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Por: Javier Franco Altamar

Colaborador de El Punto

Por su voz semejante a los acordes de un mal de estómago, no es para nada complicado imaginar el calibre de la prestancia lírica que tendría la marimonda si le diera por cantar.

Aunque, a decir verdad, si volteáramos un poco la idea para calentarla por el otro lado, la hipótesis podría ser que, en efecto, la marimonda canta muy bien, pero a su manera. Y con un mínimo esfuerzo, podríamos hasta reconocer que lo suyo no es un intento fallido del habla, sino una verdadera expresión artística bucal, que esconde, bajo la aparente grosería flatulenta, los mínimos inefables del lenguaje poético.

Me refiero a que los poemas no buscan ser entendidos desde lo literal. La pretensión poética funciona al revés. El poema no está para comprenderse, sino para sentirse; y en el caso de que la palabra se deje atrapar en su significado inicial, las combinaciones del poeta la empujan hacia otras dimensiones. Y es justo aquí donde se supone que genera esas experiencias imaginativas imposibles de ser devueltas al lenguaje habitual.

Si le aplicamos lógica al asunto, es muy fácil apreciar ahora que el sonido de la marimonda cumple ese papel a la perfección, pero a diferencia de los poemas tradicionales o de la música misma, se brinca los trucos literarios y va directo al grano en su papel implacable de herramienta al servicio del perrateo barranquillero.

Mucho me temo que la actual presentación de la marimonda, con su vestido multicolor de chalequito y seda, no ayuda mucho al respecto. Incluso, más bien enreda las cosas porque en sus presentaciones actuales de comparsa y coreografía, los disfrazados bailan sobre un fondo de fandangos, porros y merecumbés.

Toda esta música de fondo -de la que hablaremos un poco más adelante- deja en segundo plano y hace innecesaria la voz singular de la marimonda. Puede que el portador del disfraz luzca el pito flatulento en los labios, pero será un elemento decorativo más, eclipsado por la percusión de platillos, redoblantes, bombardinos, bombos, trompetas y tubas de la banda musical que acompaña las presentaciones.

La metamorfosis al baile

como bien podrá comprenderse, el propósito de este acompañamiento musical no es amplificar el canto de la marimonda, sino orientar la coreografía de la danza, diseñada para que el portador del disfraz acentúe su actitud desordenada. En este caso, el portafolio de pases a su disposición es variado: puede simular orejas de conejo con las manos sobre la cabeza, caricaturizar el baile de Michael Jackson, saltar con los glúteos al piso mientras acciona unos remos imaginarios, levantar las piernas con la espalda al suelo simulando unas convulsiones, y algunos trucos más.

Es justo reconocer, por supuesto, que, si no fuera por esta metamorfosis de los nuevos tiempos de la marimonda, el disfraz hubiese desaparecido por completo.

Las marimondas actuales con la imagen de su creador a la espalda

Esta especie de resurrección se la debemos a César Morales Mejía, más conocido como ‘Paragüita’. como veo venir la pregunta, me adelanto: le decían así porque de joven, fue agredido en la cabeza con un paraguas por una enferma mental de la calle que le exigía la devolución de un supuesto hijo de ambos.

Morales murió a mediados el año 2018, pero dejó un legado enorme capaz de derribar fronteras de estratos sociales, porque los bailarines que se presentan por miles en su comparsa ‘Las marimondas del barrio Abajo’, vienen de todos los lados de la ciudad, y no hay personaje reconocido que no haya querido participar. Eso sí: se recogen la fálica máscara a lo alto de la cabeza, y dejan descubierto el rostro para que los reconozcan.

Una de las excepciones fue la cantante Shakiraquien se camufló con sus hijos en una de estas comparsas durante el desfile de Guacherna del 2025, y se escudó en el anonimato primigenio del disfraz para pasar inadvertida.

Porque era es la clave del disfraz original: el anonimato extremo.

La presencia de la marimonda

La estética no era lo más importante, sino la burla simbolizada: primero, ponerse un vestido entero -representativo de la elegancia de la gente pudiente- al revés, colgarse una corbata larga, calzarse las manos con unas medias y enfundarse una máscara como un capuchón.

Esa máscara se elaboraba con una bolsa de harina, se le abrían unos huecos para poder ver, respirar y dejar libre la boca, y se le rellenaban los bordes. Se le incorporaba una nariz larga como trompa de elefante, y unas orejas de cartón. Algunos aprovechaban esas orejas para pintar mensajes de protesta.

