Por: María Angélica Tomás

Durante años, debajo de un palo de mango, ella, mi tía y yo podíamos pasar horas
hablando. No recuerdo exactamente de qué hablábamos. A veces eran cosas importantes
y otras veces seguramente eran conversaciones que en ese momento no parecían tener
ninguna trascendencia. Lo que sí recuerdo es que siempre terminábamos quedándonos
más de la cuenta, hasta que mi mamá llamaba para decirme que ya era tarde y que tenía
que regresar. Nos daba risa porque sabíamos que tenía razón, pero tampoco nos
levantábamos inmediatamente. Ella tenía esa capacidad de hacer que uno quisiera
quedarse un rato más.

Ahora, cuando pienso en aquel árbol, tengo que hacer un esfuerzo por separar los dos
significados. Primero fue el lugar de nuestras conversaciones, de las tardes largas, de mi
tía, de ella y de mí. Después se convirtió en otra cosa. Durante mucho tiempo no supe
cómo volver a pensar en ese lugar sin pensar también en su muerte. Por eso prefiero
comenzar por las conversaciones. Prefiero recordarla allí, sentada, hablando conmigo.

Ella era morenita, gruesita y tenía el pelo churco. Le gustaba cocinar, arreglarse,
celebrar y hacer sentir bien a los demás. Los cumpleaños para ella nunca podían pasar
como cualquier día y en diciembre siempre había alguna razón para decorar la casa.
Cada 31 de octubre, además, ella y mi abuelo se disfrazaban y preparaban bolsas
enormes de dulces para los niños del barrio. Los niños ya sabían que podían pasar por
su casa y ella esperaba ese día con la misma emoción con la que esperaba cualquier
celebración familiar. Le gustaba tener a la gente cerca.

También tenía la mejor sazón del mundo. Todavía no sé explicar qué hacía diferente su
comida. Podía preparar algo sencillo y, cuando lo hacía ella, sabía distinto. Tal vez no
era solamente la comida, sino todo lo que había alrededor: saber que había cocinado
para nosotros, llegar y encontrarla en la cocina, sentarse a la mesa y sentir que alguien
había pensado en uno antes de servirle el plato. Marcelo, uno de mis primos, tenía la
costumbre de pedirle arepas de queso con mantequilla casi todas las noches. Ella se las
hacía. En ese momento esas cosas parecían parte de la rutina; después entendí que son
precisamente esas rutinas las que más se extrañan cuando alguien ya no está.

Conmigo también tenía sus propias costumbres. Cuando cumplí quince años me regaló
mi primera paleta de maquillaje y todavía la conservo. Antes de eso, cada cumpleaños
tenía otro ritual: el día anterior comprábamos la ropa que iba a usar y casi siempre
terminábamos buscando también un bolso que combinara. Yo estaba pendiente de la
ropa, de estrenar y de celebrar. Nunca pensé que algún día iba a mirar esas cosas y a
recordar a la persona que estaba detrás de ellas.

Ella había estado conmigo desde antes de que yo pudiera recordarla. Yo tenía
diecinueve años cuando murió y no sabía imaginar mi vida sin ella. Había estado junto a
mi abuelo desde antes de que yo naciera. No era mi abuela biológica, pero nunca sentí la
necesidad de hacer esa distinción. Para mí era mi abuela, simplemente. Mi abuelo y ella
se decían Negro y Negra, y siempre me parecieron una pareja bonita. Él la tenía como
una reina y estaban acostumbrados a estar juntos.

Quizá por eso también cuesta pensar en mi abuelo después de ella. Cuando murió, él
dijo: “No quiero tomarme fotos sonriendo porque mi motivo de felicidad ya no está
conmigo”. Con el tiempo volvió a aparecer en fotografías. La vida tiene esa manera
incómoda de obligarnos a continuar incluso cuando uno no está preparado. Pero yo creo
que todavía la visita cuando nadie está mirando.

Antes de todo eso, ella había tenido que aprender a quedarse.

