Por: Laura Moncayo
En el debate político actual es muy común escuchar que a cualquier político que habla “en nombre del pueblo” lo llaman inmediatamente populista. La palabra, se ha convertido casi en un insulto dentro de muchas discusiones. Sin embargo, pocas veces se comprende qué significa realmente el populismo y en qué se diferencia de la demagogia. Esta confusión hace que muchos debates políticos se queden en etiquetas y no en ideas. Y para el caso concreto del concepto “populismo”, siempre se emplee de forma peyorativa, llegándolo a usar como un equivalente de fascismo.
El populismo, en términos generales, es una forma de hacer política que busca conectar directamente con la gente. Un líder populista se presenta como alguien cercano al pueblo, que entiende sus problemas y que promete representarlo frente a los grupos privilegiados o de poder. En ese sentido, el populismo no debería ser definido a partir de las categorías de “bueno” o “malo”. De hecho, podría decirse que, en cierta medida, todo político es populista. Al fin y al cabo, la participación en política exige tener la capacidad de persuadir ampliamente a la ciudadanía, hablar en su nombre y obtener su apoyo. María Esperanza Casullo, en “¿Por qué funciona el populismo?”, advierte que el populismo es un fenómeno político de carácter discursivo, una especie de mito que enuncia —a través del mensaje político— quién es el héroe, el villano y el pueblo. El héroe, en todo mito populista, habla en nombre de “nosotros”, es decir, del “pueblo”. Mientras tanto, el villano (el adversario a vencer) es la élite (para el caso de los populismos sudamericanos) que goza de amplios privilegios que el pueblo no puede tener y es responsable de la “debacle” (crisis) en la que viven los menos favorecidos.
El problema aparece cuando esa conexión con la gente deja de basarse en propuestas reales y se convierte en una estrategia de manipulación. Ahí es donde aparece la demagogia. Aristóteles en “Política”, mencionaba a la demagogia como la corrupción de la democracia la cual abre camino a la tiranía. La demagogia ocurre cuando un líder promete soluciones fáciles a problemas complejos, manifiesta exactamente lo que la gente quiere escuchar aunque no sea posible cumplirlo o utiliza las emociones —miedo, rabia o resentimiento— para movilizar apoyo político y electoral. Mientras el populismo es un género discursivo propio de la lucha por el poder y la representación, la demagogia es el beneficio personal basado en la mentira generalizada.
Además, la demagogia suele apoyarse en discursos peligrosos que dividen a la sociedad. En muchos casos recurre a narrativas racistas, homofóbicas, sexistas o incluso neocoloniales para crear enemigos y ganar respaldo. En lugar de proponer soluciones reales, la demagogia simplifica la realidad y alimenta prejuicios que ya existen en la sociedad. De allí lo peligroso que resulta la identificación del migrante como el enemigo interno culpable de los problemas nacionales. Este fenómeno, hoy es encarnado en figuras como Marine le Penn quien ha defendido estas posturas al afirmar que “no podemos acoger toda la miseria del mundo”, reforzando así la estigmatización de los migrantes.
Entre populistas y demagogos, no todo populismo es demagógico, pero sí es cierto que algunos líderes populistas terminan cayendo en la demagogia. Cuando esto ocurre, el debate público se desgasta. La política deja de ser un espacio de discusión sobre soluciones y se convierte en un escenario de discursos vacíos, polarización y exclusión. Tal vez el problema no sea que los políticos hablen en nombre del pueblo —porque la democracia justamente se basa en eso—, sino que como sociedad muchas veces no sabemos distinguir entre quién intenta representar a la ciudadanía y quién simplemente aspira a instrumentalizarla. Entender la diferencia entre populismo y demagogia es fundamental para tener un debate político más crítico (y honesto además) y para exigir liderazgos que no se construyan sobre el miedo, el prejuicio o la mentira. Porque cuando la demagogia se normaliza, la democracia empieza a debilitarse.