Un accesorio importante era la varita, a veces con un extremo sucio de excretas de perro, que se usaba para apartar a quienes, picados por la curiosidad, trataran de quitarle la máscara al disfrazado. Pero eso no era siempre así, porque ante el ataque inminente de la marimonda -en solitario, tríos o dúos- la víctima se reía y extendía unas monedas.

Esa actitud era la preferible porque el ataque de la marimonda no tenía misericordia. El arma principal era el ‘pea-pea’, es decir, el pito flatulento del que venimos hablando. El que hoy algunos llevan en las comparsas es de caucho y está sostenido por un tubito de plástico; pero en sus épocas iniciales, el mismo sujeto disfrazado lo elaboraba con restos de neumático: los cosía a mano uniendo los bordes largos, y el resultante era un tubito que se soplaba por una de las ranuras de los extremos.

El ataque era rápido y llamativo. Cuando escogía a su víctima, la marimonda se plantaba frente a ella a hacer gestos como de mimo mientras soplaba su ‘pea-pea’. El gesto más usado consistía en mover uno de los brazos como si estuviera planchando, anunciando lo que el otro merecía o lo que le esperaba si no soltaba algunas monedas 

No había nada más, ni convulsiones al piso, ni coreografía estudiada: puro perrateo, humillación selectiva, ataque frontal. Y de alguna manera, durante la puesta en escena, la marimonda le hacía entender a su víctima (por lo general, un caballero) que conocía sus secretos más íntimos y profundos. Para dejar constancia de eso, a veces bailaba frente al blanco de su burla con los brazos en jarra sobre las caderas, apoyados en las muñecas, y las palmas de las manos hacia afuera. Todo esto siempre acentuado por la fastidiosa e insistente flatulencia.

Pura creatividad a la antigua

Como ya hemos usado varias veces hasta aquí el término “perrateo”, es importante aclarar su significado antes de continuar.

Si se fijan bien, es una palabra onomatopéyica, es decir, imita el sonido de lo que designa, como ocurre con “bomba”, “zas, “hipo” “silbar” “rascar”, y varias otras más. Los lingüistas aseguran que las onomatopeyas, junto con las interjecciones, fueron dos de los mecanismos clave para la formación del lenguaje. En nuestro caso, la palabra “perrateo” imita el pito flatulento de la marimonda. No pierdan de vista que es el rasgo auditivo principal del disfraz primigenio, creado, justamente, para acentuar su tomadura de pelo, su burla persistente hacia personas o situaciones.

Podríamos hacer un listado interminable de acciones burlescas y todas nos llevarían a la palabra “perrateo”, o  al pito de la marimonda, o a su canto repelente, que es lo mismo. Y no olvidemos que, según se ha dicho con orgullo en escenarios humorísticos, Barranquilla es la capital mundial del “perrateo”. ¿Ya se dieron cuenta de que el contenido de la voz de la marimonda es complejo, profundo y mordaz? Con tanta disposición a la burla, no podría haber disfraz más barranquillero.

Las connotaciones sexuales

En un reportaje publicado por el autor de estas reflexiones en el año 2016el sociólogo bogotano Daniel Aguilar, por entonces docente en el programa de Comunicación Social en la Universidad del Norte, decía lo siguiente:

“Lo más lindo de la marimonda es el conjunto de rasgos de la máscara. Es evidente la connotación sexual frentera, y eso hace más autóctono el disfraz. Es un plus de ese ‘ethos’, es el sentido del humor que gira mucho en torno al doble sentido, a la connotación sexual, al juego.  Y eso se ve en la máscara: esa vaina uno no sabe si es un elefante, o un pene. ¿qué es eso? Es una cosa rara, pero tiene su imagen sexual, y eso representa ese sentido del humor caribe”.

Y agregaba que este tipo de humor es contrario al bogotano, más inclinado hacia la ironía. “Por eso, nosotros los cachacos pasamos aquí por hueseros. En el caribe, el humor es el jugueteo de las palabras. El mismo nombre del disfraz es un jugueteo donde aparece el órgano sexual en expresión compuesta y con el acento modificado, porque del primate no tiene nada”.

Claro: porque el disfraz de marimonda no tiene nada que ver con ese mono araña típico de Colombia y Venezuela, y cuyas habilidades para saltar de árbol en árbol inspiraron una grosera canción de los hermanos Zuleta.

