Por: Mariangel Rodriguez de la Hoz
Después de cuatro días de música, comparsas y desfiles que inundan cada rincón de la ciudad, Barranquilla amanece distinta. El bullicio del Carnaval da paso a un silencio simbólico: el Miércoles de Ceniza marca el inicio de la Cuaresma y el tránsito del goce colectivo al recogimiento espiritual.
Durante estos días, Barranquilla se permite una licencia específica para alocarse y dar rienda suelta a deseos que durante el resto del año permanecen contenidos. Entre música, excesos, baile y lujuria, desaparecen temporalmente las jerarquías y las diferencias sociales. El disfraz rompe barreras, los colores se toman las calles y el bullicio suspende la rutina del barranquillero promedio.
En una ciudad donde muchas veces se vive intentando encajar en estatus y apariencias, el Carnaval nivela. En Barrio Abajo, en un bordillo cualquiera, todos terminan cubiertos de maicena. Allí no importa el apellido ni el estrato, importa la fiesta.

En la Costa caribe colombiana esta lógica adquiere una fuerza particular. Como escribió Gabriel García Márquez en “El derecho a volverse loco” (1950), refiriéndose al Carnaval de Barranquilla:
“El Carnaval nos permitirá vestirnos, disfrazarnos en la forma en que secretamente lo hemos deseado durante los días ordinarios. Así, vestidos, como habríamos querido estarlo siempre, habríamos sido trasladados a un sanatorio. Ahora no. Quizá porque el ejercicio del derecho a ser loco es el único que nos permite sentirnos completamente normales”.
Con la llegada del Miércoles de Ceniza, la Iglesia recuerda la frase litúrgica: “Polvo eres y en polvo te convertirás”. Este gesto, con siglos de tradición en el cristianismo, no solo inaugura la Cuaresma; también introduce una dimensión de límite y finitud. Tras el exceso, aparece la conciencia de fragilidad. Tras la euforia, el llamado a la introspección.
Es interesante el contraste entre cómo se viven los días de Carnaval para los barranquilleros y la llegada del Miércoles de Ceniza. Incluso quien no faltó a ninguna fiesta asiste a misa para colocarse la cruz en la frente, marcando el Carnaval como una brecha temporal para desatar los deseos del ser humano, pero que no puede vivirse todos los días, porque entonces la locura dejaría de ser permiso y se convertiría en norma.