Por: Ana Thevening y Maine Mallarino

Faltaban aún algunos minutos para las 9 cuando, en el pasillo fuera de la sala Gabriel García Márquez, un grupo de estudiantes discutía con el staff de Cátedra Europa.

“Mis amigos ya están adentro”

“Tengo un puesto reservado”

Después de mucho rogar, una de las ayudantes se ofreció a revisar el salón: quedaban aún 12 puestos.

Los más de cien afortunados que habían logrado asegurarse un puesto vieron a la docente Daniela Pabón subir a la tarima.

Aunque había un podio a la derecha del escenario, no esperaba ser usado: al frente y al centro estaban arregladas dos sillas y una mesa con las banderas de Austria y Colombia. Detrás de ellas, la proyección de una de las primeras obras de Gustav Klimt. Pero surgió una problemática imprevista.

Mientras afuera se peleaban los últimos puestos para completar el aforo, que ya estaba en su tope, adentro había un aire de sorpresa: Isabel Ramirez, una de las conferencistas esperadas, había cancelado a última hora. El conversatorio empezó, siendo así, sin una de sus moderadoras.

La profesora Daniela Pabón decidió hablar, brevemente, de Viena. Y nos dibujó con sus palabras una ciudad europea clásica: la Viena de Ringstrasse, con sus arte inspirado por Bizancio y Grecia. Una ciudad burguesa y conservadora.

Es allí donde Klimt crece y se consolida como artista. Es donde recibe comisiones para pintar el Teatro Burg  y la Universidad de Bellas Artes. Y es donde, más tarde, sus obras serán quemadas por el régimen nazi.

Fresco en el techo del Burgtheater, pintado por Gustav Klimt entre 1886 y 1888. (Fotografía de Karl Heindl)

Desde el público fuimos testigos de la cara menos conocida de Gustav Klimt. Conocimos los cuadros que lo consolidaron como artista frente a los ojos de Viena  y Europa: las representaciones realistas de belleza clásica. Y vimos también como, poco a poco, las dejó de lado para crear aquello por lo que hoy lo conocemos. 

«A cada época su arte, a cada arte su libertad»

Este era el lema del movimiento de Secesión de Viena, fundado en 1897. Y para el año 190, Gustav Klimt había empezado a hacer cosas que su sociedad rechazaba.

Cuerpos que se deforman, se retuercen y se desnudan. Las mujeres embarazadas se convirtieron en su modelo recurrente. Y para 1900 dejó de recibir comisiones oficiales. 

Pero para hablar del Gustav Klimt vanguardista, del pintor del dorado, los textiles y las texturas, debemos hablar primero de un joven.

Un joven llamado Egon Schiele.

En 1907, Klimt conoce al “Klimt plateado”. Y por 30 años se entrelazarán, influirán e inspirarán, hasta que ambos mueran en 1918 por la gripe española.

A lo largo de los 55 minutos del conversatorio, Daniela Pabón nos señala una y otra vez las líneas repetitivas y expansivas en Klimt. Sus obras de insisten en la luminosidad; el dorado y el amarillo siempre presentes.

Foto: Ana Thevening y Maine Mallarino

Es por eso que cuando vemos las obras de Schiele no sentimos, de buenas a primeras, la conexión. Donde Klimt hace bocetos y después obra, Schiele trabaja sus bocetos en acuarela y los da por terminado. Donde Klimt usa colores fuertes y diseños brillantes, con sus líneas que se pierden hacia el mundo, la obra de Schiele es opaca, con líneas pesadas que caen hacia el centro. 

Pero la conversación entre ellos sale a la luz. Pabón establece paralelos entre sus obras y la conexión que antes veíamos imposible, se hace aparente. 

Schiele va preso por controversia en su obra, lucha en la Gran Guerra, vuelve para hacer arte por un año más y después muere antes de cumplir los 30 años. Y en su corta vida no alcanza la fama de la que gozó su mentor y par. 

Pero nos deja autorretratos, pinturas donde el sujeto es el protagonista y, sobre todo, una conversación con la obra de Klimt. 
Una conversación que seguimos teniendo hoy.

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