Por: Sharina Torres, Alejandro Cepeda, Valeria Ibarra y María Fernanda Sotomayor
En Barranquilla, la gastronomía es mucho más que un plato servido: es tradición, encuentro y motor de turismo. Desde las sopas de Carmen Teresa en el Barrio Abajo, pasando por los chicharrones de la calle Murillo con carrera 19, los fritos de cada esquina, el bullicio del Patio de Ofelia y la feria ‘Sabor Barranquilla’, la ciudad abre sus puertas a locales y visitantes para mostrar que aquí la cultura también se saborea.
El Barrio Abajo no es cualquier rincón de Barranquilla. Sus calles conservan la huella del Carnaval y el pulso de la vida cotidiana. Allí, donde las fachadas muestran murales con máscaras, flores y rostros sonrientes, también funcionan pequeños restaurantes y fondas que venden más que comida: ofrecen identidad.
Quien llega como turista se encuentra con un ambiente que combina historia y sabor. El calor caribeño se mezcla con la brisa del río Magdalena y, en medio de ese escenario, surge el aroma de una sopa humeante recién salida del fogón. La gastronomía se convierte en un imán que atrae tanto a locales como a visitantes; y los platos tradicionales son el puente para conocer la cultura de la Costa.
En ese escenario trabaja Carmen Teresa, una mujer que lleva tres décadas de su vida dedicadas a la cocina popular. Hija y nieta de cocineras, aprendió en San Basilio de Palenque (Bolívar) los secretos de la leña y del guandul fresco. Ahora, desde su pequeño restaurante en el Barrio Abajo, mantiene viva una tradición tan importante como la música o la danza.
“La sopa tiene que conversar con el fuego”, repite con una sonrisa mientras recuerda las enseñanzas de su abuela. No se trata solo de cocinar, sino de darle tiempo al caldo, de dejar que los sabores se mezclen sin prisa, como quien cuenta una historia.
Uno de los platos estrella es la sopa de guandul con coco, preparada con granos frescos, ají dulce y leche de coco rallada a mano. Nada de ingredientes procesados ni apuros de cocina moderna. El secreto, según Carmen, está en el cariño puesto en cada preparación.
El sancocho de costilla es otro clásico. Cocido por casi dos horas, con yuca, ñame y plátano verde, logra un caldo espeso y una carne que se desintegra en la boca. Un detalle infaltable es el cimarrón, una hierba aromática que da el toque final y que, para los visitantes, se convierte en un descubrimiento.
Carmen recuerda con emoción la visita de una pareja de turistas europeos que, sin conocer el guandul, se arriesgaron a probarlo. El resultado fue un aplauso para la cocina local: “Me dijeron que era el mejor sabor del Caribe y hasta se llevaron la receta”, cuenta entre risas.
La historia de Carmen es también la historia de cómo el turismo en Barranquilla se alimenta de la gastronomía popular. Los visitantes no buscan únicamente recorrer monumentos o asistir al Carnaval; también quieren probar aquello que define a la gente del Caribe.
A chicharrón corrido
Sentarse en una mesa del Barrio Abajo es participar en una experiencia cultural completa: los colores de las paredes, la música del fondo y los relatos de las cocineras hacen de cada plato un viaje. El turismo gastronómico se convierte así en una oportunidad para conocer la ciudad desde adentro, lejos de los clichés y más cerca de la vida cotidiana.
Esa atracción la vive también Carmen De Angelis, una alegre mujer de 24 años que llegó desde Corleto Perticara (Italia) para estudiar en la Universidad del Norte. Hace tres años desembarcó en Barranquilla por un intercambio, y desde entonces ha recorrido restaurantes, fondas y puestos callejeros. Confiesa que, de todos, uno de sus favoritos es el establecimiento de chicharrones ‘Murillo la 19’: “Lo que me gusta no es solo lo crocante del chicharrón, sino el ambiente. La música, las risas, la gente hablando fuerte, todo eso hace que uno sienta vida”.
Carmen está tan enamorada de la ciudad que su pareja es barranquillera. Para ella, Barranquilla “te abraza”: no se queda en el cliché del Carnaval, sino que se mete en la cotidianidad, en el bullicio y en los sabores que no aparecen en una guía turística.