Pasó cerca de dos años entre la UCI, la recuperación y las terapias después de sufrir
varias isquemias. Una le afectó parte del rostro y otra parte del cuerpo. Tuvo que hacer
ejercicios constantemente y acostumbrarse a cosas que antes hacía sin pensarlo, se
convirtieran en esfuerzos diarios. Yo la acompañaba algunas veces en casa mientras
hacía los ejercicios y la veía intentarlo una y otra vez.

En la UCI preguntaba por mí. Hubo una vez en la que yo no quise entrar a verla porque
sabía que iba a llorar. Pensaba que ella necesitaba verme bien, sentir buenas energías,
no tener que preocuparse por verme mal mientras ella estaba enferma. En ese momento
creí que estaba haciendo lo correcto. Todavía me pregunto si debí entrar. No porque
crea que una visita habría cambiado lo que ocurrió años después, sino porque cuando
alguien muere la cabeza empieza a regresar a lugares donde antes no había ninguna
pregunta.

Ella se recuperó. Volvió a la casa, a sus rutinas, a cocinar, a celebrar y a hablar con
nosotros. Volvió a ser ella. Pasaron aproximadamente cuatro años entre aquella
recuperación y el día en que murió, cuatro años en los que volvimos a nuestras
costumbres y nadie pensó que la historia podía terminar así.

Por eso todavía me cuesta entenderlo. Ella había luchado tanto por quedarse que nunca
imaginé que un día decidiría irse.

Recuerdo especialmente una Navidad. Siempre había disfrutado decorar, pero aquella
vez dijo que estaba cansada y que no quería hacerlo. Yo no pensé demasiado en eso.
Después de todo lo que había vivido con su recuperación, me pareció lógico. Hoy
recuerdo ese momento y me pregunto si había algo que no vimos. Pero tampoco quiero
cometer el error de mirar hacia atrás y convertir cada comportamiento en una señal
solamente porque ahora conozco el final. No sé si aquella Navidad significaba algo. Tal
vez simplemente estaba cansada. Y esa incertidumbre también forma parte de la
historia.

Ese año iba a cumplir sesenta. Estábamos planeando una fiesta grande en una casa de
campo, con temática tropical. A ella le gustaban esas cosas: reunir a la familia, pensar
en los detalles y tener una razón para celebrar. También había otros planes.

Durante mucho tiempo había ahorrado dinero para ayudarme a comprar mi primera
cámara profesional. Un día me llamó a su casa y me dijo que mi abuelo y ella siempre
iban a apoyarme. Yo estaba estudiando Comunicación Social y quería una cámara
propia. La compré en tercer semestre. Ahora estoy en octavo y me falta un semestre
para graduarme. Ella quería estar allí.

Cada vez que tomo la cámara pienso en eso. Antes era solamente la cámara que había
querido comprar; ahora también es una de las cosas que me recuerda que ella creyó en
mí. Hay objetos que cambian de significado cuando alguien ya no está. No sé si alcanzó
a verla. Me gusta pensar que sí.

La noticia de su muerte me encontró lejos de casa, estudiando en Barranquilla. Cuando
me llamaron, primero sentí que no podía ser verdad. Después grité y lloré. No sabía qué
hacer con lo que acababa de escuchar. El viaje de regreso desde Barranquilla hasta
Valledupar se convirtió en el viaje más largo de mi vida. Durante el camino pensé en
ella, en mi abuelo, en la fiesta de los sesenta, en la cámara, en mi graduación y en todas
las cosas que todavía faltaban.

Y apareció una pregunta que todavía no sé responder: ¿por qué?

Después apareció otra: ¿cómo nadie se dio cuenta?

Hubo versiones, comentarios y sospechas sobre lo que pudo haber estado pasando. Se
habló de problemas, de dinero y de otras circunstancias, pero algunas cosas nunca se
confirmaron. Durante un tiempo quise que alguna de esas versiones fuera suficiente. No
lo fue. Una explicación contada por alguien más no necesariamente responde lo que uno
necesita saber. Yo necesitaba entender cómo una persona que había luchado tanto por
vivir había llegado a un punto en el que ya no quería hacerlo.

No encontré la respuesta.

