Por: María Alejandra Cuello [En Alianza Informativa con CERI]
Cada 1 de septiembre recordamos cómo las tropas alemanas cruzaron la frontera de Polonia en 1939, dándole inicio a la guerra más mortífera de la humanidad. Ese día no solo estalló la Segunda Guerra Mundial, sino que quedó definitivamente expuesto el fracaso del primer gran intento de mantener la paz: la Sociedad de las Naciones.
Hoy, vivimos bajo el amparo de la ONU, una institución creada sobre las cenizas de aquel desastre con la promesa de salvarnos de otra guerra global. Sin embargo, las grietas del pasado siguen estando presentes.
Si las grandes potencias mañana decidieran iniciar una Tercera Guerra Mundial, la ONU no nos serviría de escudo. Al contrario, al conservar los mismos privilegios intocables para los países más fuertes que tenía su antecesora, esta podría estar condenada a ser la nueva institución fallida del siglo XXI.
Para entender por qué la ONU está atada de manos, hay que mirar cómo funciona por dentro. La antigua Sociedad de las Naciones fracasó por una regla insostenible: exigía unanimidad. Para detener a un país agresor, todos tenían que estar de acuerdo, incluyendo al propio atacante. Una década antes de la guerra, esta falla ya se estaba haciendo visible. Japón invadió Manchuria e Italia atacó Abisinia en los años 30, pero la Sociedad de las Naciones fue incapaz de detenerlos de manera efectiva.
En 1945, los creadores de la ONU prometieron cambiar esto, dándole el control al Consejo de Seguridad. Pero en realidad, solo concentraron el poder en los cinco vencedores de la guerra: Estados Unidos, Francia, China, Reino Unido y La Unión Soviética, hoy representada por Rusia. Gracias al famoso “poder de veto”, cualquiera de estos cinco países puede bloquear una decisión de la ONU cuando esta no está dentro de sus intereses.
Hoy, la organización logra intervenir parcialmente en países pequeños o conflictos locales, pero si uno de estos cinco gigantes decide iniciar una ofensiva, el sistema se volvería a paralizar por completo. Esta situación nos deja claro que el veto tal vez no se inventó para evitar la guerra, sino para asegurar que nadie pueda castigar a los más poderosos.
Sin embargo, no hace falta imaginar una Tercera Guerra Mundial para ver cómo este sistema fracasa, basta con ver las noticias y analizar lo que sucede en Gaza. Mientras la inmensa mayoría de los países del mundo pide a gritos que se detenga la violencia, el sistema choca contra un muro invisible en Nueva York.
Hemos visto cómo una sala llena de naciones exige un alto al fuego urgente, pero basta con que Estados Unidos utilice el poder de veto para bloquear la resolución que le parece contraria a sus intereses o a los de su aliado para que todo se vaya por la borda. Es como si en un barrio entero todos se pusieran de acuerdo para apagar un incendio, pero la manguera estuviera bajo llave y los dueños se negarán a prestarla. Al final, la ONU se queda mirando la destrucción desde la barrera.
Si esta es la parálisis de la ONU frente a un conflicto local, pensar que estas mismas reglas van a detener un enfrentamiento directo entre potencias mundiales es engañarnos solos. En este 87.º aniversario no podemos limitarnos a recordar los libros de historia, tenemos que leerlo como una advertencia urgente.
Si la ONU no le quita ese “botón de pausa” a los países poderosos, corremos el riesgo de repetir el pasado. El día que los gigantes decidan volver a la guerra, la ONU no será nuestro escudo, sino el salón inútil donde, una vez más, se firmará el acta de defunción de la paz.