Por: Javier Franco Altamar
Un homenaje a Barranquilla, interpretado por Pedro ‘Ramaya’ Beltrán, y creado por un hombre de radio, barranquillero de adopción.
Cuatro días después de conmemorarse la fecha en que Barranquilla fue erigida en Villa (han pasado ya 213 años de aquel 7 de abril) murió el rey de la flauta de millo Pedro ‘Ramayá’ Beltrán. Sin embargo, estos dos hechos no están solo relacionados por esa coincidencia temporal. En realidad, están vinculados desde hace varios años, y todo gracias a una ocurrencia del locutor Mauricio Rider Guao.
Hace muchos años, fue erigida en Villa.
Oh, cuanto yo amo, a mi Barranquilla.
Coro: es linda, es villa, que viva Barranquilla.
Así comienza, con repeticiones en cada línea, la canción Canto a Barranquilla, interpretada a ritmo de puya por ‘Ramayá’, en los mismos términos en que se le vino a la mente, una mañana de sábado, a Mauricio Rider. De eso ya hace un poco más de 10 años, asegura él.
Recuerda que eran cerca de las 7:30 de la mañana, y había resuelto cubrir a pie la distancia entre su sitio de residencia en el edificio Portal del Prado -a una cuadra del teatro Amira de la Rosa- y la vía 40. Allí están las oficinas de una empresa de gas natural que iba a inaugurar una estación de servicio en la vecina ciudad de Santa Marta.
Ese era el punto de encuentro con representantes de la empresa, y la idea era que él, como voz estelar de la cadena radial RCN, liderara una transmisión del importante evento.
“Era una mañana fresca con brisa. En el camino, vi el teatro Amira de La Rosa; el entonces Coliseo Cubierto Humberto Perea; el teatro José Consuegra Higgins, donde antes funcionaron los cines ABC; y la CUC, donde yo estudié unos años de bachillerato. Todos esos sitios fueron parte de mi adolescencia. En el Amira, yo hice teatro con Tomás Urueta”, recuerda.
Fue un golpe de nostalgia luego del cual se le ocurrió la primera estrofa de la canción. “Yo la iba tarareando mientras caminaba. Se me quedó esa estrofa nada más. Me demoré como 15 minutos caminando. Cuando llegué al punto de encuentro, la melodía seguía ahí”, dice.
Si le paramos bolas a la teoría de la resonancia del sociólogo alemán Hartmut Rosa, esta primera estrofa nos plantea el momento del afecto, es decir, el punto de contacto que pone a funcionar el proceso. Recordemos que la resonancia, según este autor, es una conexión profunda y afectiva con las cosas, con los entornos, con las personas con que tenemos contacto y hasta con Dios mismo o lo que consideremos trascendente.
El amor es una de esas conexiones afectivas, y la canción expresa un amor profundo por la ciudad desde el primer verso: “Oh, cuánto yo amo a mi Barranquilla”. Y todo eso va surgiendo mientras se entra en contacto con el entorno. Es la llamada respuesta de autoeficacia (es decir, el elemento activo del proceso que permite a los sujetos no solo ser afectados por el mundo, sino también influir en él), que va a quedar clara en el hecho de que la voz lírica responde a su vínculo con la ciudad mediante el canto.
Por otro lado, hay un especial énfasis en la recordación de que Barranquilla no fue fundada como ha ocurrido con muchas otras ciudades. Por eso, su fecha de cumpleaños corresponde al momento de su erección en villa, es decir, cuando dejó de ser una localidad costera o sitio, para convertirse en villa capital del departamento de Barlovento o Tierra Adentro. Fue una decisión de Manuel Rodríguez Torices, presidente gobernador del Estado de Cartagena de Indias, en reconocimiento al amor y patriotismo demostrado por esta población en la causa independentista.

Pero regresemos a la historia de la canción:
Al día siguiente, luego de cumplir sus obligaciones en Santa Marta, Rider regresó a Barranquilla con la melodía dándole vueltas en la cabeza; y ya en la calma de su apartamento, se puso a trabajar en el resto del tema.
Le canto a mi pueblo de mi Barranquilla.
Y el equipo Junior: huy, qué maravilla.
Coro: se vive, se siente, el Junior está presente.
El equipo Junior, representante de la ciudad en el torneo colombiano de fútbol, uno de los referentes simbólicos de Barranquilla, no podía faltar, y fue lo siguiente que vino a la cabeza de Rider. Lo de “qué maravilla” es una expresión impuesta por el famoso locutor deportivo Edgar Perea, cuando cantaba los goles del equipo.
A estas alturas, ya la canción empezaba a a tomar cuerpo. Solo era cuestión de seguirle el paso…
Su calor humano, y gente sabrosa,
gritan con orgullo: viva la Arenosa.
Coro: un verso explota: que viva la Arenosa
En estas líneas también queda en evidencia el afecto por la ciudad desde la voz cantante, que se extiende al pueblo como un todo: a la capacidad de sus nativos para acoger a los demás a partir de la sabrosura como actitud distintiva. En el uso de estas expresiones explosivas, con el grito de “Viva la Arenosa”, se refuerza el tono emocional y celebratorio del tema.
Mención especial merece el uso uno de los varios nombres apelativos de Barranquilla: eso de la “arenosa”, remite a una Barranquilla de antaño, marcada por la brisa que levantaba la arena de calles sin pavimentar, lo que, incluso, producía remolinos apenas hoy sobrevivientes en la memoria colectiva de la gente más madura.