En el velorio había fácilmente más de doscientas personas. Llegaban familiares, amigos,
vecinos y personas que yo no conocía. Había flores por todas partes y, entre tanta gente,
fui descubriendo que ella había construido una vida mucho más grande que nuestra
familia. Algunas personas me contaban historias sobre ella que yo nunca había
escuchado. Para unos era la vecina que ayudaba; para otros, la mujer que cocinaba o la
que hacía de cada celebración algo especial. Yo escuchaba y sentía que estaba
conociendo otras partes de la misma persona.

Durante esos días también aparecieron las cartas. Mis primos escribieron y yo escribí la
mía. Pusimos dentro del ataúd todo aquello que no habíamos alcanzado a decirle. Es
extraño descubrir cuántas cosas uno todavía quiere contarle a alguien cuando ya no
puede escucharlas.

Tal vez por eso todavía le hablo.

Le cuento cuando algo me sale bien, le cuento cosas de mi vida y, a veces, cuando
sueño con ella, intento abrazarla antes de despertarme. Cuando sucede algo maravilloso,
miro hacia arriba y le doy las gracias. Yo creo que está con Dios. No puedo
demostrarlo, pero me gusta creerlo. La primera vez que fui sola a su tumba había
muchas mariposas blancas alrededor. No sé si significaban algo o si simplemente
estaban allí. Solo recuerdo que las miré y, durante unos minutos, sentí una tranquilidad
que no había sentido desde su muerte.


Después llegó el primer cumpleaños sin ella.


La familia compró un pastel y cantamos cumpleaños. A ella. Fue extraño porque los
cumpleaños habían sido siempre una de las cosas que más disfrutaba. Era la persona que
quería que todo fuera especial y, de repente, estábamos reunidos celebrándola sin que
pudiera estar allí. Durante unos minutos hicimos algo que habíamos hecho muchas
veces, pero esta vez faltaba la persona que había hecho de esas celebraciones una
tradición.


Con el tiempo he entendido que el duelo no se queda en un solo lugar. Aparece en las
fechas, en las comidas, en las fotografías y en las costumbres que uno pensaba que
nunca iba a cuestionar. Aparece cuando llega Halloween y recuerdo las bolsas de
dulces; cuando llega diciembre y pienso en quién va a decorar; cuando llega un
cumpleaños y falta quien siempre quería celebrarlo. También aparece cuando pienso en
mi graduación o cuando miro la cámara que ella ayudó a comprarme.


Y aparece debajo del árbol de mango.


Durante años ese lugar fue solamente un lugar donde hablábamos hasta que mi mamá
llamaba para decirme que ya era tarde. Ahora tengo que aprender a recordar primero
eso: las conversaciones, las risas y las tardes que pasamos allí. No quiero que el último
significado de ese árbol borre todos los anteriores.


Tampoco quiero que su muerte tenga la última palabra sobre quién fue ella.


Cuando pienso en ella, pienso primero en una mujer que disfrutaba celebrar, que
cocinaba para su familia, que tenía consejos para casi todo, que se disfrazaba con mi
abuelo en Halloween y que esperaba a los niños del barrio con bolsas de dulces. Pienso
en la mujer que me compraba la ropa de cumpleaños, que me regaló mi primera paleta
de maquillaje y que ahorró durante meses para ayudarme a comprar una cámara porque
creía que yo podía hacer algo con ella. Pienso en la mujer que pasó por una
recuperación difícil y volvió a su vida, que quería cumplir sesenta años rodeada de las
personas que quería y que dejó recuerdos suficientes para que más de doscientas
personas llegaran a despedirla.


No quiero que su historia sea solamente la historia de cómo murió.
Quiero recordar cómo vivió.


Y quizás de eso se trata, de la vida que quedó pendiente. No solamente porque ella
murió antes de cumplir sesenta años, sino porque quedaron pendientes aquella fiesta
tropical, mi graduación, fotografías que no alcanzamos a tomarnos y conversaciones
que seguramente habríamos seguido teniendo debajo de aquel mango. Quedaron cosas
que nunca supimos que serían las últimas.


Pero también quedaron muchas otras.