Lo que cuenta Carmen se manifiesta en las cifras del más reciente informe e ‘Barranquillla cómo vamos’ : la ciudad cerró 2024 con unos 1.569.000 visitantes, y se proyectaba superar los 1.650.000 al final del año, un récord para el turismo. Solo en el primer semestre de 2022, Barranquilla recibió cerca de 764.000 visitantes, un crecimiento del 83 por ciento frente a 2021. Muchos, como Carmen, llegan atraídos por la música y el Carnaval, pero se quedan fascinados con la comida.
Además, el arribo de visitantes extranjeros al Atlántico pasó de 57.238 en 2021 a 105.796 en 2024, un crecimiento que demuestra la consolidación de este departamento como destino turístico y cultural.
Fritangas y morcillas intocables

Pero la cocina barranquillera no vive solo en restaurantes. En cualquier esquina hay un puesto de fritos tradicionales: empanadas, carimañolas, buñuelos, arepas rellenas o bollos. Son la salvación de todos: del estudiante con poco dinero, del trabajador que no tuvo tiempo de almorzar, del turista que quiere probar lo popular.
Hace algunos años circuló un rumor de que se multaría a quienes comieran empanadas en la calle. La noticia fue desmentida, pero mostró lo sensible que es el tema: en Barranquilla, los fritos son intocables. Y es que forman parte de la identidad: se comen a cualquier hora, día o noche, después de una rumba o en la mitad de una jornada laboral.
Si se baja un poco más al sur, aparece el Patio de Ofelia. Allí, cada domingo, Ofelia vende morcillas y abre su casa a vecinos y visitantes. No es un restaurante ni un negocio formal; es un espacio de encuentro. Las mesas se llenan de gente que conversa, se ríe, comparte. El humo de la parrilla se mezcla con la música, y el patio se convierte en escenario de convivencia.
Ofelia dice que siempre sentirá gratitud tanto por quienes llegan de afuera como por los de su propia ciudad. En su patio no se trata solo de consumir morcilla a lo loco, sino de participar en una tradición que une, que acoge y que alimenta de muchas formas.
Y con Feria y carnaval
La gastronomía de Barranquilla también se proyecta en escenarios más grandes. Sabor Barranquilla 2025 (21 al 24 de agosto pasado). Esta feria gastronómica, la más importante de la ciudad, cerró con resultados históricos: cerca de 22.000 asistentes en cuatro días y ventas que alcanzaron los 2.400 millones de pesos, lo que representó un crecimiento del 47,45 por ciento frente a la edición de 2024.
Y no hay que olvidar al Carnaval de Barranquilla, otro motor que combina turismo y gastronomía. En 2024 generó unos 53.000 empleos directos y un movimiento económico de 850.000 millones de pesos en apenas cuatro días. En 2025, la fiesta convocó a cerca de 800.000 turistas de 15 países, dejando una derrama económica superior a los 880.000 millones de pesos.
Estos números no son casualidad. La comida popular se ha convertido en uno de los grandes atractivos de la ciudad, al lado de su cultura y sus festivales. Desde el Gran Malecón del Río, donde conviven restaurantes modernos con quioscos de comida típica, hasta los patios familiares, la experiencia gastronómica se entiende como parte integral del turismo.
Los visitantes quieren eso: autenticidad. Quieren probar un sancocho en una olla , morder un chicharrón en Murillo, comprar una empanada en la esquina, sentarse un domingo en el patio de Ofelia. Esa mezcla de lo formal y lo popular es lo que hace que Barranquilla se ubiqué muy bien como destino gastronómico y cultural.
Cuando a Carmen Teresa se le pregunta qué significa cocinar para tantos, lo dice con orgullo: “Aquí en Barrio Abajo no solo se llena la barriga, se llena el alma”.
Esa frase resume lo que significa la gastronomía en Barranquilla: un acto de hospitalidad que conecta a locales y visitantes. Porque un buen plato de sopa no es solo comida: es identidad, es legado, es memoria viva que se resiste a desaparecer.
La ciudad se mueve al ritmo del Carnaval, pero también al compás de las cucharas que baten un caldo y de los fogones que nunca se apagan. El Barrio Abajo, con sus aromas y sus voces, se convierte en un escenario donde el turismo y la gastronomía se dan la mano.
Barranquilla ya no es solo la ciudad del disfraz, la comparsa y la brisa caribeña: es un espacio donde la cocina callejera se mezcla con la alta cocina, donde lo tradicional se reinventa, donde lo local se vuelve internacional. Lo que comenzó como fogones sencillos en barrios humildes hoy se manifiesta en cifras que hablan de millones de visitantes, en avenidas transformadas, en puertos, parques, ferias, mercados, patios abiertos al sol y a los olores.