Por: Catalina Peña
Cocinar, lavar, trapear, cuidar niños, ser mujer. Más bien, votar, opinar, estudiar, ser libre… ser mujer.
La libertad es tan fácil de olvidar cuando estamos tan acostumbradas a ella. Nos olvidamos de quienes tuvieron que luchar para conseguirla. ¿Es verdaderamente libertad o solo nos conformamos con el simple hecho de ser reconocidas como un ser humano digno de derechos? como si fuéramos insignificantes al lado de un hombre, como si fueran una raza superior.
“Ser mujer no es suficiente, también hay que ser feministas” no existe afirmación más errónea que esa. Al ser mujer no tomas la decisión de ser feminista, no es algo que quieres o no ser, es el deber ser. Estudias, trabajas y tomas decisiones; eso es abogar por los derechos de las mujeres, cosa que por consecuencia te hace feminista.
Como dice Mary Wollstonecraft en su libro Vindicación de los derechos de la mujer, “¿Quién ha determinado que el hombre es el único juez cuando la mujer comparte con él el don de la razón?” y es que actualmente las mujeres han normalizado una postura de sumisión ante la figura del hombre que “resuelve”, que manda, que toma la última decisión y esa postura es la que nos mantiene con la idea de que o eres una mujer feminista que “odia a los hombres” o eres una mujer sumisa que deja que su esposo la manipule.
Ser mujer en esta época es ser feminista, porque gracias a todas las que lucharon por nuestros derechos es que ahora somos libres y tenemos voz.
Así que no, aunque muchas mujeres no se identifican como feministas, ejercen diariamente derechos y libertades que solo el feminismo ha conseguido, lo que las convierte en feministas natas. Por eso ser feminista no es una opción o una identidad que adoptas, sino una respuesta a la libertad de la que gozamos a diario.
No necesitas alcanzar una perfección moral para ser feminista, dado que, somos seres humanos; estamos llenos de errores y aun así decidimos cambiar.