El punto de partida parece haber sido un comentario del presidente de la -en ese entonces, año 1849- República de la Nueva Granada, Tomas Cipriano de Mosquera, luego de apreciar las calles destapadas de la villa y la arena levantada por la brisa. Este apelativo, aunque ya no responde a una realidad física, persiste como símbolo de una identidad urbana que se niega a desaparecer.

No importa la raza, que aquí habita.
No hay segregación, en mi Currambita.
Coros: hay blancos, hay negros, cachacos y costeños.
La ciudad aparece ahora como un espacio de integración, diversidad cultural y orgullo colectivo. Es la vivencia misma que conduce al autor a celebrar la pluralidad.
Quienes conocen a Mauricio Rider saben que es un pelirrojo de ascendencia europea por cuya sangre corren las etnias del departamento del Cesar (él nació en Codazzi en 1955), pero que se crio como un hijo más de Barranquilla. En esta capital estudió parte de su primaria y su bachillerato, y ha desarrollado el más grande porcentaje de su vida profesional.
“Le incluí lo de que no hay segregación en mi ‘Currambita’, porque esa es la realidad, ¿no? Hay otros sitios en Colombia donde hay discriminación mutua entre el negro y el blanco. Existe racismo desde el negro, pero no el de la Costa Atlántica, sino el del Pacífico, porque yo lo viví en carne propia cuando viví en Bogotá”, asegura Rider.
Barranquilla, entonces, queda claramente caracterizada como el entorno de acogida por excelencia. Todo mundo convive sin problemas. Eso incluye a los “cachacos”, gentilicio con que los costeños se refieren a cualquiera que haya nacido en un lugar del país distinto del Caribe colombiano.
Por otro lado, en la letra se manifiesta una manera muy tierna de referirse a la ciudad con otro de sus apodos, pero en diminutivo (‘Currambita’). Eso refuerza el sentimiento de afecto, el cariño desde la voz lírica hacia Barranquilla. Pero ¿eso de ‘Curramba’ de dónde viene? Recordemos un poco antes de seguir:
La expresión ‘Curramba’ tiene que ver con un recurso periodístico del corresponsal barranquillero Eugenio Cañavera, quien oficiaba así desde la emisora Nueva Granada de Bogotá.
Ocurrió en los años 40 del siglo pasado. En el libreto de lectura, se usaban las tres primeras sílabas del nombre de la ciudad para identificar el lugar de procedencia, y para no confundir a Barranquilla con Barrancabermeja (departamento de Santander), Cañavera invirtió las tres de Barranquilla (que eran, en su caso, Ba-rran-q), y empezó a usar Q-rram-ba.
En muchas ocasiones, la palabra se combina con “la Bella”, giro atribuido al narrador deportivo Roger Araujo, quien buscaba suavizar la palabra “Curramba” ´porque le parecía muy fuerte.
Ahora, bien: ¿Cómo llegó ‘Ramayá’ Beltrán a interpretar esta canción? Rider asegura que le contó sobre su existencia a Beltrán en un encuentro casual, y el músico se ofreció a grabarla, sobre todo porque él no contaba con una canción propia dedicada a Barranquilla.
“Y efectivamente, la grabó, pero esa primera versión -que no sé dónde está- me pareció muy lenta. Le dije: está bacana, pero le falta más ritmo bailable. Pasó un año tal vez. De pronto, él me llama y me dice: Mauro, ya grabé nuevamente el tema. Te lo voy a mandar. Me lo mandó y, en efecto, era más bailable. Incluso, esos coros no los tenía: él los enriqueció”, agrega Rider.
Pero el tema no despegó. Según Rider, ocurrió algo muy de sentido común dadas las circunstancias: “cuando uno está en la radio, sobre todo en la parte musical, hay muchos celos profesionales de parte de la competencia. Entonces, por el hecho de que apareciera como autoría de Mauricio Rider, fue vetado por las otras emisoras bailables. Incluso: en la misma emisora donde yo estaba tampoco la ponían, porque no lo ven a uno como compositor, sino como locutor”, dice apesadumbrado.
Luego, comenzaron a aparecer las emisoras virtuales y el asunto cambió. Recuerda Rider que una vez le telefoneó Nelson García Pertuz, director de La Troja Radio, a cuyos oídos había llegado el tema. Luego de felicitarlo, le anunció que iba a ponerlo a sonar. Después, vinieron otras emisoras virtuales, y ahora es más fácil escucharlo.
“No ha sido, de pronto, un suceso, un éxito rotundo, pero digamos que se granea (se esparce de vez en cuando). Yo lo promociono cuando viene el cumpleaños de Barranquilla. Lo pongo en las redes sociales diciendo que es un homenaje a Barranquilla, porque, aunque no nací aquí, sí me crie desde los 9 años, y me siento barranquillero”, recalca.
Y la canción tiene otra particularidad que es, al mismo tiempo, ventajosa y desventajosa, porque bien suena por un rato y luego se pierde un poco. Es, como ya hemos explicado, una versión a la manera de los ritmos impuestos por Pedro ‘Ramayá’ Beltrán con su Cumbia Moderna. Es una condición más que reforzada con el hecho de que él fue designado Rey Momo del Carnaval en el año 2002 en reconocimiento a “su trayectoria, su autenticidad y su incansable labor por preservar y difundir las raíces de la cultura carnavalera”.
Dicho de otra forma: al ser interpretado con la magistral flauta de millo de ‘Ramayá’, el tema ha pasado a tener una fuerte connotación carnavalera normalizada por la costumbre, por lo que no suena todo el año de manera uniforme. Más bien, tiene sus momentos sublimes y cortos en los dos primeros meses.
Y, por supuesto, sus pitos se imponen cada 7 de abril.