Por: Carmen Polo, Sofía Barrios e Isaac Madrid
El cuerpo de una mujer está totalmente desarrollado para concebir a los 20 años, de ahí para abajo ya es considerado, según la OMS (Organización Mundial de la Salud), un embarazo adolescente.
A primera vista, Dulce María* se ve como cualquier otra niña de grado once, con su piel oscura, ojos achinados llenos de curiosidad y una apariencia tierna; incluso aparenta ser un poco menor. Pero, después del colegio, llega a casa, y no hay escapatoria: la realidad está ahí.
Dulce María es una joven de 17 años y ya es madre de una niña. Quedó embarazada a la edad de 15 años. Al hablar con ella fue imposible no percibir su pena y, hasta podríamos decir, un poco de vergüenza al contarnos su historia. Con una mirada divagante, empezó a recordar aquellos días, deteniéndose en un recuerdo en particular:
—Yo todavía no sabía que estaba embarazada, pero sabía que algo estaba raro porque tenía retraso con el periodo. Un día entré a la casa de mi vecina y me dijo que tenía la barriga llena de huesos, yo me asusté y salí corriendo. Después de eso, le dije a mi mamá lo del retraso y ella me llevó a hacerme unos exámenes de sangre, y salieron positivos.
—¿Qué pasó por tu mente en ese momento?
—Estaba asustada, pero mis papás me apoyaron y, a diferencia de otros casos, ellos no me gritaron ni tampoco me echaron de la casa, sino que me dijeron que qué iba a hacer y esperaron a que mi pareja terminara el colegio. Él estaba en once, porque ajá, ya teníamos que pensar en trabajo para comprar los pañales.
Afortunadamente, Dulce recibió apoyo de su novio y hoy en día viven juntos con su hija; algo que muchas jóvenes en esta situación no experimentan. Las adolescentes tienden a quedarse solas en medio de este proceso lleno de responsabilidad e incertidumbre, como lo es prepararse para hacerse cargo de otra vida.
Dulce es un poco precavida y parece temerosa. Quizás porque preferiría, de alguna manera, estar en otra situación. “Nunca pensé en querer hacerle algo al bebé porque tenía miedo de que Dios me castigara después”. A pesar de su corta edad y sin tener muy claro todo lo que conlleva tener un hijo, se arriesgó y se convirtió en madre.
Aquella niña decía que era feliz, que su hija le arreglaba los días malos con solo escucharla hablar y con su compañía; no obstante, noté la duda en cuanto le pregunté:
—¿Si pudieras hacer las cosas diferente lo harías?
—Es una pregunta muy complicada porque, como te digo, mi hija me alegra los días; a veces que me siento mal ella me alegra con sus cosas, pero no sé… yo creo que sí.
—¿Sabías lo que eran los métodos anticonceptivos?
—Sí, yo sabía. En el colegio una vez vinieron a hablar del tema y pues eso se comentaba con los amigos, pero a mí me daba pena tener que comprar las pastillas en la tienda, porque me miraban raro o me decían que yo era apenas una niña. Mi pareja era el que me las compraba. Luego intenté con las inyecciones, pero a mí me dan miedo las agujas, entonces dejé de cuidarme.
La historia de Dulce María no es única. En Barranquilla los embarazos adolescentes son muchos: 1 de cada 5 embarazadas en la ciudad es adolescente, según datos de la Secretaría de Salud. Esta cifra parecía no ceder pese a los programas y políticas.
Entrar a las salas de parto de hospitales públicos en pueblos, veredas y en las zonas más vulnerables de las grandes ciudades en Colombia, era casi como pasar por cualquier pasillo de un colegio. Las camillas estaban llenas de rostros jóvenes como el de Dulce María: niñas con el vestido del quinceañero casi nuevo y una madre o una abuela que esperaba impacientemente que le confirmaran la llegada del nuevo bebé. Las cifras lo confirman. Entre el año 2001 y 2011 esta escena era aún mucho más común.
Sin embargo, algo comenzó a cambiar entre 2018 y 2024. Hubo una caída de más de 2.114 casos en niñas entre los 15 y 19 años que, según expertos, responde al esfuerzo intersectorial de salud, educación y programas comunitarios.
Las probabilidades de que una de aquellas madres fuera adolescente y perteneciera a una comunidad, sea indígena o negra, duplicaban las de otras edades y rasgos sociales. También era más probable que viviesen en zonas muy desfavorecidas, sin un acompañante estable, y que tuvieran afiliación al Sisbén y, en el peor de los casos, sin ninguna afiliación, ni siquiera al régimen subsidiado. La escuela se convirtió entonces en un lujo para muchas de ellas; en cambio, la maternidad parecía ser el destino para la gran mayoría.
No obstante, parece ser que esta realidad empezó a cambiar. Los números que durante los años anteriores parecían inmovibles y en constante ascenso comenzaron a ceder. En la capital del Atlántico, la curva descendente de embarazos adolescentes tomó por sorpresa a más de uno.
Los informes de Barranquilla ¿Cómo vamos? muestran que algo se movió en la ciudad. Las campañas de educación, mayor acceso a métodos de planificación, más conversaciones acerca de sexualidad en los colegios y un cambio cultural en la sociedad barranquillera responden a ello.
“Antes era aún más común ver a tres o hasta cuatro pelaitas de quince años en las salas de espera, todas embarazadas. Ahora, gracias a Dios y a los esfuerzos humanos, ya se ve un cambio significativo”, comentó la enfermera Nataly Quesada, que hace más de diez años trabaja en un hospital en el área metropolitana de la ciudad.
La tarea aún no acaba. Es importante resaltar que hoy tenemos más esperanza que ayer; todavía necesitamos seguir luchando contra este fenómeno para, por fin, poder darle la vuelta a la página.
*Nombre cambiado por solicitud de la entrevistada.