Por: Silvia Gallo, Isabella Losada y Vanesa Bravo
En el barrio Betania, en el norte de Barranquilla, cuando caía la noche, empezaba a escucharse el chirrido de las rejas al cerrarse. El eco de los candados retumbaba como un aviso: “nadie se quede afuera”. De nada valía estar ubicado cerca del Centro de Despacho de la Policía
En las esquinas, las motos pasaban despacio, con cascos oscuros que escondían rostros. Los vecinos sabían lo que significaban esas vueltas: cobros, advertencias, miedo.
Antes de conformar el actual frente de seguridad, el barrio comenzaba a apagarse temprano. Los niños jugaban solo hasta el atardecer, y los negocios cerraban antes de las ocho. Las luces amarillas de los postes alumbraban calles vacías, interrumpidas de vez en cuando por un grito o un portazo. El rumor de las extorsiones estaba en cada conversación de tienda: “a fulano ya lo llamaron”, “a mengano le pidieron plata”. Entre 2018 y 2024, las cifras en el área metropolitana de Barranquilla crecieron como una sombra: de 106 casos de extorsión reportados en 2018, pasaron a 892 en 2024.
Los homicidios tampoco se quedaban atrás. Desde 2022, cuando se registraron 368 casos, la violencia de muerte subió. Entre 2023 y 2024, hubo 98 homicidios más. Para los vecinos de Betania, esas cifras tenían carne y hueso: el muchacho que jugaba dominó en la esquina, el mototaxista que no volvió, la señora que ya no abrió nunca más su tienda.
Fue en medio de esa atmósfera que José Ramírez, conocido en el barrio como `El Pepe’, decidió reunirse con otros líderes del barrio. Todos estaban cansados de ese ambiente. No fue fácil conseguirlo: había desconfianza, miedo a que los señalaran; pero poco a poco más vecinos se sumaron. Así nació el Frente de Seguridad de Betania.
Lo primero que hicieron fue armar grupos de WhatsApp por cuadras. Después, instalaron alarmas comunitarias y organizaron rondas. Algunos se encargaban de vigilar cámaras, otros de acompañar a quienes llegaban tarde. Y lo más importante: empezaron a denunciar juntos.
—El secreto fue ese: ya no era una persona sola con miedo, éramos muchos hablando con la Policía y compartiendo pruebas —asegura Pepe.
—Antes la gente bajaba la cabeza y pagaba — recuerda—. Si no, te rompían los vidrios o te dejaban un papel en la puerta o te levantabas con las paredes marcadas por pintura en aeresol.
Con la llegada del frente, Betania empezó a sonar distinto. En lugar de sonar tan solo motores sospechosos, también empezaron a escucharse las alarmas comunitarias instaladas en varias esquinas. En lugar de calles solitarias, aparecieron grupos de vecinos caminando juntos, pendientes de lo que pasaba. Las rejas aún se cerraban, pero ahora se veía a la gente hablando entre sí y más confiados de salir de sus casas.
Las noches siguen teniendo silencio, pero ya no es el mismo. Hay charlas en las terrazas, risas que antes no se atrevían a salir. El fútbol volvió a jugarse en la cancha del barrio; la pelota ya rebotaba y hacía ladrar a los perros.
Pepe lo resume con sencillez:
—No es que todo se haya acabado. Siguen las amenazas, siguen los problemas. Pero ahora, cuando alguien golpea a uno, respondemos todos.
El barrio no se convirtió en un paraíso, pero ya no es la misma sombra que se veía años atrás. Entre los ruidos que vuelven a llenar el aire, Betania aprendió que la resistencia también se escucha.