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Por: Helmut Hasselbrinck

Mucha gente clama fervientemente la intervención de los Estados Unidos a Colombia. Esto ha
sido un tema que ha dado mucho de qué hablar por años, pero por ciertos hechos que han ocurrido
en los últimos tiempos (Por ejemplo, la captura de Nicolas Maduro en enero de este año) han
revivido esta tan acalorada discusión. Cuando ocurrió la intervención en Venezuela hubo una gran
polémica en redes sociales. Muchos aplaudieron a Trump, diciendo que es el único presidente con
la valentía necesaria para cometer ese acto tan rebelde pero efectivo, al “acabar” con una dictadura
que llevaba años causando sufrimiento a millones de personas.


Por otro lado, una gran cantidad de personas expresaron su descontento catalogando a Trump de
tirano, que no solo actuó por su cuenta, sino que puso en riesgo la vida de miles de personas y que
podría tener fuertes consecuencias en el futuro, incluyendo la posibilidad de invadir otros países.
Trump llamó a la calma diciendo que no había nada de que preocupar…

Cortesía: FRANCE 24

Eeeeeem…. Ya hablaremos de esto.

Muchos de los que defendían a Trump eran los venezolanos. Miles salieron a celebrar en
diferentes partes del mundo y no paraban de expresar su alegría en redes sociales. Llegó incluso
a sonar la frase: “Si no lo viviste, no puedes opinar”, lo cual tiene todo el sentido del mundo.
O sea, solo hace falta hacer un repaso de historia mundial… el holocausto, el atentado contra
las torres gemelas, el tsunami del océano indico. Pero ey, recuerden, si no lo vivieron no pueden
opinar. Esas son solo cosas que pasaron, no tenemos derecho a decir absolutamente nada.
Pero volviendo a Colombia, la situación actual es terrible. Terrorífica. La gente está asustada,
en todo el país hay extorsiones, asesinatos, y las guerrillas han crecido significativamente
causando un miedo constante. Esto genera demasiadas reacciones.


— ¡Necesitamos mano dura!
— ¡Otro intento de un tratado de paz!
— ¡Hay que construir cárceles como hizo el Buki!


¿Pueden creer que hay mucha gente que pide a Bukele en Colombia por el simple hecho de
que Maluma lo dijo en mitad de un concierto? O sea, sí, el man hizo “Borró Cassette” pero
tampoco… Bueno, es que él es el pretty boy, dirty boy… ¿de que estaba hablando? Ahh si, y
una de las que más se repite, es la de la intervención de los Estados Unidos, llamando a que
se lleve al presidente Gustavo Petro y nos dé una mano con la criminalidad.


Voy a hablar del asunto cubriendo hechos históricos y opiniones para sacar la conclusión de
que mucha gente tiene una visión muy simplista del conflicto. Vamos a repasar la increíble
“ayuda” de los Estados Unidos a diferentes países, no a todos, porque este articulo sería mas
largo que la lista de niños que han muerto en Gaza con la ayuda del gobierno estadounidense.

LA GUERRA DE IRAK (2003-2011)

Cortesía: El Periódico

Resumiéndoles, la guerra de Irak. Básicamente el presidente de los Estados Unidos un día se
levantó y empezó a decir: “¡Ey, Irak tiene armas nucleares y las va a usar para atacarnos! Fuentes:
Miami me lo confirmo”. Y todos dijeron: “No puede ser, ¡Eso tiene todo el sentido del mundo!
¡Esos árabes son el asco de la humanidad! ¡Hay que invadir Irak!”, y fueron para allá.

Bueno… El contexto como tal es que Estados Unidos seguía en estado de shock por los
atentados del 11 de septiembre de 2001. Fue un periodo oscuro: nadie entendía nada, y la
sociedad no solo estaba llena de miedo, sino también de rabia. Había una necesidad de
encontrar un enemigo, de señalar a alguien y saber quienes eran los responsables. Ahí es donde
entra el gobierno de George W. Bush. Su administración empezó a construir un discurso: Irak,
liderado por Saddam Hussein, supuestamente tenía armas de destrucción masiva. No solo eso,
insinuaban que podía haber vínculos con el terrorismo.

El problema es que esas “pruebas” eran débiles, dudosas o directamente falsas. Pero en un
ambiente donde la gente estaba asustada y buscando respuestas simples, ese discurso cayó
perfecto. Muchos medios lo repitieron sin cuestionarlo demasiado, y el miedo hizo el resto.
Para que se den una idea, tanto republicanos como demócratas estaban pidiendo la guerra a
gritos.

Entonces la narrativa fue más o menos así: “Si no actuamos ahora, nos van a atacar después”.
Y con esa lógica preventiva, en 2003 Estados Unidos y sus aliados invadieron Irak.

¿El resultado? Nunca aparecieron las famosas armas de destrucción masiva. El régimen cayó
rápido, pero lo que vino después fue mucho peor: el desmantelamiento del Estado iraquí dejó
un vacío de poder brutal. El ejército fue disuelto, las instituciones colapsaron y, de un día para
otro, millones de personas quedaron sin estructura, sin orden y sin futuro.

