Por: Joshua D. Cruz
Las brisas sobrantes de diciembre caminaban entre los bordillos, que pasaban desapercibidas bajo el inmenso solazo que abrazaba la Vía 40 entre las nueve y diez de la mañana. En paralelo con el día de San Valentín, no se regalaron flores ni chocolates, sino boleteo, sobres de guaro y electrolit para contrarrestar el fogoso abrazo de ese ícono declarado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad: la Batalla de Flores.
Cada rincón de la ciudad cambió aquel tono grisáceo característico de la metrópolis por amarillos, rojos y verdes que, al fundirse, dieron origen a un blanco inesperado que cubría las calles. No era la nieve de los inviernos del norte, de donde provenían algunos visitantes, sino el blanco espeso de la espuma, la maizena y la cerveza recién servida. En la capital del Atlántico cayó “lluvia con nieve”, no solamente porque el Junior es el actual campeón de liga, sino por el inicio oficial del Carnaval de Barranquilla.

La batalla no había empezado y ya estaba completamente saturada de gente, caminar no era solo chocar entre piel y piel, era también revisarte los bolsillos para no ser “tumbao” y asegurar el regreso a casa, el almuerzo del día o evitar volver a la registraduría. Cientos de personas anhelaban el acceso a primera fila del cumbiódromo, pero los palcos no solo dividían las carreteras de la ciudad o la libre movilidad, sino también, el estrato social.
No muy lejos de allí, mientras una marimonda hacía piruetas frente a los palcos, la inseguridad también desfilaba. A las afueras, una ciudadana fue atracada a punta de puñal cerca del mediodía. Los policías metieron el pique “a toda moral”, abriéndose paso entre la multitud, mientras las carrozas continuaban su recorrido con la indiferencia festiva de siempre.


Por ende, en la Batalla de Flores no solo se baila: también se aprende a sobrevivir entre el boleteo, la anarquía festiva y la calle.
Así como pasaban las horas, ocurrían mil y una cosas en compañía de carrozas, bulla y vacile. La presencia de Michelle Char se robaba la atención de todos los asistentes, los diablos arlequines con su fuego prendían la esencia de la festividad y cada disfraz, vestido y comparsa era más extravagante que otro. Por ahí a las cuatro y media de la tarde, la Vía se pintaba no solo de blanco espumoso y maizenoso, sino que era tomado por la carroza más “boleta” de todas, la gente.

Las vallas cambiaron su función de garantizar orden a ser un simple elemento decorativo, miles de personas se las saltaban y marcaban acto de presencia en todo el cumbiódromo. Personas de diferentes palcos se movían entre la calle y hacían parte de “la movida”, no importaba que tanto hubieras pagado por una silla, de una u otra forma, terminabas “tirando pata” con los artistas y bailarines en toda la Vía 40.
¿Problemas de logística? ¿de orden o seguridad? Sea cual sea el caso, lo que es claro es que independientemente del estrato, el carnaval termina manifestando su verdadero ADN como una festividad pública y popular.




Después de una tarde llena de colores, desorden, sudor y un sol “enguayabado”, la batalla concluye su florecimiento al lado de la cárcel “La Modelo”, donde los presos desde su “palco” presenciaban “el final” de la recocha, las carrozas estacionadas y “el cucayo” de esta olla de arroz blanco llamado Batalla de Flores.
No solo se veía el final del primer día de Carnaval o la dualidad entre el aire fresco de la ciudad y el estrecho espacio de una celda, sino la enseñanza y el regalo que nos permite disfrutar estos próximos cuatro días de festividad: la libertad.
No obstante, puede que “lo oficial” se haya terminado, pero la parranda aún sigue en cada barrio y rincón, “la Arenosa” se convierte en discoteca y los colores de las camisetas, las luces y los carros se fusionan para concebir la nieve blanca que cubre la ciudad de espuma, maizena y la estrella rojiblanca.

En Barranquilla nevó, porque cayó sabrosura, champeta y arte en forma de fiesta y blancura, que no solo es la unión de todo color y sabor, sino es también, la máxima expresión de amor, de aquel que lo vive… y lo goza.
