtros.
Así pasa en el barrio Villa Santos, en la esquina de la carrera 57 con la calle 84 en el norte de la ciudad; o en cualquiera de las calles del sector de Riomar. Allí, la lucha por el día a día tiene nombre propio y rostro humano.
En Villa Santos, barrio conocido por sus calles arboladas y sus pequeños parques, vive “El Gato”, un hombre de unos 38 años que ha hecho de estos espacios su refugio cotidiano.
Su apodo nació porque, como los felinos que recorren los parques, él también vaga a la deriva buscando sobrevivir. Desde el amanecer se levanta de su colchón improvisado de cartones y empieza su rutina: recorrer las calles en busca de monedas o botellas reciclables.
Viste ropa vieja y rota, apenas suficiente para enfrentar el sol o las noches húmedas. Se sienta en un banco de cemento roto del parque, observa a los niños jugar, a las madres con sus hijos y a los vendedores montar sus puestos.
A veces ríe sin razón aparente, otras veces habla solo, y en su mirada hay una mezcla de soledad y resistencia. Para comer, depende de lo que le regalan o de lo que recoge en la basura.
Cuando la noche llega, se acurruca bajo cartones para intentar dormir, sabiendo que al día siguiente lo espera otra jornada de supervivencia, otra jornada como “El Gato”, invisible para el barrio que lo rodea.
Unos kilómetros más allá, la escena cambia, pero la lucha es la misma. En la esquina de la carrera 57 con calle 84 está David. Él tiene 36 años, pasa sus días limpiando vidrios en los semáforos.
Con su botella de agua enjabonada y un trapo, corre de carro en carro mientras la luz roja se lo permite. Algunas manos le dan monedas, otras lo rechazan. Al final de un día completo, su ingreso rara vez supera los 35 mil pesos.
Son dos casos que les dan cuerpo y alma a unas cifras desalentadoras. Dice el último informe de Calidad de Vida de ‘Barranquilla cómo vamos’ que, en la ciudad, la pobreza monetaria pasó del 34,7 por ciento en 2022, al 29,7 por ciento en 2024. Y que la pobreza extrema bajó de 11,2 por ciento a 9,2 por ciento.
Pero para David y su familia esos números no significan mucho. Vive con su hija de 8 años y la madre de la niña, que trabaja limpiando un local del barrio. Con lo poco que gana ella y lo que recoge David, sobreviven. Hay días en los que solo alcanza para arroz, huevos y leche, pero el alivio es que Mariana, la hija, estudia en una escuela pública donde recibe un almuerzo diario.
Al mediodía, David se sienta bajo la sombra de un árbol y come un pan con una gaseosa barata antes de volver a correr al semáforo. Piensa en su hija y en lo que podrá llevarle esa noche. Cuando regresa a casa, el abrazo de Mariana y el cansancio compartido con la madre de la niña le recuerdan por qué no puede rendirse.
Más al norte, la ciudad parece otra. Entre edificios de vidrio y portones eléctricos de Riomar, una voz rompe la calma de las calles: “¡Aguacate madurito, aguacate mantequilla!”
Es Alejandro Gallo, de 27 años, quien carga una canasta de aguacates surtida desde primeras horas de la mañana en la zona mayorista pública de Barranquillita.
Recorre a pie los barrios más exclusivos, ofreciendo fruta de puerta en puerta. Hace años soñaba con ser técnico en refrigeración, pero la adicción a las drogas lo empujó a la calle. Perdió el apoyo de su familia y los trabajos que conseguía. Hoy, con lo que gana vendiendo aguacates, puede reunir entre 30 y 40 mil pesos diarios, que a veces le alcanzan para pagar el arriendo de la pieza que alquila por noches en San Roque.
En los barrios del norte lo reconocen: algunos lo llaman por su nombre, otros apenas le devuelven una mirada indiferente. Cuando vende bien, descansa en el Parque Rosado y observa a la gente pasar. “Uno aquí siente que es invisible”, dice.
Sin embargo, sigue caminando porque sabe que, si deja de trabajar, se hunde. Sueña con ahorrar lo suficiente para montar un pequeño puesto fijo, dejar la canasta y, sobre todo, dejar atrás la droga.
Al caer la tarde, vuelve al sur con las monedas que le quedaron en el bolsillo. Algunas noches puede pagar el cuarto; otras, no. Mientras camina, piensa que su vida aún puede tener una segunda oportunidad.
Las historias de “El Gato”, David y Alejandro son distintas, pero comparten un mismo hilo: la resistencia diaria frente a la pobreza monetaria en una ciudad que sigue creciendo, pero donde muchos permanecen al margen.
Son los rostros de un problema que rara vez aparece en los discursos oficiales, pero que está presente en cada parque, cada semáforo y cada esquina de Barranquilla.