En el jugueteo de nuestro personaje carnavalero, su voz, es decir, su canto, jugó un papel fundamental desde el principio. Pero justamente su repelencia lo fue alejando de las calles. Y ya para fines de los años 70 del siglo pasado y comienzos de los 80, la marimonda había desaparecido del mapa local. Por eso un barranquillero del barrio Abajo, hijo de un cruce entre valluno y antioqueña, y quien había sido, él mismo, portador del disfraz, se tomó como un propósito la idea de revivirlo: era ‘Paragüíta’, de quien ya hablamos líneas atrás.

La recocha es lo suyo

Cuando tuvo la idea, tenía 34 años y trabajaba como contador en la desaparecida Telecom. Se le ocurrió en la Noche de Velitas de 1983. “Dijimos: Nojoda, ya nadie hace disfraces de marimonda. Vamos a sacar una marimonda, pero, eso sí, vamos a aconductarla, a vestirla de seda, a ponerle lujo, y vamos a darle coreografía y orden. Algunos no querían caminarle porque la recordaban como un disfraz perrata, pero al fin nos pusimos de acuerdo, salimos 50 marimondas en los carnavales de 1984 y nos ganamos el Congo de Oro como mejor comparsa”, me dijo ‘Paragüita’ en el 2016, en la sala de su casa, rodeado de bolsas llenas de disfraces de marimonda.

Fue un comienzo de caché, aseguró. Se mantuvo el diseño de las facciones exageradas, la nariz fálica y las orejas de elefante con la incorporación de colores contrastantes. La tela esponjada reemplazó al cartón, y en vez de las prendas al revés, se diseñaron pantalones y camisas de seda, un chalequito o una chaqueta, una corbata colorida y zapatos suaves para la caminata, lo mismo que unos guantes blancos.

Se adoptó una presentación masiva básica rica en brincos, así como lo haría el primate del que tomó el nombre. A esa danza colectiva se le fueron incorporando los pases que ya hemos mencionado líneas atrás, y el perrateo original quedó transformado en una alegre y vistosa coreografía estimulada por la música típica del fondo.

El asunto se agigantó, y ahora los miembros de comparsa creada por ‘Paragüita’ -con sus hijas herederas al frente-, ocupan casi kilómetro y medio de baile y música cuando se organizan de tres en fondo a lo largo de la Vía 40, que es por donde transcurren los principales desfiles del Carnaval. 

La aparición de ‘Las marimondas del Barrio Abajo’ motivó el surgimiento de varias otras comparsas similares en otros lugares de la ciudad e instituciones. Todas, sin excepción, incorporaron fandangos, porros y otros aires autóctonos del Caribe para la coreografía. Eso consolidó la musicalización del disfraz y no tardaron en aparecer canciones en su honor. La lista, por cierto, es larga y escapa al objetivo de estas reflexiones. Baste con decir que la reina del Carnaval 2022, Valeria Charris, le apostó a la marimonda como tema central de su canción oficial. Y que nueve años atrás, su antecesora, Daniela Cepeda Tarud, le había dedicado a nuestro repelente personaje uno de sus videos instructivos de ‘Sígueme el paso’.

Quizás, con el paso del tiempo, el disfraz va ocupándose cada vez menos del pea-pea y abandone su canto para siempre. Todavía el disfraz lo conserva, pero su cambio a la danza ha sido muy fuerte y vistoso y quizás ya no lo necesita. Es el precio de este cambio que ha garantizado, no hay duda, su permanencia en el trono del Carnaval.

Pero afortunados serán quienes jamás se disfrazarán de marimonda, porque, de todos modos, el pito repelente de su voz no se ha marchado del todo. Más bien se ha ido masificado y ahora se adquiere en cualquier esquina de la época. Con lo que el canto de la marimonda está ahora más disponible que nunca para quien quiera emplear el lenguaje universal del perrateo sin emitir ni una sola palabra.

Escuche en este enlace, una versión dialogada en podcast

Comunicador social-periodista (1986), Magíster en Comunicación (2010), con 34 años de experiencia periodística, 24 de ellos como redactor de planta del diario El Tiempo (y ADN), en Barranquilla (Colombia). Docente de Periodismo en el programa de Comunicación Social (Universidad del Norte) desde 2002.

jfranco@uninorte.edu.co

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