Cortesía: BBC

Ese vacío lo llenaron las milicias, los grupos insurgentes y el sectarismo. Irak se convirtió en
el escenario de una guerra civil no declarada entre suníes y chiíes, con atentados diarios, carros
bomba y una violencia que se volvió parte de la vida cotidiana (que fue lo que Estados Unidos
había jurado parar con esta invasión). En medio de ese caos, surgió ISIS, que llegó a controlar
grandes partes del territorio y llevó la brutalidad a niveles aún más extremos. Las cifras son
devastadoras: cientos de miles de muertos, millones de desplazados y una generación entera
creciendo en guerra. Pero más allá de los números, está la fractura social: un país dividido,
desconfiado de sí mismo, donde la violencia dejó de ser excepción para volverse norma.

Y hoy, más de 20 años después, Irak sigue pagando el precio. No está en guerra abierta como
antes, pero tampoco está en paz. Es un país con instituciones frágiles, corrupción profunda,
influencia extranjera constante (especialmente de Irán y Estados Unidos) y una población que,
en gran parte, perdió la fe en su propio sistema. Hay elecciones, sí. Hay gobierno, sí. Pero
también hay protestas constantes, crisis económicas, servicios públicos deficientes y una
sensación general de que el país nunca volvió a levantarse del todo.

Al final, más que una guerra por defensa inmediata, muchos la ven como una mezcla de
paranoia post-11S, intereses geopolíticos (como el control en Medio Oriente) y una narrativa
construida para justificar lo que ya se quería hacer. Y el resultado no fue seguridad ni
estabilidad, sino un país roto tratando, dos décadas después, de recomponerse.

GUERRA DE VIETNAM (1955-1975)

Cortesía: Revista Santiago

“Mi gente! ¡Vietnam se está volviendo comunista y si no hacemos algo TODO el mundo se
va a volver comunista!”

Y entonces dijeron: “Entonces hay que detenerlos antes de que sea demasiado tarde”, y
mandaron tropas al otro lado del mundo a pelear una guerra que no tenia nada que ver con
ellos.

El contexto como tal es que Vietnam ya estaba dividido tras la descolonización de Francia.
Por un lado, el norte comunista liderado por Ho Chi Minh; por el otro, el sur, apoyado por
Estados Unidos. Más que una simple “amenaza global”, era una guerra civil con raíces
históricas, coloniales y nacionales profundas. Pero en plena Guerra Fría, Estados Unidos lo
vio bajo su propia lógica: la famosa “teoría del dominó”, la idea de que, si un país se volvía
comunista, todos los demás caerían uno tras otro. Entonces decidió intervenir directamente.

El resultado fue una de las guerras más brutales y absurdas del siglo XX. Millones de
vietnamitas muertos, ciudades destruidas, uso masivo de napalm y químicos como el Agente
Naranja que dejaron secuelas hasta hoy. Y del lado estadounidense, miles de jóvenes enviados
a morir en una guerra que cada vez tenía menos sentido, generando una crisis social enorme
dentro del propio país.

Y al final, después de años de destrucción… Estados Unidos se retiró. Vietnam se unificó bajo
el gobierno comunista de todas formas. Su guerra no tuvo sentido, pero igual la razón por la
peleaban terminó ganando.

Cortesía: BBC

Hoy, Vietnam es un país estable, pero el costo fue monstruoso. Generaciones marcadas por la
guerra, traumas, daños ambientales irreversibles y una cicatriz histórica que todavía pesa.

Al final, más que una defensa de la libertad, muchos ven la intervención como un error nacido
del miedo, la ideología y la incapacidad de entender un conflicto ajeno. Una guerra en la que
una superpotencia intentó imponer su lógica en un país que tenía su propia historia y terminó
hundiéndolo en el proceso.

CHILE (1973)

En los ejemplos anteriores pudieron haber estado pensando: “mira mamerto, eso fue en Asia,
Latinoamérica es muy diferente”. Y bueno… sí, pero qué mejor que acabar con lo que pasó en
Chile en 1973.

Salvador Allende había llegado al poder democráticamente. No era una dictadura, no era una
guerra, sino que era un proyecto político elegido en las urnas, con reformas profundas que
incomodaban a sectores económicos y, sobre todo, a Estados Unidos en plena Guerra Fría.
Desde el gobierno de Richard Nixon, se promovieron estrategias para desestabilizar el país con
presión económica, apoyo a la oposición y respaldo a sectores militares. La lógica era evitar
que un modelo socialista democrático “funcionara” en América Latina.


El golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973. Bombardeo al palacio presidencial, muerte
de Allende y la llegada al poder de Augusto Pinochet. ¡DE PINOCHET!