Quedó lo que nos enseñó, quedaron sus historias, sus recetas, sus costumbres y la
manera en que hizo sentir acompañadas a tantas personas. Quedó una cámara que
todavía uso. Quedó una familia que sigue reuniéndose. Quedaron recuerdos que ahora
aparecen en la conversación cuando alguien dice algo que ella solía decir o prepara algo
que ella cocinaba.


Y quedamos nosotros, intentando seguir haciendo la vida que ella ya no puede vivir.
Hay una frase que llevo años intentando entender: hiciste tanto para quedarte que
todavía no entiendo cómo te fuiste.


Quizá nunca voy a entenderla completamente. Y tal vez aceptar eso sea una de las
formas de aprender a vivir con su ausencia. Porque amar a alguien no significa saber
todo lo que ocurre dentro de esa persona. Podemos compartir una casa, una comida, una
conversación; podemos conocer sus gustos, sus costumbres y sus historias, y aun así
puede existir un dolor que no alcanzamos a ver.


Eso es lo que más me cuesta aceptar.
No haber sabido.
No haber podido preguntar lo suficiente.


Pero tampoco quiero quedarme únicamente en esa culpa. Si lo hiciera, terminaría
dejando que la muerte ocupara más espacio que la vida que tuvo.
Y su vida fue mucho más grande.


Pienso en eso cuando recuerdo el velorio y a todas aquellas personas que llegaron.
Pienso que cada una llevaba una versión distinta de ella, una pequeña parte de su
historia. Tal vez una vida se parece un poco a eso: a todas las personas que nos conocen
de maneras diferentes y guardan algo nuestro cuando ya no estamos.


Por eso también pienso en quien pueda estar leyendo esto y recordando a su propia
“ella”. Puede ser una madre, una abuela, un hermano, una pareja o un amigo. Alguien
cuya ausencia todavía ocupa un espacio en la casa, en la mesa o en la memoria. Quizá
alguien que también se pregunta por qué. Quizá alguien que todavía repasa
conversaciones buscando una señal que no vio.


Pero también pienso en quien pueda estar leyendo esto desde el otro lado de la historia,
en alguien que hoy está cansado o que está guardando algo que no ha podido contar.
A esa persona no tengo una gran respuesta. Solo puedo decirle algo que aprendí
demasiado tarde: no tiene que cargarlo todo sola.

Puede decirle a alguien que no está
bien. Puede llamar, pedir ayuda, sentarse junto a alguien y dejar que la acompañen. No
sé si una conversación siempre puede cambiar el final de una historia, pero sí sé que
algunas conversaciones merecen ocurrir antes de que sea demasiado tarde.


Porque todavía hay cumpleaños que no han llegado, fotografías que no existen, lugares
que no conocemos y personas que todavía no han aparecido en nuestra vida. Hay
abrazos que todavía no hemos dado y conversaciones que todavía no sabemos que un
día vamos a recordar durante años.


La vida de ella quedó con muchas cosas pendientes. La mía también.
Pero yo todavía estoy aquí para descubrir cuáles son.
Y quizá eso sea lo que más quisiera que quedara después de leer esta historia: no una
explicación sobre su muerte, porque yo tampoco la tengo, sino el recuerdo de una mujer
que amó celebró, cocinó, cuidó, luchó y dejó una parte de sí misma en muchas personas.
Una mujer que tuvo una vida antes de su muerte.


Una vida que vale la pena recordar completa.


La mía quedó con una conversación pendiente.


La tuya todavía puede continuar.

Conmemoración en el mes de concientización sobre la prevención del suicidio.

Somos una casa periodística universitaria con mirada joven y pensamiento crítico. Funcionamos como un laboratorio de periodismo donde participan estudiantes y docentes de Comunicación Social y Periodismo de la Universidad del Norte. Nos enfocamos en el desarrollo de narrativas, análisis y coberturas en distintas plataformas integradas, que orientan, informan y abren participación y diálogo sobre la realidad a un nicho de audiencia especial, que es la comunidad educativa de la Universidad del Norte.

elpunto@uninorte.edu.co

Escribe un comentario

El periodo de verificación de reCAPTCHA ha caducado. Por favor, recarga la página.