Por: Maine Mallarino
«Otario, que andás penando
Sin un motivo mayor,
¿Quién te dijo que en la vida
Todo es mentira, todo es dolor?
Si tras la noche más oscura, sale el sol…»
—León Schwartz en Parque Lezama
Así comienza Parque Lezama (2026). La nueva película del ganador del Oscar Juan José Campanella, basada en la obra teatral del mismo nombre, puede parecer una propuesta simple: una comedia sobre dos ancianos hablando en un parque de Buenos Aires. Después de un paso fugaz por los cines argentinos, Parque Lezama ya está disponible en Netflix, su casa productora.
La película no tarda en presentarnos el espacio y a nuestros coprotagonistas, interpretados brillantemente por Luis Brandoni y Eduardo Blanco. Esta pareja dispareja, que vuelve para una última aparición —pues ambos representaron los mismos personajes en el teatro—, se gana nuestro corazón de inmediato gracias a su innegable química.

Antonio Cardozo, interpretado por Blanco, es la parte sensata del dúo. Nos enteramos de que se considera un ciudadano ejemplar, está un poco más que medio ciego y va al parque para leer el periódico con tranquilidad. En este afán, evita como a la peste al magnético y carismático… doctor Engels, psiquiatra. O, a lo mejor, Mobutu, del Ejército de Liberación de Ruanda.
El personaje de Brandoni, que termina por afirmar llamarse León Schwartz, es un mitómano descarado. Desde su primera aparición, anunciada con los versos de un tango, y hasta el mismísimo final, no deja de contar historias y cambiar su identidad. Sus mentiras — o ‘alteraciones’, como él mismo las llama— siguen el único código de ser convenientes en el momento: lo vemos pasar de líder mafioso a abogado sindical. Son él y su lengua quienes llevan esta historia por rutas ingeniosas y disparatadas.
Schwartz es un mentiroso que miente incluso sobre sus propias mentiras, dejándonos en un limbo total. Cuando intenta ser sincero, o al menos quiere que creamos que lo es, nos es imposible desenredar por completo la mentira de lo real. Lo peor es que, llegada la hora de la verdad, ni Cardozo ni el público quieren saber la diferencia. Su narrativa es tanto una forma de rebelión contra la sociedad como una filosofía de vida, haciéndolo un personaje cautivador.

Esta obra engañosamente entretenida deja a los protagonistas contarnos sus historias de vida, sus pesares y lo que hacen ahora. A través de situaciones cada vez más alocadas vamos conociendo más sobre los personajes y su relación con el mundo. Salen a la luz sus claroscuros y sus momentos contradictorios, pero también su risa. Mientras se forma una amistad, la trama avanza de forma dinámica, nunca lenta o pesada.
El final, más que revolucionario, es una metáfora del sentido mismo de la vida: lo importante siempre fue el viaje y no el destino. La continuación de las historias es lo único que podríamos haber pedido. El mundo no se corrige y las injusticias no se terminan, pero eso no significa que nada haya valido la pena. Por el contrario: todo lo hizo.

“¿Y qué tiene de fácil tener 80 años?”, pregunta Schwartz durante una de sus tretas. La frase engloba el espíritu de esta película, cuyos protagonistas luchan contra el avance del tiempo más que por gusto, por necesidad. Nos presenta la vejez como territorio de memoria, de creatividad y de cambio. Un territorio de resistencia contra la siempre igual sociedad.
Más que una postura política, la película presenta cómo dos vidas se entrelazan con muchas otras. Y cómo, incluso después de 80 años de ver al mundo cambiar ante tus ojos, la vida continúa. Incluso en un parque de Buenos Aires.
Y que la vida continúe en Parque Lezama.