Y lo que vino después no fue estabilidad ni libertad, esa si fue una dictadura de casi dos décadas.
Miles de personas asesinadas, torturadas o desaparecidas, censura total y un país gobernado
por el miedo. Hoy, Chile es un país democrático, pero esa herida sigue abierta. La memoria de
los desaparecidos, las divisiones políticas y el trauma colectivo siguen presentes. Porque
cuando se rompe una democracia desde afuera (o con ayuda de afuera), las consecuencias no
se van fácilmente. Al final, ni siquiera necesitas una invasión para cambiar el destino de un país
sino intervenir así sea un poco para que el caos y la violencia actúen por si solas.

Cortesía: El Espectador

Hoy no hace falta irse a la historia para entender esto. Está pasando ahora. En 2026, Estados
Unidos e Israel lanzaron ataques masivos contra Irán, con cientos de bombardeos en pocas
horas dirigidos a infraestructura militar, líderes políticos y objetivos estratégicos. La respuesta
fue inmediata, misiles y drones sobre bases, ciudades y rutas comerciales en toda la región.

El resultado no fue estabilidad. Fue escalada. Más de mil muertos, daños en infraestructura
civil, interrupción del comercio global, crisis energética y una región entera al borde de una
guerra más grande. Y lo más importante, el conflicto no resolvió el problema de fondo. Irán
sigue siendo un actor clave, la tensión sigue intacta y el riesgo de guerra sigue ahí. La historia
ya habló. Y lo mismo pasa con Venezuela, pero por razones distintas.

Venezuela no se volvió lo que es por una sola causa, pero sí es un ejemplo de cómo las crisis
internas, combinadas con presión externa, sanciones y aislamiento, terminan profundizando el
colapso en lugar de solucionarlo. No hay intervención mágica que arregle un país complejo.
Lo que hay son procesos largos que, cuando se fuerzan desde afuera, suelen romper más de lo
que arreglan. Por eso el argumento de “nos vamos a volver como Venezuela” para justificar
una intervención es contradictorio. Porque si algo muestra la historia reciente, es que, con una
intervención, es más probable terminar como Venezuela que evitarlo.

Lo más triste de todo es que, si estas intervenciones realmente sirvieran para algo, no solo yo,
sino que muchos las apoyaríamos y con razón. Irán, por ejemplo, es un régimen autoritario que
ha reprimido libertades básicas durante décadas. La imposición religiosa es extrema, al punto
de que las mujeres son castigadas (incluso algunas asesinadas) por no usar hiyab, persecución
a minorías y una ausencia clara de libertades individuales.

Venezuela, por su parte, ha vivido una crisis profunda marcada por pobreza, inseguridad,
hambre y el colapso institucional. El problema no es negar esa realidad. El problema es lo que
ocurre después. Estados Unidos interviene bajo el discurso de “liberar” pueblos, pero la historia
muestra otra cosa.

Cortesía: BBC

Hay conflictos que se alargan, sociedades más inestables y poblaciones que siguen sufriendo.
En el caso de Irán, décadas de intervención, sanciones y ataques han alimentado el
resentimiento interno y no han traído democracia ni estabilidad. Hoy incluso las acciones
militares recientes han agravado la crisis económica y social, con inflación descontrolada y
deterioro de las condiciones de vida. Entonces la pregunta no es si esos países tienen problemas.
Claro que los tienen. La verdadera pregunta es: ¿Las intervenciones los solucionan?

Y la respuesta, una y otra vez, parece ser no. Porque no eliminan el autoritarismo, no construyen
instituciones sólidas y no mejoran la vida de la gente. Muchas veces, solo cambian la forma
del sufrimiento o lo empeoran. Al final, el discurso de “liberación” termina siendo nada más
que eso. La realidad es que estas intervenciones no sirven para arreglar los países que dicen
salvar, y en muchos casos los dejan peor de lo que estaban.

Ahí es donde entra la mayor contradicción de todas. Los que piden una intervención de los
Estados Unidos son los mismos que se creen los más patriotas, los mismos que amenazan con
irse para Miami si llega a quedar la izquierda en la presidencia, son los mismos que apoyan a
Trump, aunque este nunca los dejaría quedarse a vivir en su país.

Y mientras tanto, se ignora lo más básico. Nosotros hacemos la droga y los gringos son los que
se la meten. El problema nunca ha sido solo Colombia. Nunca lo fue. Pero la solución que
algunos proponen siempre es la misma, que alguien más venga a resolverlo. Como si la historia
no hubiera dejado claro cómo termina eso. Somos mucho más inteligentes de lo que pensamos
y me duele que muchos no puedan verlo, aunque no lo parezca, yo siempre tendré la esperanza
de que Colombia puede ser un país mejor.

Somos una casa periodística universitaria con mirada joven y pensamiento crítico. Funcionamos como un laboratorio de periodismo donde participan estudiantes y docentes de Comunicación Social y Periodismo de la Universidad del Norte. Nos enfocamos en el desarrollo de narrativas, análisis y coberturas en distintas plataformas integradas, que orientan, informan y abren participación y diálogo sobre la realidad a un nicho de audiencia especial, que es la comunidad educativa de la Universidad del Norte.

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